«LXX»

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El viaje de regreso a España estuvo cargado de tristeza. Esmeralda no habría pensado en volver a España como consecuencia de malas noticias, y sin embargo, estaba en aquel momento, llorando porque su hermano estaba en un grave estado después de haber sido atropellado.

Esmeralda se juró que no volvería a subir a un avión en mucho tiempo, pero aquel día, ni siquiera el viaje de interminables horas fue un problema para ella, al contrario, fue como un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos volvía a estar en su ciudad, donde siempre había vivido. Y lejos de pensar que había echado de menos su vida pasada, lo único que pensó fue que ya no recordaba la última vez que había ido a un hospital.

Al llegar, le habían indicado la habitación en la que se encontraba su hermano, pero antes de llegar, Esmeralda vio a sus padres. Aquel no fue el reencuentro que hubiese esperado. Su padre y su madre le miraba con los ojos anegados en lágrimas, y de tanta que era la desdicha que sintieron en aquel momento, ni siquiera fueron capaces de abrazar a Esmeralda.
Pero hubo un detalle que ni en esas circunstancias les pasó por alto, y eso, fue ver a Miguel. Eran prácticamente innecesarias las presentaciones, pues Esmeralda ya les había puesto al corriente. Y en aquel momento, sobretodo su madre, fue capaz de ver cómo aquel chico amaba a su hija. Nadie con un par de ojos sería capaz de decir lo contrario, porque aquello que existía entre ellos dos, no se escapaba a ninguna mirada.

—Está peor de lo que pensábamos... El coche iba a bastante velocidad, así que cuando vio a Javier le fue imposible esquivarle...—le dijo su madre—seguramente hoy es la última vez que le veas—su voz temblaba y se sonó la nariz con un pañuelo de papel mientras que Esmeralda no sabía qué decir en aquella situación. —Despídete de él—aquellas palabras, para una madre, fueron terriblemente duras de decir, y se sentía como por cada palabra le diesen un golpe más.

Esmeralda intercambió una mirada con Miguel, y Miguel le susurró que entrase ella en la habitación. Teniendo en cuenta la gravedad de la situación, no les permitían que tuviese mucha compañía, y de otro modo, después de la relación que Miguel sabía que tenía con Esmeralda, sabía que no le acogería con demasiada alegría. Así que optó por quedarse al lado de los padres en la sala de espera.

Esmeralda vaciló unos segundos antes de entrar en la habitación donde su hermano estaba pasando quizás los últimos momentos de vida. Sentía que su corazón se encogía a medida que iba avanzando, y después, cuando le vio conectado a más tubos de los que podía contar, sintió que aquella situación dolía realmente.

Javier le vio, y después de tanto tiempo que Esmeralda creía olvidado, le sonrió. Esmeralda permaneció incrédula, ya no recordaba la última vez que habían permanecido como hermanos. Con el tiempo habían pasado a ser desconocidos.

Tomó asiento a su lado, le observó aún incapaz de hablar, cuando sentía que había reunido el suficiente coraje para hablarle, Javier le interrumpió.

—Por favor, escúchame. No quiero hablar, pero quizás es lo que necesitamos, al menos para que me pueda sentir un poco más en paz, y no el capullo que he sido contigo, ¿no crees?—Esmeralda solamente le observaba—hermana, sé que es demasiado tarde para decir que siento todas aquellas palabras que te dije, sé que fui una persona nefasta. Fallé como hermano y como persona que pudiese recibir el cariño de los demás. Siempre me pareciste la persona ideal, siempre te admiré y al mismo tiempo te envidiaba, porque veía que tú tenías algo que yo jamás tendría, y eso era la buena fe, eres una buena persona, Esme. —Le sonrió débilmente—siempre te preocupas por los demás, y he fallado siendo un ejemplo a seguir de hermano mayor, sólo puedo decirte que en el fondo, te quiero, y lo único que deseo es que recuerdes cuando éramos pequeños y felices, cuando no había rencores ni malas emociones. Siento haber intentado frustrar tu felicidad, y ya lo dicen, que cuando ves que la vida se va, entonces lo ves todo de otra forma y es verdad, ahora veo todo lo que he hecho, y no estoy orgulloso, de toda la prepotencia que siempre he mostrado, de la poca empatía que he compartido con los demás. Supongo que el tiempo le pone a cada cual en su lugar. Y a mí, me ha llegado el momento en el que todo lo que he hecho, vuelva hacia mí. Nadie merece esto, pero estoy seguro de que tampoco dejaré ninguna huella significativa—Javier lloró, Esmeralda también lloraba y no sabía qué podía decir para ocupar el vacío que sentía en algún rincón—¿Sigues con él?—preguntó mientras que tosía y a través de los cables, hacía esfuerzos por mirar a su hermana. Esmeralda sólo supo que decir que sí. —Está bien, caracol—escucharle llamarle por su apodo, le retornó a sus días de infancia, a cuando ellos eran amigos y no enemigos—Sé que estarás bien y serás muy feliz a su lado.

—¿P-puedo preguntarte... por qué después de todo lo que dices intentaste interponerte en mi relación?

—Porque en el fondo te he querido más de lo que he demostrado y no quería que nadie viniera a arrebatar tu felicidad, a usarte como una muñeca y después te dejase cuando se cansara de ti. No quería verte llorar por ninguna persona.

—Pero tú... fuiste cruel conmigo, siendo o no consciente...

—Todos cometemos errores...—dijo Javier—creo que ahora es cuando empieza mi cuenta atrás y los voy contando y me duele, pero he aprendido la lección y me la llevo conmigo. Espero que puedas perdonar todas las estupideces que hice en su momento.

—No hay nada qué perdonar, ahora—dijo Esmeralda mientras le daba la mano.

—Sé que seréis felices, lo veo en tu mirada ahora, sólo han pasado unos meses desde la última vez que te vi, pero noto cómo ha cambiado tu vida, y me alegro por ti. Te quiero, hermana.

Esmeralda le apretó con más fuerza la mano, quería abrazarle, decirle un último adiós mientras veía cómo la vida se desvanecía pero no podía abrazarle con tantos cables de por medio que le devolvían unos segundos más de vida.
Cuando Esmeralda sintió que ya no le quedaban ni más lágrimas ni palabras, miró hacia Javier y supo que había llegado el momento del adiós.

Miguel nunca había visto a Esmeralda tan destrozada, y lo peor fue que él no podía hacer nada por apaciguar su dolor, solamente podía estar a su lado, y ya está.

Apenas pasaron unas horas, cuando supieron la noticia de su fallecimiento. 

Número equivocadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora