Capitulo 37

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El sonido del agua cayendo era hipnótico. Como un rugido constante que me relajaba. Frente a mí, las cataratas de Nauyaca se alzaban majestuosas, con la bruma suave empapando el aire, enredándose en mi cabello y piel como si de una caricia se tratara.

Estábamos ya en nuestra luna de miel, en Costa Rica.

Nos encontramos en medio de la selva costarricense, rodeados por un verde tan intenso que parecía pintado. Y sin embargo, lo único que yo podía mirar... era a él.

Alexei estaba en la orilla del agua, con el bañador negro ceñidos a su cuerpo y el torso descubierto, mostrando sus abdominales marcados goteando bajo el sol. Se pasó una mano por el cabello mojado mientras me observaba desde abajo, con esa media sonrisa en sus labios que me decían ven, sin tener que pronunciar palabra alguna.

—¿Estás esperando que baje un ángel para que te dé permiso o qué? —me gritó entre risas por encima del estruendo del agua.

—Estoy admirando el paisaje —respondí, cruzándome de brazos, divertida.

—¿El paisaje soy yo?

—Entre otras cosas...

Me quité la camiseta blanca que cubría mi bikini y sentí de inmediato el sol templado en la piel. El agua cristalina me llamaba, así que bajé por las piedras húmedas con cuidado hasta que finalmente mis pies se hundieron en el frescor del río.

Alexei me esperó en el agua, extendiéndome las manos. En cuanto estuve lo bastante cerca, me sujetó por la cintura y me alzó como si no pesara nada, haciendo que estallara en una carcajada.

—Estás de muy buen humor esta mañana —le dije mientras me dejaba caer con él al agua.

—Estoy de luna de miel con mi esposa. En una maldita cascada, en medio de la nada. Y encima no tengo que estar cargando una pistola. ¿Cómo no estaría de buen humor?

Reí, apoyando mi frente contra la suya.

—¿Esto es lo que querías?

—Esto es exactamente lo que necesitaba.

Nos besamos allí, bajo el rugido del agua y el canto lejano de los pájaros. Un beso tranquilo, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Porque por primera vez, lo teníamos.

Después, nos recostamos en una piedra grande, a la sombra de unos árboles altos. Él me abrazaba por detrás, y yo tenía la cabeza apoyada sobre su brazo, mirando cómo el agua caía en capas, como cortinas de cristal.

—¿Sabes qué es lo mejor de este lugar? —preguntó Alexei con esa chispa traviesa en los ojos.

—¿Qué? —Aún me encontraba recostada contra él, sin querer moverme de esta burbuja de paz.

Mafia Capone #2Donde viven las historias. Descúbrelo ahora