León.
Desearía quedarme sordo, arrancarme los oídos si fuera necesario, solo para no escuchar las carcajadas de Emiliano. El muy desgraciado disfruta de mi miseria como si fuera un espectáculo.
-¡En la basura! -vuelve a reír a carcajadas, sujetándose el estómago. Hasta lágrimas le salen de tanto reírse-. Estás perdido, primo.
-¡YA CÁLLATE, IDIOTA!
Ella tiró los tulipanes. Sabía que la estaba mirando. Estoy seguro de que lo sabía. Por eso salió de su edificio con toda la intención y lanzó el ramo al contenedor frente a la entrada. Fría, tajante, decidida.
-¿Qué esperabas, tarado? ¿Que estuviera encantada con ese recurso tan mediocre? -dice Emiliano mientras se seca las lágrimas-. Ya usaste ese truco antes. No funcionó entonces, ¿qué te hizo pensar que ahora sí? — quisiera gritarle que no tiene razón, pero la tiene. Hasta yo lo sé. — Sé hombrecito. Así como fuiste tan bueno para humillarla, ahora sé valiente para pedirle perdón. ¡Espera! ¿Soy yo o esto ya te lo había dicho antes? -Frunce el ceño y me golpea la cabeza — Sí que eres un tarado.
-No sé cómo hablar con ella... solo me aparezco, sigo mandando flores... ¡Ya sé! ¿Y si la secuestro?
-¿¡Qué!? -Se echa hacia atrás como si acabara de escuchar a un psicópata-. No, no, no. Esto ya pasó al siguiente nivel, definitivamente.
-Esto no es como antes... no es como cuando la ignoraba. Ahora estoy luchando en serio por lo que siento. — le confieso al idiota de mi primo , que sigue disfrutando de mi sufrimiento.
-Pues buena suerte, idiota -me golpea de nuevo-. Esta vez hazlo tú solo. Descansa, ogro. Te amo buenas noches .
-Ayúdame, Emiliano...
-Nop. Que tu cabeza trabaje. Si tuviste la brillante idea de gritarle esas estupideces, que también te sirva para pedirle perdón. Vamos, ogro. Quita esa cara de perro hambriento. ¡Sí se puede, sí se puede!
A pesar de todo, hablar con Emiliano como siempre lo hacíamos me reconforta. El maldito es un encanto . Pero aún me duele saber que todos sabían dónde estaba Cielo: mi hermano, mi tía Sofía, ¡hasta Nina! Todos... menos yo.
Fui a reclamar. Empecé con la más temida: Nina, la fiera. La única que puede tronar los dedos y hacer que el mundo se detenga. Y yo... yo haría lo que fuera si ella lo ordenara.
-¿Por qué no me dijiste? -le solté de golpe, frustrado-. Si sabías dónde estaba, me lo debiste decir.
-No quise -contestó, como si nada, con esa indiferencia suya que me saca de quicio.
-¿Cómo que no quisiste? ¡Nina, no estoy para tus juegos! ¡Dímelo! ¿Por qué no me lo dijiste?
-¡PORQUE NO QUISE! — eso fue gasolina para mi incendio.
-¡MALDITA SEA, NINA! ¿CON QUÉ DERECHO...?
-¡Estabas en los huesos! ¡MORADO DE TANTOS GOLPES QUE TENÍAS EN LA CARA Y EN EL CUERPO! ¿Así querías que te viera? ¡¿ASÍ?! -Toma aire ,para calmarse un poco , supongo que yo también la saco de quicio -. Si vas a pedirle perdón, hazlo ahora que al menos puedes mantenerte en pie y no apestas. Preséntate ante ella como un hombre cabal, acepta tu error y pídele perdón de corazón. Si es estúpida, te perdonará.
Y no pude contestar. Nina, como siempre, me dejó sin palabras. Tenía razón. Solo me queda acercarme a Cielo. Pero... ¿cuándo? ¿Cuándo es el momento perfecto?
Sé dónde trabaja, la hora en que sale, lo que desayunó esta mañana. Sé que hoy se vistió de negro. Tuve que rogarle a la tía Sofía para que me diera esa información. Sé que en cualquier momento pasará por esta calle. Y yo... yo no sé qué haré. No sé si podré mover las piernas, si la voz me saldrá, si ella me mirará o me ignorará. Quizá me mande al diablo, me grite o me de una cachetada . O quizás... quizás no diga nada.
