Epilogo

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*Tres años después*

—¿Papi, falta mucho?—la expresión de fastidio en el rostro de Alana lo decía todo. No tenía mucha paciencia.

Alexei, que estaba concentrado en la carretera, la miró por el espejo retrovisor con una sonrisa suave.

—Solo unos minutitos más, ¿vale? —respondió con calma, como si conociera perfectamente su carácter.

Alana asintió con un resoplido y se giró para mirar por la ventana, su cara aún reflejando algo de desagrado. Mientras tanto, Axel, que estaba al lado de ella, también se quejó, pero por otro motivo.

—Mami, tengo hambre —se tocó la tripa como si el hambre que sentía le fuese a matar.

Ay, este niño.

Saqué unas galletitas de mi bolso y se las entregué con una sonrisa.

—Aquí tienes, mi amor.

Axel me miró con ojos brillantes y, sin pensarlo dos veces, empezó a devorarlas con entusiasmo.

—¡Muchas gracias, mami! —dijo entre bocado y bocado, haciendo que me riera suavemente.

Los miré a los dos. Ya habían cumplido tres años. Tres años que se habían pasado volando, como un suspiro. Tan solo parecía que fue ayer cuando los tenía en mis brazos, tan pequeñitos y vulnerables. Ahora, ya estaban grandes. Demasiado grandes para mi gusto. Aunque al verlos, me parecía que cada día seguían sorprendiendo con algo nuevo.

Alana era una réplica exacta de mí, con su larga melena ondulada negra y esos ojos verdes que, a veces, me desarmaban por lo intensos que podían ser. Axel, por otro lado, era una miniatura perfecta de Alexei, con su pelo negro y esos ojos azules que siempre me hipnotizaban.

Habían crecido rápido, más rápido de lo que me hubiera gustado. Pero, a pesar de todo, cada día era una bendición tenerlos a mi lado. Y aunque ambos se parecieran a nosotros de manera tan clara, también tenían sus propias personalidades, tan únicas como su risa contagiosa o sus travesuras.

Minutos después, llegamos por fin a nuestro destino.

Salí del coche y, junto a Alexei, ayudamos a los mellizos a bajar. Tomé sus pequeñas manos con suavidad, una en cada una de las mías, y comenzamos a caminar juntos por el sendero de piedras, rodeados por el silencio sereno del lugar.

Al llegar, mis pasos se detuvieron frente a las dos lápidas. "Leonardo Capone" y "Camelia Capone". Los nombres grabados en la piedra, uno al lado del otro, juntas. Cada mes venía para cambiarles las rosas que se marchitaban. Pero, esta vez vine con mis hijos, sus nietos.

A un lado de la lápida de mi padre había un periódico, en donde mostraba la venganza que hice por él, por mi familia.

"Boda sangrienta en el Gran Templo Horujiyi, Japón"

Mafia Capone #2Donde viven las historias. Descúbrelo ahora