—Naranjas—dijo Kassandra, cuando Vania entró por la puerta.
—Papayas...—susurró Carolina, al ver a Estefany entrar corriendo al aula.
Kassandra se mordió el labio para no reirse, sentada a su lado, Carolina escondió el rostro en los brazos, para que nadie viera que se había puesto roja.
—Ha entrado Camila...—susurró Kassandra, muy bajo para que solo su amiga la escuche—A ver... ¡Uvas!
—¿Que juegan?—preguntó Rachelle con curiosidad, acercándose a ellas.
Landra había hecho esa pregunta minutos antes y, cuando escucho la respuesta, salió corriendo a echarse la bendición y consultar un psicólogo.
—¿Que dices de Rachelle? ¿Que le das?—Kassandra le golpeó las costillas, con suavidad, a su amiga, para que levantara la cabeza.
Carolina miro por unos segundos a Rachelle, luego, muy seria, le dijo a Kassandra:
—Melones.
Al parecer Rachelle lo entendió de inmediato, porque cubrió su pecho con sus brazos, mientras su rostro adoptaba el color de la sangre. Esta vez Kassandra no pudo, o no quiso, contener la carcajadas que salieron de su boca, Carolina también se estaba riendo, solo que de una forma más... decente.
En ese momento, uno por uno, sus compañeros entraron al aula y se sentaban en sus asientos. Kassandra intento dejar de reírse, pero en ese momento entró Gianella y no pudo contenerse de hablar.
—Sandías.
Ambas chicas, Kassandra y Carolina, explotaron en carcajadas y provocaron que Gianella las mire a las dos con las cejas levantadas, como pidiendo una explicación que ninguna de las dos era capaz de darle.
—¿Tienen hambre, chicas?—preguntó Gianella, con fingida amabilidad.—¿Que tal si salen comer y no se aparecen por aquí en un rato?
No estaba feliz, se notaba a kilómetros que tenía la mierda encima.
—Ya profe, ya...—dijo Carolina, poniendose seria y pateando, por debajo de la mesa, a Kassandra para que dejara de reírse.
La profesora avanzó hacia el pupitre y dejó caer, con fuerza, los libros que tenía en las manos, pasó la mirada a cada uno de sus alumnos, que estaban sumidos en un silencio sepulcral. Saco una tiza y empezó a escribir en la pizarra, con tanta fuerza que la tiza se le partió en dos.
—¿Que me miran? ¿Porque no han sacado sus cuadernos?
Era más una orden que una pregunta. De inmediato todos sacaron sus cuadernos de las mochilas y empezaron a copiar lo que Gianella escribía en la pizarra, sin arriesgarse a hablar (como solían hacer antes), solo escribían, en silencio.
—No tenía porque desfogar su ira con nosotros, ¡no tenemos la culpa de nada!—se quejó David, cerrando su cuaderno con enojo.
Él era uno de los muchos que estaban molestos por la cantidad de tarea que les había puesto Gianella, no, no, la profesora Ortiz, como pidió que la llamaran de allí en adelante.
—Tal vez discutió con su novio, por eso está así...—aventuro Dayana.
—Ya chicos, todos tenemos dias malo a veces.—razono Camila.
Claro, ese día no había empezado para nada bien y al parecer no tenía planes de mejorar, porque Valencia tampoco llegó de muy buen humor que digamos.
—Odio mi vida, odio las matematicas, ¡odio a Valencia!—escupió Rachelle, echando chispas.—¡Estropearnos el fin de semana con esos números del diablo! ¡¿Y tú qué me miras?!—le gritó a un niño de no menos de cinco años, que corrió a los brazos de su madre.
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¡La culpa es de Kassandra!
Teen FictionOcho adolescentes enfrentan su último año de secundaria y están decididos a tener el mejor año de sus vidas, antes de que las millones de responsabilidades adultas les caigan encima. Liderados por Kassandra (una chica que no sabe cuándo cerrar la bo...
