EPÍLOGO

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WILLOW


Nunca soñé con una boda enorme. De hecho, nunca soñé con casarme... hasta que Morgan me metió esa idea en la cabeza. Y, sorprendentemente, no me pareció algo tan descabellado. Tal vez lo nuestro pueda parecer un acuerdo —un negocio— porque queremos asegurar nuestros bienes, pero también lo hacemos por una razón más poderosa: porque queremos demostrar que realmente nos pertenecemos. Que nuestro amor es infinito.

Yo quería ser quien se lo propusiera. Tuve la valentía de hablar con sus madres, de explicarles nuestras razones. Temí que Alice dijera que no, pero fue ella la primera en responder. Sostuvo la mano de su esposa en todo momento y, cuando dijo esas palabras: «Promete que la harás feliz, e incluso en los días tristes le recordarás la felicidad», casi suspiré de alivio. Pero me mantuve firme. Lo hice por Morgan.

—¿En qué piensas? —la voz de Morgan me saca de mi ensimismamiento. Está parada en el marco de la puerta, observándome.

—¿Llevas mucho ahí? —me pongo de pie para acercarme a ella.

—El tiempo suficiente para verte mirar un punto fijo en esos planos —responde, rodeando mi cintura con sus brazos.

—Estoy esperando que vengan a dejarme unos planos —le explico—. Dijeron que no tardarían. ¿Me esperas?

—Por supuesto. No me iré sin ti —dice, dejando un beso suave en mis labios.

Me separo un poco para mirarla mejor. Lleva dos semanas trabajando con su madre, por petición de ella. Y verla cada día con esos trajes tan elegantes me está enloqueciendo.

—Ven —la invito, haciéndola entrar. Miro hacia los pasillos para asegurarme de que no haya nadie en este piso. Cierro la puerta con llave y, al girarme, la veo sentada en mi silla.

—Siempre me he preguntado qué tan cómodo sería este asiento —dice, recostándose mientras desabrocha los primeros botones de su saco. Mis ojos viajan directo a su pecho, donde sus senos se elevan contra la blusa ajustada—. ¿Qué se sentirá hacer mía a la futura dueña, justo en su escritorio?

Camino hacia ella y me apoyo con ligereza en el borde del escritorio. Sus ojos me recorren con descaro, una sonrisa pícara en sus labios. Se ve tan tranquila ahí sentada, como si el mundo fuera suyo.

—Siéntate aquí —palmea su regazo.

Obedezco. Me acomodo sobre sus piernas, y ella abre las suyas ligeramente para que las mías queden separadas. No puedo ver su rostro, pero siento su respiración acariciando mi cuello. Toma mi coleta, la aparta y deja un beso húmedo en mi piel. Luego sonríe contra mi oído.

—¿Es una de tus fantasías? —susurra—. ¿Hacerlo aquí?

No puedo responder. Sus labios me hacen temblar. Su respiración es una promesa. Sus manos se deslizan por mis muslos, sobre el pantalón.

—¿Te adaptaste ya al caso? —pregunto, cerrando los ojos.

—Es complicado... pero cada vez estamos más cerca —sus manos se acercan peligrosamente a mi entrepierna—. Sé que llegaré al fondo de todo.

—¿Sí? —pregunto, dándole acceso a mi cuello—. ¿Tan hábil crees que eres?

—Podría apostar a que lo soy —responde, con una confianza que arde.

Sus dedos se encargan del cierre de mi pantalón. Recorren el borde con calma, adentrándose poco a poco.

—¿Piensas en mí cuando estás en el trabajo? —pregunto. Morgan sonríe.

—¿Tantas ganas de hablar tienes hoy?

—Me desespera cuando comienzas a tocarme así...

—Te ves muy ansiosa —dice, y su mano se adentra en mi pantalón.

Amor LetalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora