Esmeralda y Miguel tenían veinticinco años cuando ambos terminaron de estudiar para empezar a trabajar. Esmeralda fue la primera en encontrar trabajo como guarda forestal. Estaba haciendo un trabajo que le permitía estar en contacto con la naturaleza y los animales en el bosque, aquel trabajo parecía estar hecho a medida para ella. Y además, desde que había empezado a trabajar, cada vez dependían en menor medida de las ayudas económicas de los padres de Miguel.
—¿Cómo te ha ido el día?—preguntó Miguel, feliz de ver a Esmeralda recogiendo los frutos de tanto tiempo de esfuerzo.
Había sido un día extenuante para Esmeralda, había tenido que andar tanto que apenas sentía los pies, pero al llegar a casa, y encontrarse con la cálida recibida de Miguel, que le esperaba con una gran sonrisa, compensaba todos los males.
Aunque quería hablar con él, Esmeralda no pudo ni seguirle la conversación porque se había quedado dormida en el sofá. Miguel se sentó a su lado, y con todo el amor del mundo le dio un beso en la frente.
Cuando despertó, Miguel ya tenía la cena preparada.
—Te he preparado pizza...—le dijo mientras que pensó que le haría ilusión que le hubiese preparado su plato favorito.
—Gracias, eres genial, pero creo que no me siento bien, debe de ser el cansancio...—suspiró y Miguel le observó unos instantes.
—Hace días que dices que no te encuentras bien, quizás deberías ir al médico...
—No te preocupes, seguro que no es nada para preocuparse—dijo ella e intentó sonreírle para tranquilizarle.
Aquella noche, Esmeralda no logró cenar sentía náuseas y un fuerte dolor de cabeza. Miguel, viéndole finalmente le preguntó.
—¿Estás embarazada?—Esmeralda le miró con una expresión de miedo y un nudo en la garganta. Mentalmente fue contando los días desde que le vino por última vez, pero se dio cuneta de que no lo recordaba.
—Mañana iré a la farmacia—fue capaz de decir Esmeralda.
—¿Eso es un sí?—preguntó Miguel, indeciso.
—No lo sé, ¡joder! ¡Ahora no es el mejor momento!—decía Esmeralda atacada por el pánico que sintió imaginándose cambiando pañales. A decir verdad, nunca se habría imaginado siendo madre. No había sido capaz de comentárselo a Miguel, porque sabía que a él le encantaba ver a los niños jugar en el parque y no quería destrozarle sus ilusiones, pero a ella no le gustaban los niños... ¿qué pasaría si el predictor confirmaba lo que ella temía?
Empezó a hiperventilar casi sin darse cuenta. Miguel, le observó asustada.
—Tranquila, no te preocupes, todo saldrá bien...—iba diciendo Miguel intentando tranquilizar a Esmeralda.
Cuando se fueron a dormir, Esmeralda se quedó mirando por la ventana, iba contando las estrellas que veía, a través de las lágrimas que salían de sus ojos.
Ella no sería una buena madre. No la madre que merecían los hijos de Miguel.
Tenía que haber sido un error... En ningún momento se lo habían planteado.
Se sentía perdida, mientras que pensaba en que no sabía qué podría hacer si el predictor cambiaba de color.
Se imaginaba desmayándose al momento, porque de otra forma, se sentía incapaz de aceptar una noticia como aquella.
¿Qué había pasado? Cada noche se había tomado la píldora anticonceptiva así que creía que habían pocas probabilidades después del tiempo que llevaba tomándosela de quedarse embarazada.
No paraba de torturarse pensando en todo aquello. Ajena a que a su lado, Miguel dormía plácidamente, no le había dicho nada, pero él si que esperaba con ilusión aquella noticia. Él sí que pensaba que sería una madre estupenda. Demasiado temprano, tal vez, pero aquello no haría que quisieran menos a su hijo.
Esmeralda lloró toda la noche. De impotencia, de rabia..., ella era feliz al lado de Miguel, y en su corazón, no creía haber espacio para nadie más...
¿Por qué tenía que llegar un bebé, no deseado por su parte?
En aquel momento llegó a odiar a un bebé que aún no se sabía si existía o si no, pero todo era debido a los nervios, a las inquietudes que ella sentía.
Al despuntar los primeros rayos de sol, Esmeralda terminó de secarse las lágrimas. Había necesitado varias horas para serenarse, y cuando aquella mañana Miguel despertó con la mayor de sus sonrisas, Esmeralda intentó corresponderle.
Miguel vio sus ojos rojos y le miró entristecida, nunca llegó a pensar que sus opiniones respecto a aquel tema fuesen tan opuestas.
Él tampoco podría imaginar que lo que para él era un sueño, para ella, comenzaba a ser una pesadilla.
Ya desde pequeña, siempre había imaginado su vida de otra forma. En sus sueños, nunca había aparecido un bebé que cambiase por completo sus días. ¡Simplemente no quería ser madre! No soportaba que lo único de lo que se hubiese podido enorgullecer al final de sus días fuese el haber parido a un crío que sólo lloraría y serviría para mantenerla en vilo durante largas noches.
Esmeralda no se sentía preparada para ir hacia la farmacia, así que le pidió a Miguel que fuera él.
Cuando se hizo la prueba, en el baño sólo se escuchaba el sonido de sus respiraciones acompasadas.
—Independientemente de lo que diga la prueba, debes saber que te quiero, y tanto si estás como si no embarazada, siempre serás para mí la mujer a quién más quiero, cariño, ¿de acuerdo? Y estoy seguro que serás la mejor cuidando a un pequeño que forme parte de nosotros, porque siempre he creído en ti, ¿por qué has estado toda la noche llorando?
Miguel había despertado a media noche, y había escuchado sus sollozos, pero sabía que en aquel momento, sólo podía dejarle desahogarse, era tal vez lo que Esmeralda necesitara.
—No quería hacerte daño, así que nunca quise decirte nada..., pero yo... no quiero ser madre, no me gustan los críos. Perdóname...—dijo ella mientras volvía a llorar débilmente. Y a falta de palabras de consuelo, Miguel le abrazó con fuerza.
Mientras que en el fregadero, la prueba de embarazo iba adoptando un color rosa violáceo.
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Número equivocado
RomanceSu historia comenzó con un simple mensaje: "Querida Amelia [...]", enviado al destinatario equivocado. Cuando Esmeralda lee el mensaje de Miguel, una persona desconocida para ella, entenderá cómo a veces, las personas que menos conocemos, pueden pas...
