Analeigh salió de aquella habitación echando humos, nada estaba saliendo como quería a excepción del cautiverio de la tonta vampira. Ella se preguntaba si existía alguien más ingenua que Dasha Metzler, pero parecía ser que no. ¿Cómo era posible que se haya creído sus palabras sabiendo que era su enemiga?
Los misterios de la vida.
Aunque debía admitir que le divertía jugar con la vampira un rato, porque sabía que creería sus palabras o intentaría hacerlo.
Además, la emoción del momento para poder concretar su plan era tal que había olvidado un gran detalle; Tessa y Nathan no eran confiables.
¡Esos malditos la habían traicionado!
Lo sabía porque había explorado los recuerdos de la vampira y supo que hablaba en serio. Le molestaba que esos dos tontos vampiros enfermos de poder la hayan tomado por estúpida. Y nadie, absolutamente nadie jamás tomaría por tonta a Analeigh sin sufrir las consecuencias.
Es por eso, que tomaría venganza. Y no sería nada dulce al hacerlo. Quería que esos dos sufrieran y lo haría por donde más les dolería. Dejando vivir a la hija de Dasha.
Tessa y Nathan veían venir que la pequeña sería una gran reina y quizás de las mejores, con grandes poderes que nadie detendría. Y claro, ellos no necesitaban otra heredera al trono que les quitara su lugar. No se podían arriesgar a que aquello sucediese.
Se dirigió al sótano donde guardaba aquel objeto que era el pase directo a su felicidad, o eso quería creer. Sacó la llave metálica de su bolsillo y la introdujo en la cerradura sigilosa, abrió la puerta y la cerró tras de sí. Realizó unos pocos pasos haciendo su la vieja madera rechinara bajo sus pies e hizo bailar sus brazos suavemente.
Allí, dentro de la vieja caja oxidada, estaba el crístalet. Abrió el mismo y allí estaba lo que ella buscaba, intacto y a la espera de regresar a su dueño.
Arek...
Era verdad que ella estaba obsesionada con él, pero también lo amaba y odiaba que nadie pudiera entender lo que ella sentía. Sus sentimientos iban más allá de lo permitido, yacían en un terreno salvaje el cuál nadie conocía, y le gustaba. Le gustaba saber que sus sentimientos eran únicos, como él.
Tampoco le importaba encontrar a su alma gemela "destinada", porque sabía que Arek era para ella y que quizás hubo un error del destino al darle a Dasha como compañera de vida.
El haberle robado su alma fue por una buena causa, por el bien de ambos. Pero su plan se fue por la borda cuando ella apareció. Al comienzo, su actitud de él hacia ella fue fascinante, cuando la trataba con indiferencia y el destino no hacía de las suyas. Pero todo se destruyó cuando notó que su forma de tratarla había cambiado. La trataba bien, sentía arrepentimiento por haberla hecho sentir mal, la besaba, ¡Incluso se acostó con ella!
Nadie entendía lo que su traición había dolido. Sólo ella.
Y sí, ella siempre estuvo allí. Presenció cada momento de sus vidas con agonía pero ninguna dolió tanto como cuando él le dijo que la amaba.
¡No podía amarla! ¡No debía!
¿Cómo una persona ama sin lo esencial de su vida?¿Cómo amar sin tener aquello que los impulsa a hacerlo?
Odiaba aquello, odiaba no poder ser feliz con el amor de su vida, la odiaba a ella.
Sí, la vampira no merecía tanto odio de su parte pero, ¿Cómo no hacerlo cuando le quitó lo único que amaba y amaría siempre?
—Pronto volverás a tu dueño, cariño...—había dicho la bruja en un susurro acariciando la caja—, pronto serás mío.
Mientras hablaba, pensaba en la infinita belleza que él tenía. Su sedoso cabello que bailaba al compás del viento, sus hermosos ojos del color del mar, su escultural rostro de otro mundo, su cuerpo hecho por piezas de porcelana, tan hermoso.... Y sus labios, tan suaves y rojos, aquellos que no había tenido la dicha de probar. Ansiaba hacerlo y sentir su extraordinario sabor.
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Almas Eternas
VampireEl recuerdo de aquella cálida noche de verano me erizaba la piel, y no es para menos, ese día encontré a mi otra mitad. Pasé cuatro siglos buscando a quién sería mi compañera de eternidad, y cuando finalmente la encontré, huyó de mi. No soy una...
