Apenas había pasado un día desde que Miguel había llegado a España que Esmeralda ya empezaba a sentir que el tiempo, a su lado, pasaba tan rápido que parecía ser un pájaro el que se llevaba todas sus ilusiones.
Quería aprovechar al máximo al tiempo, había tantos lugares a los que ir, tantos momentos para compartir...
—¿Durante cuántos días te quedarás?—preguntó Esmeralda cuando aquella mañana Miguel volvió a la casa de Esmeralda después de haber pasado la noche en la casa de su primo.
—Estaré solo esta semana, la semana que viene, seguramente me iré...—dijo apenado. —No quiero que mis padres sospechen si ven que me quedo más tiempo del que les dije que estaría.
Esmeralda no podía creer que solo pudiese estar con él, una semana. Pero al mismo tiempo, aquella semana era un valioso tiempo que había estado esperando durante muchos meses.
Miguel tuvo que reservar todo su autocontrol, para no demostrarle más de la cuenta lo mucho que significaba para ella. Tal y como se temía, después de haberla conocido, aún había empezado a quererla más.
Y al mismo tiempo, a tener más dudas respecto del futuro.
Esmeralda nunca se había sentido más feliz que en aquellas horas. Miguel le hacía reír, le comprendía y era la persona que sin saberlo, ella necesitaba tener en su vida.
¿Qué estaba mal? En un principio nada, pero más de 700 km tenían la culpa de que tuvieran que verse de aquella manera.
—Hoy había pensado en llevarte a el monte Urgull—empezó a decir Esmeralda pero el sonido de un móvil les interrumpió. Miguel pensó en no responder pero cuando vio que le estaba llamando su madre, aceptó la llamada.
—¿Dónde estás?—preguntó su madre.
—En casa de Carlos—Miguel odiaba mentir, no le gustaba decir algo que no era y miró a su alrededor y por un instante se sintió culpable de haberle mentido, sin embargo, si hubiese dicho la verdad a su familia, nunca le hubiesen dejado viajar, así que por el momento lo mejor era guardar algunos secretos; secretos, que cada vez pesaban más.
—Ah, qué extraño...—dijo ella—es que, resulta que hace algunos minutos he acabado de hablar con tu primo, pero me ha dicho que en aquel momento no podías ponerte, y pensaba que quizás no estabas allí.
—Es que en ese momento aún estaba durmiendo, ya sabes, eso del jet lag...—improvisó una excusa Miguel, aunque no supo si había terminado de convencer a su madre.
Después de algunas preguntas de más y de volverle a preguntar si estaba bien, colgó.
—Tus padres tampoco lo saben, ¿verdad?—dijo Esmeralda, Miguel asintió. ¿Cuánto tiempo más podrían ocultar lo que fuese que pasaba entre ellos dos?
—Bueno, ahora no es momento para pensarlo, ¿qué te parece ir a donde te he dicho?
—Si te parece que es un buen lugar para ir, voy encantado, sólo por verte feliz—dijo Miguel con una sonrisa mientras que Esmeralda se tenía que reprimir para abrazarle. Temía hacerle sentir incómodo, así que ella tampoco había reaccionado con la efusividad que esperaba al verle.
En su mente, todo ocurría de otra forma distinta a la que tenía lugar a la realidad, pero no podía quejarse en absoluto.
Tardaron algunas horas en llegar al monte, pero el viaje había valido la pena ya solamente por las increíbles vistas que habían. Aquel, también era un lugar especial para Esmeralda, porque allí había sido uno de los pocos lugares en los que había pasado tiempo junto con su hermano, cuando él no estaba enfermo de la pulmonía, le gustaba poder recordar aquellos días en los que simplemente eran niños, sin odio, sin rabia, sin malas emociones que les habían distanciado cada vez más.
—Hemos llegado—anunció Esmeralda mientras detenía su coche, un coche que había sido de su madre y que necesitaba un poco de pintura, pero que ya le servía porque ella tampoco usaba el coche, prefería andar o ir en bicicleta.
—Es increíble—dijo admirado Miguel mirando a su alrededor.
Durante aquel día, Miguel le hizo algunas fotos cuando Esmeralda no prestaba atención, sentía que quería tener hasta el más mínimo de los recuerdos, porque así, aún sería más complicado olvidarle.
Pasaron la tarde hablando de varios temas y la conversación parecía no tener fin, ¿cómo era posible que siempre pudieran hablar de algo más?
Discutían sobre bastantes temas, a ambos les gustaba exponer su punto de vista, y aunque muchas veces eran opiniones contrapuestas, el secreto de que se llevasen bien era que cada cual las exponía con respeto y sin hacer entrar en razón al otro. En pocas palabras, lo que no pensaba Esmeralda, lo pensaba Miguel.
Esmeralda estaba muy cómoda junto con Miguel, sentía una complicidad que no había encontrado al lado de nadie más. Una especie de paz, que era complicada de expresar. Pero a su lado, estaba bien, simplemente estaba serena, y no necesitaba nada más que saber que a su lado, alguien sin proponérselo le sonsacaba más de una sonrisa.
Miguel se dio cuenta de que entre ellos, sin duda había nacido una amistad muy especial, pero aunque sabía que entre ellos habían varios sentimientos, debía vigilar, porque no quería confundirse aún más. Se había dicho a sí mismo que aquellos días le deberían servir para conocer más a Esmeralda, para saber mejor aún los gustos de ella, o hasta aquellos detalles imperceptibles que le hacían especial.
Pero a causa de todas las diferencias que se habían interpuesto entre ellos, no se podía considerar que estuviesen en una relación.
Es verdad que habían hablado durante mucho pero ¿había existido aquella chispa entre ellos cuando se habían conocido? o tal vez... ¿solamente habían encontrado en el otro alguien que le comprendiera, pero solo como amigos?
Todas aquellas preguntas eran las que no paraba de pensar Miguel hasta que todas aquellas preguntas se olvidaron cuando había llegado el atardecer.
—Deberíamos irnos—dijo Esmeralda y en ese momento miró a Miguel que estaba totalmente distraído y le preguntó:—¿Puedo saber en qué estás pensando?—preguntó ella con una pequeña sonrisa.
Miguel no sabía qué palabras podrían expresar todo lo que sentía, y todas aquellas incógnitas que se había planteado tan solo algunos minutos atrás, habían conseguido tener respuesta con tan solo mirar a Esmeralda.
Ella, era todo y más de lo que él también quería.
Se acercó un poco más a ella, le acarició las mejillas, tan solo unos centímetros se interponían entre ellos, pero Miguel no quiso que ninguna distancia más estuviera entre ellos, estaba convencido que dejar que todo siguiera igual era un error, indudablemente, algo había cambiado entre ellos. Esmeralda anticipándose al momento entrecerró los ojos, pensando en lo que estaba a punto de ocurrir rodeó el cuello de Miguel y viendo una ligera vacilación, Esmeralda dio el paso y le besó.
ESTÁS LEYENDO
Número equivocado
RomanceSu historia comenzó con un simple mensaje: "Querida Amelia [...]", enviado al destinatario equivocado. Cuando Esmeralda lee el mensaje de Miguel, una persona desconocida para ella, entenderá cómo a veces, las personas que menos conocemos, pueden pas...
