Sanem
El dolor no es como lo imaginaba. No es una ola que viene y se retira; es un depredador que me muerde por dentro, reclamando cada centímetro de mi piel. Cuando siento esa primera y violenta contracción y veo la oscuridad tragarse el salón, mi corazón da un vuelco. Miro hacia fuera, hacia la nieve que cae como un muro blanco e infranqueable, y por un instante el miedo me quita el aliento más que el propio parto. Estamos solos. Estamos bloqueados. Y él está llegando.
"Can..." Mi voz tiembla, un susurro que se pierde en el rugido del viento contra los cristales, pero entonces siento sus manos. Grandes, cálidas, seguras, anclándome al suelo mientras todo a mi alrededor parece hacerse añicos. Cuando me dice che sabe qué hacer, que se ha entrenado toda la vida para lo imposible, le creo. Le creo porque él es mi Albatros, el hombre que ha desafiado desiertos y tormentas, y si dice que juntos podemos lograrlo, así será.
La noche se convierte en un lugar de sombras y llamas que danzan en las paredes, alimentadas por el fuego de la chimenea y el oscilar de las velas. Cada contracción es un incendio, pero Can está allí; es mi aire cuando olvido cómo respirar, es mi fuerza cuando me tiemblan las piernas y solo querría dejarme llevar. Lo miro, con las mangas remangadas, el pelo desordenado, los ojos brillantes con una determinación feroz, y nace en mí la certeza de que no habría podido desear ningún otro lugar en el mundo que no fuera esta alfombra, frente a este fuego, con él.
Hasta que llega el alba y ese llanto. Cuando Can lo levanta, el tiempo parece detenerse y, mientras espero escuchar el nombre de una princesa, lo veo sonreír con una mezcla de orgullo y confusión que lo hace absolutamente adorable a mis ojos cuando admite: "Es un niño, amor mío". Río entre lágrimas, una risa que me vacía los pulmones y me llena el alma; un pequeño león que ha decidido trastocar todos nuestros planes hechos de cintas y tul rosa. Cuando Deniz toca mi piel, el dolor se desvanece, borrado por una dulzura tan absoluta que duele.
Estamos todavía allí, sumergidos en una quietud irreal, cuando de repente las luces del salón se encienden, parpadeando un instante antes de inundar la estancia con una luminosidad eléctrica que casi nos ciega. El zumbido del frigorífico y la caldera vuelve a oírse, pero es el teléfono de casa el que rompe definitivamente el hechizo. El timbre, agudo e insistente en el silencio del alba, nos hace sobresaltar.
Can se estira con dificultad, todavía incrédulo, y agarra el auricular. No llega a decir "Dígame" cuando la voz de mi madre explota al otro lado del hilo, tan fuerte que yo también puedo oírla: "¡Can! ¡Sanem! ¡Por el amor de Dios, responded! Estamos en pánico, vamos de camino con la quitanieves, tenemos que despejar la carretera para que podáis ir al hospital cuando llegue el momento".
Can me mira, luego baja la vista hacia el pequeño pirata que duerme plácidamente sobre mi pecho. Me pasa el auricular con una sonrisita cómplice. "¡Mamá... mamá, cálmate!", exclamo, y mi voz es una mezcla de agotamiento y pura euforia. "Todo está bien, mamá, iremos al hospital en cuanto sea posible, pero mientras tanto sabed que... ¡esta noche os habéis convertido en abuelos!". Oigo un grito de alegría al otro lado, mi madre gritándole a papá que la niña ha nacido; y así es como, en la agitación y las prisas por colgar para correr hacia nosotros, nadie hace preguntas y yo no siento la necesidad de dar explicaciones. Nos intercambiamos una sonrisa de complicidad, conscientes de que todos ellos, allá afuera, están corriendo hacia aquí para conocer a la pequeña "princesa" de los Divit.
Media hora después, el estruendo de una gran máquina abriendo el camino anuncia su llegada. La puerta de casa se abre de par en par con tal ímpetu que parece que va a saltar de sus goznes. "¡Sanem! ¡Hija mía!". Mi madre entra como un huracán, seguida de mi padre, Leyla, Metin y Aziz. Tras ellos, con los rostros marcados por el frío pero iluminados por la emoción, asoman Cey Cey, Ayhan y Osman. Llevan los brazos cargados de bolsas rosas, mantitas con bordados de flores y Cey Cey apretando un enorme osito con un tutú rosa fresa. Se quedan todos paralizados a mitad del salón cuando ven la escena: nosotros tres, acurrucados ante los restos del fuego, en una atmósfera que huele a milagro. El silencio que sigue es casi cómico.
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Decisiones repentinas
FanfictionEse momento de celos, la repentina decisión de tomar su mano y arrastrarla lejos de esa fiesta y de ese hombre intruso, dio un curso completamente inesperado a mi vida y a la suya. Soy Can Divit, un albatros inquieto, posesivo e impulsivo, que quizá...
