42. Conciencia

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Tres días después de que Anthea se comunicara con Miranda, para ponerse de acuerdo en tener una cena, ésta recibió una visita particular en su departamento.
Tom fue quien abrió la puerta, mientras Miranda llenaba algunos documentos en su habitación.

-¡Miranda!, ¡te buscan!- gritó Tom.

Su esposa se levantó de la silla, un poco extrañada por la hora que era, y al llegar a la puerta se encontró con un jovencito rubio, vestido muy formal, sin embargo con una gorra sobre su cabeza, que no iba para nada con su atuendo. Parecía un muchacho de familia adinerada.
-¿Y quién eres tú?- preguntó Miranda.

-Bueno, mi nombre es Wilhem. Y tú eres mi verdadera madre.

Miranda desfalleció y cayó al suelo a causa de la consternación.

Tom y Wilhem la acostaron en el sofá.

Miranda se repuso, y abrió los ojos. Estaba más pálida de lo normal.

-No puedes ser mi hijo... Yo le pedí claramente a Abby que jamás mencionara nada, ¿por qué lo hizo?

-Abby en realidad no me contó nada. Yo lo descubrí por mi cuenta. De hecho, vine desde Los Ángeles por mi cuenta.

-¡¿Tus padres saben que estás aquí?!- preguntó Tom.

-No. Deben de estar preocupadisimos... Una pregunta, ¿tú eres mi padre?

-No... Soy esposo de Miranda.

-¿Y mi padre, dónde está?

-No lo sé. Abandonó a tu mamá hace mucho tiempo.

Miranda miró con detenimiento al que se hacía llamar su hijo.

-Eres... Wilhem.

-Soy yo. Incluso tengo mi acta original. Mamá, digo... Abby nunca me la mostraba, pero no soy tonto. Sabía que ocultaba algo. Además ni siquiera me parezco en lo más mínimo a ella o a papá.

-Debes irte, mocoso. Tus padres deben estar locos por encontrarte.

-No voy a irme. Quiero quedarme contigo, mamá.- dijo el joven.

-No lo harás. No soy tu madre. Yo te di a luz, pero no te quise. ¿Estás feliz?, ¿es eso lo que querías escuchar?

Wilhem se vio lastimado. Cabizbajo, se dió la vuelta y se marchó.

Tom reprendió a Miranda:

-No le hables de esa forma. Ha viajado hasta aquí para conocerte. Es tu hijo, Miranda.

-No lo es. Que se vaya, no voy a cuidar de él.

Wilhem tenía muchas ganas de regresar a Los Ángeles, pero se había quedado sin dinero para el autobús, y no tenía ánimos para volver con su madre y pedirle prestado dinero.

Se acostó en una banqueta en la vía pública a tomar una siesta. Dejó a un lado su gorra para poder apoyar mejor la cabeza, y cerró los ojos para descansar.

En un rato, alguien depositó una moneda en su gorra.
Wilhem se levantó, y se percató de que su gorra no solamente había una moneda, sino un billete también. Y ambos le pertenecían a una misma persona.

Se puso de pie, y miró hacia todos lados buscando al que acabara de pasar por ahí.

Encontró únicamente a una joven con hiyab, de pie en la esquina, a punto de cruzar la calle.

-¡Oye, espera!- gritó Wilhem.

La muchacha se volteó.

-Tú eres ese indigente al que acabo de dejarle dinero, ¿no?- preguntó la joven.

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