Descubrir su pasado la llevó a enfrentar una nueva realidad, donde la fuerza y la determinación se convirtieron en sus mejores aliados.
Después de varios meses de que Dayla entrara como infiltrada a la mafia rusa, su momento de ser coronada como l...
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—¡¿Pero cómo mierda pasó eso?! —Gritó Leonardo.
El ambiente estaba tenso. Desde el accidente, habíamos decidido regresar a la mansión para contarle a mi padre todo lo sucedido. Sin embargo, tal como temíamos, su reacción no fue muy buena.
—Ni yo mismo puedo explicarlo, padrino. El camión apareció de la nada, como un maldito fantasma —dijo Salvatore mientras se pasaba las manos por el cabello, en cada gesto se notaba su frustración.
—Es como si ya supieran exactamente que estaríamos ahí, señor —Intervino Andrey, cruzando los brazos.
Leonardo, con el ceño fruncido y el rostro endurecido por la rabia, dirigió su mirada hacia mí, pero luego su mirada se desvió hacia Thiago, quien permanecía en silencio, observando la escena con una calma que solo añadía más leña al fuego.
¿Por qué estaba tan jodidamente tranquilo?
No podía evitarlo.
Las dudas sobre Thiago no dejaban de martillar mi mente. Porque nadie de nosotros cinco sabíamos que iríamos a por Alessandro, por lo que todas mis sospechas llegaban hasta él.
Ese camión no apareció por casualidad. Alguien sabía que estaríamos allí, que tomaríamos esa ruta específica. ¿Fue una coincidencia? ¿O había una mano invisible moviendo los hilos, asegurándose de que la trampa se cerrara en el momento justo?
—Esto no fue un accidente —Dije al fin, rompiendo el silencio que parecía asfixiarnos a todos.
Leonardo alzó una ceja, expectante, mientras el resto volvía sus ojos hacia mí.
—No lo sé aún, pero todo apunta a que alguien de nosotros nos traicionó, nadie sabía que iríamos más que nosotros cinco. Y aunque no me guste admitirlo, sospecho que fue Thiago.
Thiago me miró entonces, su expresión era indescifrable, como si llevara puesta una máscara de indiferencia.
—¿Tienes algo que decir, Thiago? —Preguntó Leonardo, sus palabras eran afiladas como un cuchillo.
Thiago se recargó en la pared, cruzando los brazos con una tranquilidad exasperante.
—¿Qué quieren que diga? —Respondió al fin, su voz era tan calmada que resultaba provocadora—. ¿Que fui yo quien organizó el accidente? ¿Que tengo un plan maquiavélico para hundirlos a todos? Lo siento, pero no soy tan creativo.
Leonardo golpeó la mesa con el puño, interrumpiendo la respuesta sarcástica de Thiago. El eco del impacto resonó en el despacho, y todos nos sobresaltamos.
—¡No estoy para tus malditas bromas, Thiago! —Gritó, su mirada ardía de furia—. Algo aquí no encaja, y la única persona sospechosa eres tú.