36- Parte dos

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Respiré hondo frente al espejo, intentando calmar el temblor leve en mis manos. El vestido blanco caía con elegancia hasta el suelo, ajustándose a mi figura como si hubiera sido cosido sobre mi piel. Las mangas de encaje abrazaban mis brazos con suavidad, y el escote discreto dejaba ver lo justo.

—Eres todo una reina —Halagó Amelia, mi madre, con una sonrisa orgullosa mientras se paraba a mi lado.

Había llegado unas horas antes para ayudarme como las demás. Llevaba un vestido azul profundo que le sentaba de maravilla, elegante y sobrio, como ella. A su alrededor, mis damas de honor : Sasha, Anna y Ava se movían con cuidado, todas vestidas con vestidos lila, el color que había elegido para ellas desde el principio.

Me toqué el moño con cuidado, asegurándome de que ningún mechón rebelde se hubiera escapado. Lo llevaba ligeramente recogido, con algunas ondas cayendo sobre mi rostro. Natural, delicado. Justo como yo quería.

Detrás de mí, las chicas seguían correteando, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. Una me ajustaba el velo, otra me acomodaba los últimos detalles del ramo. Pero yo ya no escuchaba el murmullo a mi alrededor.

Estaba en otro mundo.

Uno donde en solo unos minutos caminaría hacia él.

Hacia Alexei.

El solo pensar en su nombre hizo que mi pecho se apretara un poco. Estaba demasiado nerviosa.

Nunca me imaginé que alguna vez me casaría.

—Dayla, ya es la hora—Escuché la voz de Anna.

Asentí.

Me giré hacia la puerta con una última mirada al espejo de cuerpo completo.

Estaba hermosísima.

Mire mi ramo de flores,  eran blancas con pequeños toques lilas, a juego con el resto.

Perfectas.

Caminamos todas juntas por el pasillo de la casa. Al cruzar la puerta, el sol de la tarde nos envolvió con una luz dorada.

Y ahí estaba Niclas. Apoyado contra la camioneta negra, vestido con un elegante traje gris oscuro y gafas de sol. Al vernos, se enderezó con una sonrisa ladeada.

—Estás impresionante, Dayla —dijo al abrirme la puerta.

—Gracias, Niclas —respondí, sonriendo con algo de nervios.

Las chicas subieron primero, acomodándose entre risas y murmullos emocionados. Luego, con ayuda de Niclas, yo también subí, cuidando de no pisar la tela del vestido.

El trayecto hacia la iglesia fue bastante tranquila, aunque los chillidos de emoción de Anna me hacían desviar mis pensamientos hacia ella. 

Me hubiese gustado tanto que Leonardo hubiese estado aquí.—Pensé con tristeza, sintiendo una opresión en mi pecho.

Mafia Capone #2Donde viven las historias. Descúbrelo ahora