—Anna ¿eres tú? —preguntó aquella menuda mujer con los ojos demasiado abiertos por la sorpresa.
Anna entró a la oficina con cautela como solía hacer últimamente en cada sitio que llegaba. El pequeño lugar olía a café recién hecho y con el paso de los años se encontraba más diminuto por todas las cosas que albergaba.
—Sí —murmuró con nostalgia —Volví y esta vez para quedarme.
La anciana se levantó de la silla y abrió los brazos para estrechar a la jovencita. —Cuanto tiempo querida. . . Estas más delgada —comentó apretandola con la poca fuerza que le quedaba. —Y cambiada también. —añadió separándose.
Anna sonrió pero la sonrisa no llegó a sus ojos, observó sus manos que temblaban y se sintió repentinamente extraña, como si no fuera ella misma. —Directora debo decirle que estos años han sido difíciles —murmuró torciendo los labios.
La anciana asintió alarmada por el cambio de voz en su ex estudiante. —Cuéntame que has hecho —dijo entrecerrando los ojos y sentándose detrás del escritorio. La escena le recordó los días de antaño donde Anna llegaba tarde y era enviada por un pase.
—Por donde comenzar. . . —rió con la vista clavada en su pantalón. Abrió la boca para hablar pero un jovencito de aproximadamente quince años entró a la oficina agitado y jadeando.
¡Divina suerte! Pensó aliviada de postergar la conversación.
—¡Directora! —exclamó el chico respirando con dificultad. La interpelada levantó una ceja claramente disgustada por la interrupción. —¡Los profesores están peleando nuevamente!
La anciana gruñó y se levantó con la rapidez de un cohete, caminó lo más rápido que pudo fuera de la oficina con una ira descomunal que nadie podría quitársela. Anna intrigada la siguió por el pasillo hasta llegar a una multitud de alumnos, todos ellos estaban amontonados en un círculo gritando y silbando a las personas que se encontraban en el medio. Ella sonrió ligeramente recordando sus años de estudio, pero esa sonrisa se desvaneció tan rápido como apareció al ver que todos se apartaban para dejar pasar a una anciana enfurecida.
—¡Separados! —gritó con una voz gutural fulminando con la mirada a los profesores. Anna aún no podía ver de quienes se trataba y se sentía inmensamente intrigada. —Y ustedes —señaló con el dedo a la multitud de jóvenes expectantes —¡A clase ahora mismo!
Todos se esfumaron tan rápido como la anciana terminó la frase. En ese momento Anna pudo vislumbrar quienes eran los dueños del bochornoso espectáculo, su corazón por poco sufre un ataque al ver esos conocidos ojos café. Quedó paralizada e hipnotizada ante un delgado cuerpo con rastros de sangre en ciertas partes, su mente no podía procesar lo que veía. Era él. La persona a la que tanto deseó ver y ahora lo tenía de frente y no sabía como reaccionar, no sabía si lanzarse a sus brazos o acercarse cautelosamente. No sabía si llorar de felicidad o de tristeza al verlo en ese estado. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la enojada voz de la anciana.
—¿Ustedes creen que están en un Ring de boxeo? —preguntó hecha una furia —Es la tercera y última vez que sucede. ¡A la oficina! —ordenó como si fueran nuevos estudiantes que no acataban las normas.
Apenado, Mark caminó de último solo para poder ver a esa delgada chica que lo tenía mal desde hace años con su repentina partida. Su corazón martillaba con fuerza, se encontraba nervioso y preocupado de no poder hablar con ella a solas. Sentía un miedo descomunal al imaginar que se fuera nuevamente.
—Anna me disculpo por esta vergonzosa escena que acabas de presenciar. Esto solo ha ocurrido tres veces y pensé tenerlo bajo control —masculló negando con la cabeza. —Pero ahora si tomaré medidas drásticas. Te pido por favor que esperes aquí, no quiero que te veas involucrada en esta discusión —señaló un banco al lado de la oficina donde ella podía sentarse cómodamente a esperar.
Mark negó con la cabeza y bramó casi enseguida —¡No! ¡Ella va a entrar! —exclamó como si esas palabras fueran su último aliento —No puedo perderla de vista —explicó al sentir el fuego en los ojos de la mujer.
—No voy a irme —murmuró Anna apenas consciente de lo que ocurría.
