Noralí Yeun pertenecía a una familia narcotraficante.
Un día, los Vélez quisieron tomar su territorio y comenzó una gran guerra de familias.
¿Alguna de éstas dos familias ganará? Para los jóvenes de las familias la guerra es casi inexistente.
Se hicieron las 13:00 p.m y recién entraba a Durango. Mi familia no sabía porque quería tomarlos por sorpresa.
Llegué a la casa del abuelo y estacioné el coche. Vi que salía humo en la parte trasera de la casa. Si mi olfato no me fallaba, eso era una tremenda barbacoa. Mi familia estaba completamente loca, hacía un frío de congelarse.
Bajé con la bebé, luego me encargaría de los bolsos.
Abrí la puerta con una llave de emergencia que me había llevado. Apenas entré no vi a nadie. La sala estaba vacía, el comedor también. Revisé la cocina para ver si la abuela estaba allí, que era donde siempre solía estar. Pero tampoco. No me quedó de otra que ir al patio. Y efectivamente ahí estaban. Todos todos. Mis primos, mis hermanos, mi padre y la abuela. Se encontraban sentados bajo una extensa galería de madera de roble. Y en la parrilla estaban mi padre y Claudio.
—¡Eso tiene pinta de estar quemándose! —grité. Todos se voltearon a verme. Tomas apenas nos vio, se lanzó corriendo a mis piernas. Me agaché para quedar a su altura y compartimos abrazo entre los tres. Sacó de su bolsillo un auto rosado, tal como me había dicho por teléfono.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¡Llegaste para salvarnos, hija! Ese par no sirve para hacer una barbacoa. —dije mi abuela suspirando. Y vaya que tenía razón, las parrillas estaban echando humo. Por suerte me fijé y sólo habían puesto dos salchichas en cada una. La carne estaba a salvo porque mi abuela la retuvo.
—Es que solo ella tiene la receta perfecta para esto, si tan solo el abuelo nos hubiera enseñado a todos. —protestó Claudio.
—Envidia. Cuando el abuelo los llamó todos estaban jugando video juegos en la recámara. —dije. Y era cierto. Un verano pasado habíamos venido a pasar unas mini vacaciones a la casa de mi abuelo, y había tocado un día espectacular. Mis primos estaban en la piscina y mis hermanos en la habitación jugando. Yo simplemente estaba sentada al lado del abuelo leyendo uno de sus libros de escritores no reconocidos y que utilizaban palabras que me eran muy difíciles de comprender. Recuerdo perfectamente el momento en el que mi abuelo salía al patio con las bolsas de la carnicería de su amigo Beto. Sólo me miró y me dijo: "¿Lista para aprender a hacer una de las mejores barbacoas del mundo mundial?" En ese entonces tenía 14 años, y así fue. Preparo las mejores barbacoas del mundo mundial, como decía él.
—Hija, dame una mano, por favor. —suplicó mi padre.
Y lo ayudé a regular el fuego y a eliminar todo el humo. Las salchichas que ya de por sí estaban completamente carbonizadas, las tiramos a la basura. No me gustaba tirar la comida, pero eso no estaba comible. Le pasé la bebé a Tobias que se ofreció a sostenerla.
—Pronto te veré así eh. —dije refiriéndome a mi sobrino. En ese momento estaba colocando los pinches de verduras que mi abuela había hecho en una de las parrillas.
—Y yo espero verte así dentro de 20 años, por lo menos —dijo John. Siempre fui muy compinche con él, y cabe mencionar que es el tipo más celoso del mundo. De pequeña cuando me iba a jugar con una vecina que se mudó hace dos años a Cuba, siempre me llevaba hasta la puerta, y me recogía en ella. También se aseguraba de que su hermano Jack no esté. De lo contrario, no me dejaba quedar.
—Perfecto, ya mismo iré a embarazarme. —dije intentando provocarlo. Papá levantó la mirada y a la vez Tobias, John y Claudio.
—____. —me regañó papá.
—Tobias tiene 24 y va a ser papá. Sólo me pasa por un año, por qué no podría quedar embarazada yo. Algún día tendrá que pasar, hombres. —dije. Y era verdad. Tampoco quiero ser madre a los 50 años sólo por ser la única mujer.
—Pero tu eres mi niña, además, tienes a Tomas. —dijo Jacob. Claro que tenía a Tomas, pero no era lo mismo. No era hijo de sangre. No lo llevé en mi vientre. Y como toda mujer, quiero experimentar eso.
—Lo sé, pero tú sabes como va la cosa. Serán 20 nietos de mi parte, papá.
—No seas loca —dijo Claudio.
Ya había puesto la carne y las brochetas ya estaban listas. Nos sentamos y comenzamos a comer. Entre risas, anécdotas y varios regaños y celos de parte de mis hermanos, sonó el timbre. Era muy raro, ya que nadie sabía que estábamos aquí. Bueno, supongo que Sarah y Kai eran los únicos. No creo que aparecieran. Lautaro se ofreció a ir a ver, pero inmediatamente todos fueron a cubrirlo por las dudas. Yo por mi parte decidí no ir, la carne se quemaría si no le daba la atención necesaria. Y no quería tener que volver a tirar comida.
Desde el patio, no se oía nada. Cosa que me alarmó. A los segundos vino Carl.
—_____, te necesitamos. —dijo serio.
—Pero, la carne.
—Tú no te preocupes, me encargaré. Ve.
Un poco confundida me dirigí hacia el interior de la casa. Por un momento llegué a pensar que era Kai quien se encontraba allí, a lo mejor había venido a buscarme para pedirme disculpas o algo por el estilo. Pero no, me equivocaba. Una joven con aspecto callejero se encontraba arrodillada en el suelo con todos los hombres de mi familia al rededor. De sus ojos brotaban lágrimas a montones.
—¿Qué ocurre aquí? —pregunté haciéndome paso para llegar a ella. En mi familia no acostumbraban a maltratar mujeres, por lo menos los hombres. Existía el respeto, por lo que de las mujeres me encargaba yo.
—No, no la conozco. Pero por ahora déjenme sola con ella, está muy débil como para tratar de hacer algo.
Y todos me obedecieron, se retiraron de la sala dejándome a solas con aquella chica. Con unos ojos de color turquesa y una forma redondeada. Tal cual los de mi madre.
—No me hagas nada, por favor —dijo agachando su cabeza y poniendo sus manos en alto.
—¿Qué haces aquí? ¿Quién eres? —pregunté.
—Mi madre me envió a este lugar, hace unas semanas. Y soy... —pero fue interrumpida por el llanto de Anne.