Descubrir su pasado la llevó a enfrentar una nueva realidad, donde la fuerza y la determinación se convirtieron en sus mejores aliados.
Después de varios meses de que Dayla entrara como infiltrada a la mafia rusa, su momento de ser coronada como l...
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La iglesia estaba en completo silencio. Solo el eco de la lluvia golpeando los vitrales y el sonido de algunas respiraciones contenidas llenaban el espacio. El aire olía a incienso y a flores marchitas.
Frente a mí, el ataúd de mi padre permanecía cerrado. No podía soportar la idea de verlo ahí dentro, frío, sin vida. Prefería recordarlo como era antes: fuerte, imponente, con esa mirada dura que solo se suavizaba cuando hablaba conmigo.
A mi alrededor, hombres de traje negro se mantenían en silencio, con expresiones sombrías. Hombres que sirvieron a mi padre, que le juraron lealtad hasta el final. Algunos de ellos habían perdido amigos en el atentado.
Niclas estaba a mi derecha, en silencio, mientras que Alexei permanecía a mi izquierda.
El sacerdote continuaba hablando, mencionando palabras de despedida que se sentían vacías en mis oídos. Ninguna de ellas traería de vuelta a mi padre.
Tragué en seco cuando la ceremonia llegó a su fin.
Uno a uno, los presentes se acercaron al ataúd, dejando flores blancas sobre él, murmurando palabras en voz baja. Cuando llegó mi turno, mi cuerpo entero se sintió pesado.
Di un paso al frente y posé una mano temblorosa sobre la madera fría.
—Lo siento, papá... —susurré, apenas capaz de escuchar mi propia voz— No te merecías que te ocurriese esto. Quería haber arreglado las cosas contigo, y que hubieses conocido a tus nietos.
Mis uñas se clavaron en la superficie, la impotencia me quemaba por dentro.
Sentí la mano de Alexei en mi hombro.
—Dayla....
Negué con la cabeza, sin apartar la vista del ataúd.
—Juro que no descansaré hasta hacerlos pagar, padre —dije en voz baja, con un tono que no parecía mío.
Alexei no respondió de inmediato, pero su agarre en mi hombro se tensó.
—No estás sola en esto —susurró, dejándome en claro que él estaba dispuesto a hacer todo con tal de verme bien.
Segundos después, el murmullo entre los presentes cesó cuando dos figuras hicieron su entrada en la iglesia. Todos los reconocieron al instante, y yo también.
Francesco LaRusso avanzó con pasos medidos, vestido con un impecable traje negro, su rostro se mantenía serio pero lleno de respeto. A su lado, su hijo, Matteo, mantenía la misma postura solemne.
Mi cuerpo se tensó de inmediato al recordar la última vez que nos vimos. Prácticamente, cuando casi me hace casarme con su hijo Matteo. Y siendo sincera, eso fue una historia que nunca se lo conté a Alexei y más valía que siguiera así. No me quería ni imaginar lo que le haría a Matteo si llegara a enterarse, ya de por sí tenía un claro ejemplo con lo que le pasó a Phillipe, y a diferencia de Matteo, él no me pidió matrimonio.