—Prometelo —dijo Mark abatido. No quería perderla de vista por miedo a que se marchara nuevamente.
—¿Tienes alguna tijera o cuchilla? —le preguntó sonriendo con melancolía. Recordando la primera promesa que sellaron uniendo su sangre. Él también lo recordó y una triste sonrisa se asomó en sus labios. Las lágrimas empezaron a nublarle la vista a Anna así que sin mirarlo se sentó en el banco a esperar.
Transcurrieron alrededor de quince minutos y Mark comenzaba a desesperarse. Echaba una ojeada por la ventana cada dos minutos solo para verificar que Anna estuviese en el mismo sitio. —¿Qué les llevó a pelearse de esa manera? —preguntó la anciana.
—Lo encontré hurgando mis documentos y robando en mi billetera. Todo esto estaba en mi maletín que por descuidado dejé en el cubículo. —explicó Mark con palabras atropelladas. Sentía el enorme de deseo de salir corriendo de la oficina y atar a esa jovencita a su muñeca solo para estar completamente seguro que no se iría.
Solo la había visto por un par de minutos que le bastaban para saber que era con ella con quien quería estar el resto de sus míseros días. —Directora por favor necesito irme —murmuró Mark con el pulso agitado —Usted mejor que nadie sabe mi razón.
—No Mark —ella negó con la cabeza. Esta vez no la dejaría pasar —Cruzas esa puerta y estas automáticamente despedido.
Él inhaló, cerró los ojos y sabía muy en el fondo que no se arrepentiría de la decisión tomada. Salió de la dirección con un lo siento entre los labios.
Al verla jugar con las agujetas de sus gomas sintió como si el mundo hubiese dejado de girar, como si los planetas se alinearan y fueran explotando poco a poco. Pero no era muy consciente de lo que sucedía a su alrededor. Solo tenía ojos para ella, su mente estaba colapsada por el recuerdo del sufrimiento y en ese momento pudo notar que se encontraba completo, el vacío que tenía su pecho estaba lleno, los pedazos de su corazón se unieron formando la silueta perfecta, unas cicatrices lo decoraban pero eso era parte de la perfección que poseía su dolor.
Anna sintió la mirada puesta en ella y levantó su vista poco a poco para encontrarse con los preciosos ojos marrones de Mark que se encontraban cristalizados. —¡Dios Anna! —exclamó en voz baja mientras se acercaba con pasos inseguros. Ella se levantó y brincó encima de él, sus brazos se enrollaron alrededor de su cuello y sus piernas se abrazaron a su cintura. Él la sostuvo como muchas veces anteriores y la abrazó como si el mundo estuviera por acabarse. Un abrazo tan fuerte donde ambos pudieron tocar el alma del otro, un remolino de emociones diferentes los envolvieron y se encontraron vertiendo lágrimas. Anna sollozaba en voz baja mientras Mark aspiraba su esencia. —¡Lo siento tanto! —musitó con un hilo de voz —Lamento haberte dejado. Fue mi peor error.
—Como te he extrañado —admitió él cerrando sus ojos con fuerza. —No había instante en que no te pensara. Este año ha sido el más difícil de mi vida —confesó aterrado que ella no hubiese sentido lo mismo.
Anna era consciente de todo el daño que le había provocado y se sentía tan mal que no podía permitir que él siguiera sufriendo por mentiras del pasado. —Debo confesarte quien soy realmente Mark —dijo sintiendo su pulso acelerado por la respiración en su cuello y por miedo a perderlo cuando acababa de encontrarlo.
Con su dedo índice limpió la ceja de Mark que estaba llena de sangre fresca. Él tomó su mano y la colocó en su pecho a la altura del corazón. —Sé quien eres y por eso te amo— dijo plenamente confiado.
La primera lágrima resbaló por la mejilla de Anna, quemaba más que el ácido. No podía seguir con las mentiras, su vida estaba basada en mentiras. No debía continuar por el mismo camino que le había traído pérdidas y desgracias. Era hora de cambiar lo que hizo mal y Mark decidiría si amarla con sus demonios o rememorar lo que fue.
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~June~
Roman pour AdolescentsUna estudiante común y corriente. Un profesor agotado de la rutina. Nada en común, salvo la monotonía asfixiante de sus vidas. Una mañana de Junio sus vidas cambian al darse cuenta que encontraron lo que ambos sin saber estaban buscando. Un remolino...
