Cap. 34

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Kai cocinó carne al horno. También hizo una ensalada con cosas muy raras, aunque no sabía mal. Cenamos en total silencio, mirándonos el uno al otro. Las sonrisas iban y venían, hasta que noté algo. Kai tenía un pedazo de perejil en su diente. Se veía muy gracioso así. Comencé a reírme y el no entendía porqué.

  —Vamos, dime que tengo.  —dijo tocándose el rostro. 

  —Sólo eres muy feo, nada más.  

  —Tú también lo eres.  

  —Pero aún así te gusto.

 —Así es. —dije acercando mi rostro al de él. —Abre tu boca. —así lo hizo y con un palillo le saqué el pedazo de hierba. Lanzó una sonora carcajada y se fue nuevamente a la cocina. 

Aproveché a juntar los platos ya que ambos habíamos terminado de cenar. Cuando Kai me vio, se negó rotundamente a que los lavase, pero no le hice caso. Algo debía hacer.

Entre charla y charla, nos fuimos a la habitación. 

   —¿Me perdonarás? —preguntó Kai. Me deshice de mis abrigos y quedé solo en ropa interior. Por lo general me gustaba dormir así, ya que en mi cuerpo sentía el frío intensamente. Oí un pequeño silbido por parte de él.  

 —No te emociones, esta noche no quiero hacer otra cosa que dormir, dormir y dormir. —dije metiéndome a la cama, que por cierto tenía, sin exagerar, unas 5 o 6 mantas. Se sentía bien, muy bien. 

  —Sólo fue un simple alago, nena. Te respetaré. —dijo también sacándose su ropa. Se metió en la cama conmigo y se acurrucó junto a mi apretando su pecho contra mi espalda. — ¿Responderás la pregunta que te hice?

  —¿Qué pregunta?  —me hice la desentendida.

  —¿Me perdonas?

 —Aún falta el caballo blanco, luego tal vez te perdone. 

  —Si tengo que hacer eso, lo haré.  —dijo besando el lóbulo de mi oreja. 

Pues creo que elegí al hombre correcto. Lo amaba, y claro que lo perdonaría. Ya lo había perdonado, pero sólo quería hacerme la difícil.

Me giré para quedar frente a él, pero ya estaba completamente dormido. Sus largas pestañas descansaban sobre sus mejillas y sus labios grandes estaban ligeramente abiertos. 

Elevé mi mano y comencé a trazar el contorno de su rostro. Cuando llegué a sus labios, noté que estaban fríos. Sin dudarlo, dejé un prolongado beso en ellos. 

  —Claro que te perdono, Kim.  —dije sonriendo. Apoyé mi cabeza sobre su pecho y me pegué a él. 


Me desperté ante el insistente sonido de los truenos. Me fijé la hora y eran las 8 de la mañana. Pero afuera parecía de madrugada. Los árboles estaban a punto de volarse debido a la intensidad del viento y los copos de nieve se arremolinaban en el aire. Todo un espectáculo. 

Estaba cagada de hambre, por lo que fui a la cocina y aproveché a preparar el desayuno. Revisé el refrigerador y había leche, huevos, arándanos, zumo y otras frutas. Decidí hacer pancakes, por lo que busqué los elementos necesarios y los preparé. Una vez listos, los encimé en un plato diferente y con los arándanos les hice caras. Con Tomas acostumbraba a hacer eso siempre. En un vaso puse leche, y en el mío puse zumo. 

  —Buenos días, nena.  —dijo Kai en mi oído. Me había tomado por detrás, enrollando sus brazos en mi cintura. 

  —Buenos días Kim  —dije dándome vuelta robándole un beso. 

  —¿Me perdonaste?  —preguntó elevando las cejas. 

  —Anoche te contesté.  —respondí deshaciéndome de su agarre mientras llevaba los platos a la mesa. 

Desayunamos, no del todo en paz. Kai no paraba de preguntarme sobre la respuesta de la noche anterior. 

Mi celular comienza a sonar, así que decido ir en busca de él. Era Claudio. 

  —¿Bueno?  

  —____, alguien quiere hablar contigo.  

  —Pásame.

 —¡Maaaaaaaaaaaaaamiiiiiiiiiiiiii! Ya me preparé para el día de campo, ¿cuándo vendrás? —dijo el pequeño emocionado. Mierda, lo había olvidado por completo. Además, la condición climática no iba a ayudar a que se realizara el día de campo. No sabía que decirle. 

  —Cielo, está lloviendo mucho. Si salimos hoy, te enfermarás.

 —¿Al menos puedo ver a Kai? —preguntó un tanto desanimado. 

  —¿Para qué quieres verlo? 

  —Porque mi tío me dijo que tú estabas con él, yo también quiero —protestó. 

  —Bien, mira. Haremos una cosa. Tu abrígate bien, y te pasaré a buscar. ¿Te apetece ir al cine?

 —¿Con Kai?—insistió. 

  —Con Kai. 

 — ¡Sí! 

  —Entonces nos vemos en cualquier momento, ah. Y no digas nada sobre Kai, por favor. 

 —Está bien mami, adiós. 

La llamada se cortó. 

  —¿Alguien quiere verme?  —preguntó Kai. 

  —Tomas. Él es muy insistente. 

 —¿Sabes que quiere?

  —Aún no, le dije que esta tarde iríamos al cine. Los tres. ¿Puedes?

 —Con una condición.

  —Sí, te perdoné.  —dije viendo venir su pregunta. 

  —Lo sabía.  —dijo alzándome por los aires. 

Mi celular comenzó a sonar otra vez. Número desconocido. Atendí ya que generalmente eran clientes. 

  —¿Hola?

 —Maldita hija de puta, ven al callejón que está detrás del casino, ahora. —exigió una voz desconocida para mi. Era un hombre, claramente.

  —Tú seras el hijo de puta, bastardo. ¿Quién carajos eres?

  —Alguien que te conoce muy bien a tu familia. 

Cuando nombró a mi familia, fue como si tocaran mi punto débil. Nadie se metía con ellos. 

  —No metas a mi familia, desgraciado. 

  —Entonces te espero aquí, y sola. Ah, y si intentas registrar mi llamada, tu querido niño terminará hecho trizas.  

  —Hijo de puta. —espeté. 


Sin más, me cambié rapidísimo y bajé. Antes que nada, fui a la cocina en busca de algún objeto punzante, y lo encontré. 

  —Ey, espera. ¿Dónde vas?

   —Negocios, Kai. Si no saben nada de mi hasta la tarde, habla con Tobias y avisen a mi familia. Adiós.

Salí corriendo y tuve que cruzar el bosque a pie ya que con vehículo era imposible. El camino se me hizo eterno, pero uno rato después de tanta caminata, llegué al casino. Desde lejos, no pude ver a nadie en el callejón final, pero cuando me acerqué completamente, alguien tapó mi boca agresivamente. 

De entre los botes de basura, saltó una enorme figura. 

  —Pero que preciosa resultó ser la novia de Kim. —dijo un tipo flaco y alto. Hostia puta, nadie más ni nadie menos que el peor sicario de Durango. Spencer Lincoln. 


Destructora (Kai y tú)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora