34. Paredes frías, camas vacías

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El rostro de Mark se desfigura en una nueca de perplejidad y cae de rodillas al suelo abatido tanto por la noticia como por saber que ese era el fin de su historia de amor. No sabía exactamente las razones por la cuál ella se había marchado sin despedirse pero algo que sabía a ciencia cierta y que le dolía demasiado como para soportarlo era que Anna se había ido para no volver. Su cabeza maquinaba todo y un dolor agudo se situó en ésta por lo que Mark se llevó las manos para colocarlas en la sien como si sólo el toque pudiera aliviar su profundo dolor.

Con todo el esfuerzo posible se colocó de pies apoyándose de la pared para poderse levantar, el tacto le resultó frío, como si toda la calidez del lugar se hubiera esfumado junto con ella. Caminó por el porche hasta llegar a la ventana de la habitación que mejor conocía y sin hacer ruido como de costumbre corrió el vidrio para entrar. El lugar lo dejó atónito y su corazón dio un vuelco enorme al ver el sitio prácticamente vacío. Sólo estaba la cama que se encontraba desnuda, sin el cubrecama, las almohadas y especialmente sin el pequeño cuerpo de Anna.

Observar ese lugar que antes estuvo lleno de vida le hizo recordar su realidad. Una realidad negra, que lo hacía sentir como estar sumergido en ácido, como si hubiese caído de más de 100mts y como si una estampida lo aplastara, todo esto a la vez.

Se sentó en la cama vacía a rememorar las últimas horas antes de quedarse profundamente dormido, recordaba el calor del cuerpo vibrante de Anna. Sus besos y caricias que lo llevaban al cielo y sobre todo sus ojos verde esmeralda, perlados y brillantes sólo cuando estaba con él. ¿Porqué romper su corazón y su alma de esa manera al irse sin decirle? Hubiera preferido que un camión lo aplastara, sería menos doloroso y más rápido. En cambio ella con su ausencia lo estaba matando, sólo hacia unos minutos desde que supo que jamás la volvería a ver y ya imaginaba las eternas noches que pasaría en vela pensándola y recordándola. Tal vez para cuando la olvidara ya estuviera consumido por el sufrimiento.

Una breve imagen surcó su mente y fue la de un bebé, su hijo. Se lamentó unos segundos de que una vida dependiera de él ya que así no podría tirarse en los brazos de la muerte. Con débiles pasos salió por la ventana de esa habitación en la que había pasado las mejores noches de su vida entera.

**

Anna pasa las horas restantes de su viaje evitando al chico de su lado hasta que el autobús hace una parada y él es el único que se baja, pero no sin antes guiñarle un ojo a la joven. Horas después llegan a su destino; San Francisco.

Todos los presentes del autobús se bajan de prisa por estirar sus piernas que están deseando moverse. Ella espera y con una asombrosa calma baja de última. El aire gélido azota su rostro de manera violenta y ella se sorprende del sitio. No sabía nada acerca de ésa ciudad y que resultara un lugar frío le molestó pues toda su vida estuvo acostumbrada al calor abrasador. El sol ya estaba casi oculto entre las nubes, su pecho ardía asombrosamente debido a la ausencia de su oxígeno personal; Mark.

Peter detiene un taxi a unos pocos metros. —Vamos a hight-ashbury pero tenemos varias cajas y maletas— le dice con tono gentil y el taxista se baja del auto para ayudar a subir las pertenencias de la familia McLaren.

El camino transcurre demasiado lento por desgracia para Anna. Ella se asoma por la ventanilla sólo para observar esos altos e imponentes edificios que pasan a su alrededor hasta que llegan a un barrio más moderado, donde todas las calles son empinadas y reinan los graffitis y avisos de neón. —Vaya —musita Anna para si misma desde el asiento trasero del auto.

El taxista por orden de Peter se detiene frente a una pequeña casa color rosa pálido con escaleras en la entrada. Anna arquea una ceja al ver que todas las casas son de estructura idéntica, las diferencia solo el color. —Por dentro es mejor de lo que parece — le comenta Alana a su hija después de ver su expresión aturdida.

~June~Donde viven las historias. Descúbrelo ahora