CAPÍTULO FINAL

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WILLOW



Ella comenzó este juego la noche de mi graduación, así que ahora no le queda más que aguantarse las consecuencias. Que soporte su propio juego de provocación. No voy a caer tan fácil, solo debo serenarme, calmar mi mente y pensar en otra cosa que no sea su perfecto trasero... o su cuerpo desnudo sonre el mío.

—Respira Willow —me repito mientras me maquillo frente al espejo.

A través del reflejo la veo salir de la ducha. Alzo mis cejas al ver que se quita la bata, sin pudor alguno y camina completamente desnuda por la habitación. Se detiene a unos pasos, justo al lado, para buscar algo en su cajón. Entre sus dedos sostiene la lencería que se pondrá y juro que el deseo me recorre como un escalofrío. Pero no me voy a voltear. No está vez. No le daré esa victoria.

—¿El rojo o el negro me quedan mejor? —pregunta con una voz inocente, que sé que no es tal como aparenta. Se acerca un poco más, como si no supiera lo que provoca.

—Ambos —respondo, firme. Aunque por dentro me esté inclinando por ceder.

—Perfecto, rojo será —dice con una sonrisa triunfante.

Aprieto los dientes al escucharla. Siempre le he rogado que use algo rojo, pero nunca ha cedido. Dice que ese conjunto es solo «para ocasiones especiales». Y, claro, está noche ha decidido que lo es. Perfecto. Muy perfecto.

Termino de aplicar mi labial y me levanto del tocador. Ignorando a propósito lo hermosa y sexy que se ve en ese conjunto que debería estar prohibido. Tomo mi vestido, me quito la bata y me deslizo dentro de la prenda que ella me regaló hace semanas. Lo hago con la misma calma que ella me enseñó a dominar. Pero por dentro estoy al borde del colapso.

—Te ves...

—Ardiente. Lo sé. No puedo esperar a ver cuantos ojos caerán sobre mi —susurro. Pero sé que me ha escuchado al ver esa sonrisa en su rostro.

—Así que volvimos al tiempo en el que fingías odiarme y en realidad lo que anhelabas era sentir mis labios por cada rincón de tu cuerpo —dice, acercándose a mi lado —. Ambas sabemos quien pierde en ese juego, amor.

Un beso en mi cuello me eriza la piel, arquea mi espalda, enciende cada fibra de mi cuerpo. Pero no puede tenerme todavía. Hoy necesita una lección.

Morgan se aleja por completo, sin provocaciones, como si aceptara mi desafío. La observo desde la silla en la esquina de la habitación, mis ojos fijos en cada uno de sus movimientos. Dejo que sienta lo que deseo... pero no lo tendrá. No aún.

Termina de arreglarse con una elegancia que me resulta insoportable. Pantalón de vestir negro ceñido a su cintura, sandalias de tacón que acentúan su altura y presencia. El maquillaje que ha elegido hace resaltar aún más el azul profundo de sus ojos. Finalmente, se coloca la blusa roja y camina hacia mí, dándome la espalda. Me entrega la cinta suelta del nudo en la parte trasera. Coloca sus manos sobre mis rodillas, separándolas apenas antes de arrodillarse con deliberada calma.

—Qué sumisa... —susurro al oído mientras ato el nudo con lentitud.

—¿Es lo que te gusta? —responde con un chasquido de lengua, su risa suave es una promesa disfrazada de burla.

Salimos de la habitación rumbo al auto que nos espera en la entrada del hotel. Algunos turistas se giran al vernos pasar. Morgan sostiene mi mano con firmeza, con la misma seguridad que envuelve cada paso suyo. No se detiene a mirar a nadie, sus ojos al frente, la barbilla en alto. Es hija de dos mujeres que caminan con la cabeza erguida, que podrían hacer arrodillarse al mundo con un solo gesto. Morgan lleva ese porte en la sangre.

Amor LetalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora