—Bebé, no gastemos el tiempo con este idiota. ¿Sabes qué? Mejor salgamos de aquí... de pronto el ambiente apesta —le di la espalda a Sungyeol y fui directo a tomar el brazo de Woohyun. Ni siquiera me atreví a voltear. Desde ese momento, no supe nada más de él. Y, en parte, era porque casi no salía de mi aula.
Así pasaron dos semanas. Cada día era un caos. Todo parecía estar volviendo a su rumbo... al menos hasta que caía la noche y me quedaba sola. En esos momentos, la soledad me gritaba que nada estaba bien, que todo estaba empeorando. Y yo simplemente no tenía el valor para aceptarlo.
Estaba convencida de que el amor por él se desvanecería. Lo que realmente me jodía era no tener la paciencia para esperar a que eso pasara.
Nana y Hyemin ya no sabían qué hacer conmigo. Se amanecían esperándome, y a veces las encontraba dormidas en la sala. Casi nunca lograban verme. Y cuando lo hacían, yo ya estaba sobre la moto de Woohyun, lista para irme.
Intenté ir a todas las fiestas posibles, como lo solía hacer antes... pero me di cuenta de que ya nada de eso me divertía.
Poco a poco se estaban agotando todas las opciones que inventé para volver a ser la Sasha de antes. Si nada funcionaba... entonces estaba perdida.
Joder...
Y sin nada que me ayudara a sacarme al maldito nerd de la cabeza.
¿Cómo es posible que alguien, en tan poco tiempo, haya tocado tanto mi corazón?
Ahora mismo estoy en clases. Aparentemente, dormida. El maestro Leo últimamente me ha estado hablando, pero ni siquiera le presto atención. No he sido grosera con nadie, ni siquiera con él. Solo estoy ahí, con la mirada triste. Nadie lo ha notado, porque he aprendido a camuflarlo bien.
Cuando finalmente terminaron las clases del día, me levanté. Ya casi todos se habían ido. Solo quedaban dos alumnos y el maestro Leo. Estaba a punto de cruzar la puerta cuando su voz me detuvo.
Sabía que no debía haber ignorado la clase, ni siquiera si se trataba del mismísimo maestro Leo. Me regañaría, como lo viene haciendo últimamente...
—¿A dónde crees que vas? ¿Ya olvidaste que desde hoy comienzan tus clases de reforzamiento? —dijo serio, más molesto de lo habitual.
Retrocedí y me paré frente a su pupitre.
—¿De qué clases habla? —pregunté confundida. Él me miró fijamente y soltó un suspiro.
—Hace unos días hablamos, y si no lo recuerdas, lo repetiré: obtuviste buenas calificaciones en el examen escrito y en el oral. Lo contradictorio es tu pésimo desempeño en el resto del curso. Hicimos una reunión con los maestros y, al igual que tú, descubrimos que hay varios alumnos en situaciones similares. Por eso se organizaron clases de reforzamiento en las tardes.
—No voy a tomar esas clases —zanjé sin pensar.
—No es algo que tú decidas. Ya es un acuerdo de la universidad. Si no asistes, lo notificaremos a tus padres. De hecho, yo mismo me encargaré de eso. Me he estado enterando de muchas cosas que hace tu grupito por aquí.
—Dígale lo que quiera. Me da igual —respondí, girando para irme.
—¿Segura? —Su tono me irritó. —Por aquí dicen que tus padres son muy estrictos. Sé que nadie se ha atrevido a notificarlos por miedo a perder su empleo, pero yo soy diferente, y tú lo sabes. Soy un maestro reconocido. El mejor de esta ciudad. Perder este trabajo no significaría nada para mí.
Me sentí acorralada.
—¿Me está amenazando?
—Solo intento enderezarte. Tienes mucho potencial —dijo con una sinceridad que hizo que el enojo se desvaneciera, al menos por un instante. —Y para que veas lo bueno que soy, me tomé el tiempo de buscar una forma más efectiva de enseñarte. No te relacionas con nadie, así que pensé en esto. Vamos, sígueme. Tengo que asegurarme de que asistas. Carga esos cuadernos de ahí —señaló—, y cuidado, que son tus apuntes... prestados.
Estaba a punto de negarme, pero él me dio la espalda y me hizo un gesto para que lo siguiera.
—Muévete, si quieres que esto termine rápido.
Lo seguí por los pasillos a regañadientes. Realmente no quería seguir perdiendo tiempo en ese lugar. Al llegar, entramos a una especie de auditorio. Había muchos grupos de estudiantes, demasiadas mesas circulares, demasiado ruido... y demasiadas miradas sobre mí.
Caminamos entre las mesas hasta que se detuvo frente a una puerta.
—Intenté colocarte en un grupo, pero a ninguno le gustó la idea. Así que busqué una solución —dijo, abriendo la puerta.
Pude ver un pizarrón, una mesa circular mediana, dos asientos y un pupitre. Era un aula pequeña.
—¿Usted me enseñará? —pregunté, esperando una negativa.
—Me encantaría, pero no eres buena escuchándome. Así que busqué a alguien de tu edad. Nadie aquí parece tener buenos recuerdos contigo, así que fue difícil... pero, por suerte, alguien se ofreció a ayudarte. Eres muy afortunada —me indicó que tomara asiento—. Es el mejor estudiante de la universidad. Para el poco tiempo que lleva aquí, ha sabido sobresalir.
—¿De qué está hablando? —Mi mente comenzó a alterarse con esas últimas palabras. No, no puede ser...
—Ya debe estar por llegar. Seguro la maestra Sara se volvió a retrasar con su clase.
Asustada, lo miré.
¿Acaso hablaba de...?
No.
En ese momento, la puerta se abrió y me negué a voltear.
—Al fin llegas, Sungyeol —dijo Leo.
—Buenas tardes, maestro Leo. Un gusto poder ayudarlo.
—Ni te preocupes, muchacho. El gusto es mío. Ella ha prometido portarse bien y no intentar huir. Ya sabes, si lo hace, me lo haces saber. Ya hablamos de eso. Es difícil tratar con ella, pero estoy seguro de que se llevarán bien.
Dos semanas habían pasado desde aquel día. Dos malditas semanas.
¿Por qué mierda se ofreció a ayudarme?
¿Por qué hace esto más difícil para mí?
Ni siquiera traté de mirarlo cuando se sentó frente a mí.
Estúpido nerd... ¿por qué quieres verme sufrir?
ESTÁS LEYENDO
Queriendo ser NERD
RomanceSin duda mi reputación de chica mala comenzó a tener una grieta. ----- Esta prohibido cualquier plagio o adaptación.
