-23/9/2014-
Miguel había llegado a San Sebastián. Cuando bajó del avión, lo primero que hizo fue consultar la hora en el panel luminoso que tenían a un lado de un mostrador. Vio que pasaban de las cinco de la tarde.
Miró hacia los mensajes de su móvil.
El primero, era de Esmeralda, en él, le decía que esperaba que hubiese llegado bien.
Pero no tuvo tiempo a responderle puesto que rápidamente vio un nuevo mensaje entrante, este, de su primo Carlos, anunciándole que él ya estaba en el aeropuerto esperando su llegada.
Aún no había tenido tiempo a sentirse nervioso, mientras que duraba el vuelo, había decidido dormir y conseguir desconectar de todos los pensamientos que iban asaltando su mente a cada momento. Finalmente había logrado olvidar que en el fondo, lo que de verdad le había dado el empujón necesario para ir hacia España, era pensar en aquella chica.
Pero por aquel día, no podría verla. Era tarde, y Esmeralda vivía en Valladolid. Lo más sensato, era decirle a su primo la situación en la que estaba, y entonces, esperar a que le pudiese acompañar. Carlos siempre le había apoyado así que no tenía duda de que aquella vez fuese distinto.
Sin embargo, los nervios le volvieron a asaltar cuando recordó que nadie de su familia lo sabía, y sintió que había traicionado la confianza de sus padres, pero sabía que si confesaba el verdadero motivo de aquel empeño en viajar, le dirían que estaba loco, y él sabía perfectamente que estaba cometiendo una locura, no sabía si era por amor, o si solamente era por curiosidad, por ponerle de una vez por todas, ese ápice de realidad a todas las conversaciones interminables que se habían materializado para desembocar en nuevos sentimientos, o eso creía.
—¡Miguel!—escuchó una voz a sus espaldas y después, vio que su primo le abrazaba. Apenas habían intercambiado dos palabras de nuevo, que Carlos le había empezado a inundar a base de preguntas y mostrando su interés por hasta el detalle más mínimo de su vida, ya que hacía varios años desde la última vez en la que se vieron.
—Esta noche saldremos de fiesta, y con un poco de suerte conseguirás dejar de estar solo—le dijo dándole un codazo de complicidad. Miguel, a todo esto, no sabía cómo decirle que él no quería ni siquiera pensar en nadie, y mucho menos, ir a fiestas, porque aunque no le terminasen de disgustar, tampoco era el mejor plan para pasar la primera noche antes de ver a Esmeralda.
—Creo que tengo bastante por contarte, así que lo de la fiesta, ¿qué tal si lo aplazamos para otro día?—dijo Miguel intentando disuadirle de sus ideas, y al mismo tiempo, sin saber del todo cómo explicarle todo aquello en lo que había pensado durante las horas previas.
Llegó a la casa de su primo, vivía en un piso bastante espacioso, pero estaba bastante desordenado, algo que no le importó a Miguel, él tampoco era el rey del orden, precisamente.
—Perdóname por tener todo esto patas arriba...—se excusó él—pero me sorprendió cuando me dijiste que querías venir, y justo ahora he empezado otro curso en la universidad, y... en fin, que no estoy en casa más que para dormir y poco más.
—No te preocupes—dijo él sonriéndole. Hacía tiempo desde la última vez en la que había vuelto a hablar con su primo, que a menudo solía ser su amigo, o así lo fue antes de que dejaran de verse.
—Y bien... ¿Qué novedades ha habido en tu vida?—preguntó Carlos tomando asiento en el sofá del salón—Y no me digas que todo sigue igual, porque me parece que no es así.
Miguel después de haber guardado aquel "secreto" si así se le podía decir, guardado con tanto recelo durante varios meses, supo que podía confiar en su primo. Y durante un rato le estuvo contando todo lo que había pasado. Empezó hablándole de sus estudios, porque no quiso hablar directamente de Esmeralda, así que tanteó un poco la conversación, pero a medida que iban charlando fue poniendo a colación el tema de la chica.
—Pero... ¿la has visto alguna vez?—preguntó él, atónito, cuando Miguel le confesó que lo más cerca que habían estado de verse había sido a través de Skype.
Carlos no daba crédito a la locura que le estaba diciendo Miguel, ¡se suponía que él era el "listo", y también el sensato de la familia!
—Vale, espera un momento, creo que ya lo empiezo a entender...—Carlos había ido captando la razón por la que Miguel estaba allí—¡has sido un embustero!—exclamó con un cierto deje de molestia—tú no querías verme, sino verla a ella.
Miguel intentó excusarse pero aunque sí que quería pasar tiempo con su primo, lo primordial para él se encontraba ahora, a tan solo unos metros.
—Y en todo esto, me pides que haga de celestina, o ¿qué quieres que haga?—preguntó él finalmente, incapaz de reconocer a su primo. O había cambiado mucho, o simplemente el amor le había hecho ser un poco más temerario, y aquel cambio, para una persona que hacía apenas unos años era bastante introvertida, era un cambio significativo.
—Sé que te pediré un favor muy grande y entenderé si me dices que no puede ser, si es así, no tendré problema alguno en buscarme la vida por mi cuenta, pero te quería decir que me llevases a Valladolid.
—Allí vive tu enamorada, ¿verdad?—dijo él y frunció ligeramente el ceño. Cuando Miguel pensó en qué sería lo siguiente que le diría, le sorprendió cuando su primo le dijo que sí, que le acompañaría.
—Te debo una, Carlos. Recuérdame que haga algo por ti, porque me ayudarás más de lo que crees—le dijo Miguel con sinceridad, a lo que Carlos, le sonrió, y se dio cuenta de que en los ojos de Miguel había una chispa de ilusión y felicidad, que nunca antes había visto en los ojos de su primo.
—A pesar de que no la conozcas en persona, la quieres mucho, ¿no es así?—Miguel no respondió, pero aquel silencio quebrado por los silencios, le confirmó que Miguel no estaba haciendo semejante locura por ninguna razón mas que por lograr encontrar, por fin a aquella chica.
—Vete a dormir—le dijo finalmente—mañana, nos iremos y de camino a Valladolid, me tendrás que contar con todo detalle porqué has cambiado tanto.
—Solo una palabra es necesaria para decir el porqué—y sin necesidad de saber nada más, Carlos sonrió.
Sobra decir que aquella noche Miguel aún pudo dormir menos que la pasada. Intentó escribirle a Esmeralda, pero se sentía tan nervioso que escribía sin pensar y así, iba borrando todos los mensajes antes de ser enviados.
Vio que aún tenía su mensaje a la espera de ser respondido, y finalmente, lo único que consiguió decirle fue: «He llegado. Estoy en casa de mi primo, mañana vendré».
Esperó respuesta, pero como ya habían pasado las cuatro de la madrugada, esta, no llegó.
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Número equivocado
RomanceSu historia comenzó con un simple mensaje: "Querida Amelia [...]", enviado al destinatario equivocado. Cuando Esmeralda lee el mensaje de Miguel, una persona desconocida para ella, entenderá cómo a veces, las personas que menos conocemos, pueden pas...
