La habitación de hotel estaba silenciosa, sólo podía oírse el tic tac del reloj colgado en la pared. Dos hombres con rostros cansados se encontraban ahí, poderosos, pero estaban rotos en ese momento.
Giorgio estaba sentado en una esquina, los codos sobre las rodillas, los ojos perdidos en el vacío. Tenía la camisa arrugada, las mangas remangadas hasta los codos, y el rostro cubierto por una barba incipiente que no se había molestado en afeitar. Se le notaba el cansancio en la piel, en los hombros, en la mirada.
Frente a el, Dimitri caminaba de un lado a otro como un león encerrado. Su mandíbula apretada, el ceño fruncido, los puños cerrados. El ruso no hablaba desde hacía rato, solo maldecía en voz baja cada vez que una búsqueda no daba resultados.
La habitación estaba llena de papeles, rastreadores, mapas digitales y teléfonos satelitales. Pero ninguno de esos malditos recursos les daba lo que querían: Esteph y Eva.
Habían pasado dos semanas desde que se fueron. Dos semanas sin descansar, sin pensar en nada más que encontrarlas. El silencio era tenso. Hasta que la puerta se abrió de golpe.
- ¡Giorgio! - Fyona interrumpió apresurada, tomó el control del televisor y lo encendió. - Tienen que ver esto.
Ambos miraron la televisión. Un noticiero internacional ocupó la pantalla.
"Última hora: capturan en México a las mujeres relacionadas con los capos mafiosos más buscados del mundo. La DEA, INTERPOL y FBI confirman su identidad."
Y entonces aparecieron ellas.
Primero, Eva. Su rostro endurecido, pero su mirada perdida. Su cabello suelto, enredado. Era rodeada por militares como si fuera una criminal realmente.
Después... Esteph. El mundo de Giorgio se quebró al verla.
La cámara la mostraba bajando de un vehículo blindado, esposada, flanqueada por hombres armados. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, y sus labios temblaban. Su rostro, tan dulce, reflejaba terror puro. Pánico.
Giorgio no parpadeó. Su mano tembló ligeramente. - Dio mio... - susurró. Su voz se quebró, le dolía demasiado verla.
Dimitri dejó de moverse. La rabia lo invadió aún más al ver a Eva siendo empujada, tratada como si fuera nada, fotografiada como si fuera un animal en un zoológico.
- No... no puede ser... - Giorgio seguía mirando la pantalla, hipnotizado. No escuchaba nada más que su corazón acelerado.
- Todo esto es por nosotros... - susurró Dimitri, su voz baja, con un nudo en la garganta, estaba enojado con el mismo.
Fyona miró a los dos hombres, ambos estaban destrozados. Giorgio siempre lo había considerado un hombre algo blando con quienes le importaban, pero nunca lo había visto así. - Giorgio... - toco su hombro tratando de consolarlo.
- Voy a sacarla de ahí - dijo él, con los ojos vidriosos, respirando hondo.- No me importa si tengo que matar a cada idiota de la DEA, de la Interpol, si tengo que quemar el puto pais entero.
Dimitri se pasó las manos por el rostro, su mirada ahora vacía. - Hijos de puta.
Un silencio helado se adueñó del lugar. Y entonces, sin decir más, Giorgio apagó la televisión. Su rostro se endureció.
- Nos vamos a México, llama a nuestro contacto en la DEA, yo llamaré al hermano de Esteph.
La puerta de la celda de Esteph rechinó al abrirse. Esteph alzó la cabeza lentamente, estaba pálida, con los ojos hundidos e hinchados. Su cuerpo estaba agotado, le había llevado comida pero estaba la bandeja intacta. Su cuerpo estaba agotado, pero lo que más le dolía era el peso del bebé que crecía dentro de ella.
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PHOENIX
Teen FictionTodos saben lo qué pasa con el fénix. El fénix se quemaba por completo y, al reducirse a cenizas, resurgía del huevo la misma ave fénix siempre única y eterna. Eso paso con Eva Carmont, la chica dulce que Dimitri Pavlovsky solía conocer tuvo que mor...
