A toda velocidad

130 20 72
                                        

      Mi cuerpo se quedó tenso. No supe ni qué decir ni qué hacer. ¿Me echaba a llorar? Me empezaron a temblar las manos sin que yo pudiera controlarlas. Se comenzó a crear un nudo en mi garganta y eso me dolió. ¿Por qué estaba tan preocupado? ¿Por qué sonaba tan asustado? ¿Estaría herido? ¿Lo habrían secuestrado? Mi mente se imaginó lo peor.

—¿Walker? —le respondí con un tono que sonó entre alegría y lágrimas.

Kyle me miró con el ceño fruncido y dolido. ¿Qué le pasaba? Pasase lo que le pasase, mi mente no pudo parar de pensar en Walker, quien estaba al otro lado del teléfono con la voz más angustiada que le había oído nunca.

—¿Dónde coño estás? —me preguntó enfadado.

¿Ahora por qué se suponía que estaba enfadado? Sus cambios de humor cada vez me dejaban más confusa. Hacía menos de cinco segundos estaba aterrorizado y ahora la ira lo había consumido por dentro.

—¡Dónde estabas tú! He ido a buscarte a casa de tus padres, Walker.

—¡¿Qué?! ¿Por qué cojones has hecho eso? —Suspiró—. No me respondas. ¿Estás allí aún?

—Sí, con tu hermano.

Se hizo un silencio bastante incómodo a su lado del teléfono. No lo estaba viendo en persona, pero sabía que estaba apretando la mandíbula, lo sabía. Y puede que también los puños, porque cuando Walker se quedaba sin palabras en mitad de una conversación era por esos motivos. ¿Pero, por qué? ¿Qué había dicho que le molestara tanto?

—¿Walker? —le llamé la atención. No supe si se habría cortado la llamada o no.

El silencio no se rompió hasta que volví a llamarlo otra vez por su nombre. Pero, entonces, su voz había pasado de enfadada a fría. Fría como el hielo. Muy cortante.

—Me he encontrado una nueva nota en tu casa.

¿Ese silencio habría sido porque estaría leyendo la carta? No le quise preguntar. Un Walker enfadado era muy delicado, con el mínimo roce, explotaría.

—¿Estás en mi casa? —le pregunté en su lugar.

Pero no hubo respuesta. Me colgó el teléfono. ¡Maldita sea! Me aparté el móvil de la oreja con brusquedad y estuve a punto de estrellarlo contra el suelo, si no hubiera sido por Kyle, que me puso una mano en el hombro y me miró preocupado.

—¿Estás...?

—Sí; estoy bien. Gracias, Kyle —le interrumpí—. Tengo que irme, lo siento.

Empecé a caminar, pero su oferta hizo que parara los pies.

—Te puedo llevar. De hecho, tenía que pasarme por Nueva York.

—¿De verdad que no te importaría?

—No, para nada. —Y parecía decirlo con sinceridad.

Aun así, aunque estuviera siendo sincero, una parte de mí no quería aceptar su ofrecimiento. Pero no ganó esa parte. En pocos minutos, ya estaba sentada en el asiento del copiloto de un Ferrari de color rojo que tenía un olor bastante peculiar. ¿Era así como olían los coches caros? Nunca lo sabría.

Llevábamos media hora de trayecto, tiempo que habíamos estado ambos callados sin decir absolutamente nada, pendientes de la carretera, la cual estaba mojada. Me quedé mirando por la ventanilla las gotas de lluvia que iban cayendo por el cristal e hice una competición para ver si la gotita que había elegido llegaba antes que la otra que corría a su lado. No ganó; se quedó atascada en una gota más grande que esta, que la consumió por completo. Cosa que me recordó a mí misma. Yo era como aquella gota grande; absorbiendo las vidas de las gotas más pequeñas que iban a su alrededor. ¿Sería así como me veían el resto de personas?

En el enigma [TERMINADA]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora