Descubrir su pasado la llevó a enfrentar una nueva realidad, donde la fuerza y la determinación se convirtieron en sus mejores aliados.
Después de varios meses de que Dayla entrara como infiltrada a la mafia rusa, su momento de ser coronada como l...
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El rugido constante del motor del avión llenaba la cabina privada mientras volábamos de regreso a Italia. Pudimos salir de Japón sin ningún inconveniente, de milagro y casi no nos pillo la policía.
Darla seguía inconsciente, la habíamos atado a una de las butacas de cuero. Su cabeza caía ligeramente hacia un lado, y su cabello enredado cubría parte de su rostro. El moretón en su sien comenzaba a oscurecerse.
Me recliné en mi asiento, observándola en silencio.
—Despertará pronto. ¿Tienes pensado que le harás?—Comentó Alexei.
Sonreí de lado.
—Pues claro, estuve esperando esto por mucho tiempo.
Andrey se cruzó de brazos y miró a Darla con una mezcla de desprecio y diversión.
—Ella solo es una rata traidora que se merece lo peor.
Thiago, que había estado en silencio desde que despegamos, levantó la mirada con frialdad.
—Quiero verla rogar.
Mi mandíbula se tensó.
—Oh, lo hará. Pero antes, quiero que sienta lo que es perderlo todo... igual que nosotros.
En ese momento, Darla soltó un leve gemido. Su respiración se agitó y sus dedos se crisparon contra los reposabrazos.
—Bienvenida Darlita —murmuró Francesco con una sonrisa cruel.
Darla parpadeó varias veces antes de abrir los ojos por completo. La confusión inicial se transformó en puro pánico cuando trató de moverse y notó las ataduras.
Sus intentos de gritar fueron inútiles; la mordaza en su boca ahogaba cualquier sonido.
Me incliné hacia ella, clavando mis ojos en los suyos.
—Hola primita, hace mucho tiempo que no nos veíamos, ¿no?
Ella negó frenéticamente con la cabeza, pero su mirada traicionaba el terror que la invadía.
Pobre, Darla no tenía escapatoria.
Horas después, el avión aterrizó suavemente en la pista privada. Era de noche, una noche fría y silenciosa.
Andrey fue el primero en ponerse de pie, tomando a Darla sin ninguna delicadeza y cargándola sobre su hombro como si fuera un simple saco de patatas. Ella se retorció, todavía aturdida, pero las gruesas cuerdas que la sujetaban le impedían cualquier movimiento.
Descendimos del avión y nos encontramos con dos SUV negros esperándonos en la pista. Sasha y Leo estaban junto a los vehículos, armados y listos.
—Todo está preparado —informó Sasha, abriendo la puerta trasera de uno de los autos.