«LXXIV»

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Miguel fue el primero en darse cuenta de que la prueba de embarazo había cambiado de color, al instante, empalideció y sintió un nudo en la garganta.
—¡Maldición! Tiene que ser mentira...—exclamó Esmeralda frustrada mientras Miguel le observaba.

En aquel momento, todas aquellas lágrimas que creía que se habían quedado ahogadas la pasada noche volvieron a inundar sus ojos.
Se dijo a sí misma que tenía que serenarse un poco y pensar racionalmente.
Pasaron unos minutos en los que ninguno de los dos hablaron; no dijeron ni una sola palabra, pero Esmeralda no fue por la emoción, sino porque se había quedado en un estado de shock del que no lograba salir.

Tampoco dijo nada, cuando salió del baño en el que el tiempo parecía haberse quedado detenido, y entonces, salió de casa y empezó a andar.
No tenía ningún rumbo. Simplemente quería andar, andar hasta llegar a algún lugar para solo así escapar de sus pensamientos, ignorando que cuanto más rápido caminaba, sus pensamientos se volvían aún más abrumadores.
—¿Qué puedo hacer?—musitó mientras se limpiaba las lágrimas. La gente pasaba por su lado y le miraban con indiferencia, hasta parecían quererse mantener alejados de la chica que lloraba, como si temiesen contagiarse de su tristeza.

Caminó durante una hora. No sabía dónde estaba pero tampoco le importaba. Sólo quería estar lejos de Miguel, de todo aquel sueño que se estaba tambaleando al filo de un precipicio.
Tenía miedo. Mucho miedo. Más del que ella misma estaba dispuesta a admitirse que sentía.

Se sentó en un banco cuando sintió que no podía andar más. Tomó aire y dejó vagar su mirada por el horizonte.
Estaba embarazada. Hacía sólo unos meses desde que había empezado a trabajar, ¿cómo se lo diría a la faena? No tenía muchas oportunidades para causar buena impresión en su trabajo, y lo que a ella le interesaba, era labrarse más el futuro por el cual, gracias a la ayuda de él, hab ía logrado empezar una nueva vida. Pero en aquel instante, parecía que en cuestión de nueve meses, todos los sueños fuesen quebrados.
No podía permitirse sentirse un barco hundido. Debía seguir adelante. Aquellos fueron los pensamientos que le asaltaron: Que no podía dejarse llevar por impulsos y tomar decisiones en aquel estado.
—Perdone que me entrometa en su vida, señorita... ¿pero está usted bien?—le preguntó un anciano que llevaba una boina de color negro.
Esmeralda le miró y le ofreció una sonrisa triste, no supo qué responderle. No estaba bien, pero tampoco sabía cómo estaba.
Sin embargo, no era la noticia que esperaba en su vida, si bien es cierto, que a veces, nada pasa justo en el momento en el que lo esperamos.
El hombre le observó unos momentos con compasión, al principio, cuando se sentó en el banco no se había dado cuenta de que había una mujer llorando, pensó que solamente estaba triste, pues sus ojos a pesar de que reflejasen tristeza, emanaban aún más fuerza.
En vista que la chica no le respondía, decidió irse del banco para no incomodarle con su presencia.
Hizo bien, pues en aquel momento, lo único que Esmeralda quería era estar sola. Mirar a la gente andar, preocupada por sus propios problemas, porque así sentía, que los suyos eran menores.
Era una tarde de sábado, y algunas mujeres, habían salido a pasear con los carritos en los que llevaban a sus hijos. Esmeralda contempló a aquellas mujeres, que eran madres, como pronto lo sería ella y le embargó una sensación que no supo describir.
Todas ellas parecían felices, sonreían con sus hijos mientras le daban la mano y escuchaba las risas infantiles de los pequeños, y llegó a sentir ternura.
Sin embargo, ella no creía estar preparada. Y le costaba verse trasladada en aquella figura materna que veía en las mujeres jóvenes que paseaban por allí.

De pronto se sintió una cobarde. Había salido prácticamente huyendo del baño porque le había dado miedo afrontar la realidad. Había sido una reacción espontánea y tal vez desmesurada, no sabía ni ella misma porqué había reaccionado así.
Pero el conjunto de la situación le había sobrecogido y le había impedido reaccionar con más calma.

Pasaron unos minutos, y Esmeralda empezó a sentirse un poco mejor. Se dijo a sí misma que no podía huir de aquello que le daba miedo, que debía encarar las situaciones que le iba poniendo su vida. Comenzó a comprender que seguramente aquel era un inicio de su vida, inesperado, en el momento menos planeado, pero quizás era una oportunidad para actuar como nunca habían actuado con ella.
Tal vez, era el momento de demostrar todo el amor que durante años, ella había guardado en sí misma.
Al caer la noche, finalmente regresó a casa.
Ya eran pasadas las once de la noche, así que Miguel, que había pasado el día sumido en un estado de confusión, ya estaba durmiendo.
Esmeralda se metió en la cama con cuidado de no despertarle, sin embargo, su voz le sobresaltó.
—Mañana hablaremos, ¿vale?—dijo Miguel con voz de dormido, al instante, Esmeralda supo que aquellas palabras nunca presagiaban nada bueno y se lamentó por la forma en la que había reaccionado.

Número equivocadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora