«LVIII»

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Esmeralda sabía que no era una buena idea lo que estaba a punto de hacer. Sentía saber la respuesta antes si quiera de conocer el veredicto, pero no le importaba. 
Le bastaba con mirar a Miguel para saber que cualquier decisión, a su lado, sería correcta. 

Cuando su madre vio llegar a Esmeralda el día después de Navidad, le miró sorprendida. El día pasado, su hija ni siquiera les había llamado para felicitarles, y ahora, se presentaba a primera hora de la mañana, y no sabía qué querría. 
Su madre, al instante, pensó que le vendría a pedir dinero para el alquiler. 
Lo que nunca hubiera imaginado, era que a unos metros de donde estaba su hija, había un chico, a quien ella no conocía. 

A sus espaldas, se escuchó una voz. 
—¡Maldito hijo de puta! ¡Te has atrevido a venir a por mi hermana! ¡Infeliz y asqueroso!—gritaba Javier mientras que Miguel suspiraba, sabiendo que aquello era lo que se temía. Aquel desenlace. 

—No debería haber venido—le susurró a Esmeralda. 

—Claro que sí, no importa lo que diga mi hermano—Esmeralda le dio un apretón de manos y el miró esforzándose por sonreír. 

Su madre, miraba alternativamente a Miguel, y después a Javier, no entendía lo que estaba pasando. 

—¿Os conocéis?—la respuesta era más que obvia, pero la madre de Esmeralda no podía comprender de qué se conocían si era la primera vez que había visto a aquel chico. 

—Ese—dijo apuntando con el dedo hacia Miguel—es el novio de tu querida hija. Vive lejos de aquí, pero no pensé que tuviera el valor para venir a por ella. Chaval, de verdad que eres un idiota, por estar enamorado de esa princesa que ha creído durante demasiado tiempo en cuentos de hadas. 

Y en aquel cuento de hadas, su hermano, por desgracia era el antagonista, pensó amargamente Esmeralda. 

Reunidos en el salón, se encontraban el padre de Esmeralda, Hugo, su madre, Carolina, y por último, Javier, que no entendía a qué había venido aquel bastardo hacia su casa. 

Esmeralda temía no encontrar las palabras para decir aquello en lo que había pensado durante tantas horas, pero una vez estuvo enfrente a sus padres, todas las palabras salieron solas. 
Había cesado el miedo, o la indecisión. 
O el ser la hija perfecta, que todas las órdenes acataba. 
Era una persona independiente, libre de tomar las decisiones, y con ello, de equivocarse, de volver a empezar, de caer más de una y de dos veces, pero de volverse a poner en pie, para después volver a luchar. 
Y sabía que la vida, que justo empezaba para ella, le depararía muchos momentos, pero debía poner las cartas sobre la mesa, y decir las cosas por su nombre, así que no prolongó más el momento de tensión que se había establecido entre su familia. 
Miguel sólo tenía ojos para Esmeralda, le veía tan decidida, tan fuerte... Quería a aquella chica, la quería, y por ello había viajado dos veces, y sabía que si no podía ser, volvería a viajar dos y mil veces más con tal de poder volverla a ver. 
En aquel momento, Esmeralda había abandonado la cobardía, y lo único que quería era enfrentarse a todos sus miedos. 
Al rechazo, a la indecisión, a que no le tomasen en serio. 
Porque todo empezaba con unas palabras, y aquellas palabras cada vez pugnaban con más fuerza por salir. 

—Mamá, papá—dijo ignorando por completo a su hermano—tengo algo para anunciar. 

—¿Estás embarazada?—preguntó su madre temiéndose lo peor, su hija no era suficiente madura para preocuparse por sí misma, ¿cómo lo haría para estar pendiente de alguien más? Por increíble que pareciese, ese fue el primer pensamiento que pasó por la cabeza de su madre, que continuaba sin entender qué hacía aquel chico desconocido en su casa. 

—No—respondió con calma Esmeralda—sólo he venidos a presentar a Miguel. Javier ya le conocía, pero la manera en que le conoció no importa. Ahora ya nada de esto me importa. 

—¿Puedes decirnos de una vez por todas, por qué has venido?—preguntó su padre perdiendo la paciencia. 

—Vengo a deciros que me voy a Venezuela. Y no, no vengo a pediros permiso, no voy a pediros la opinión porque sé lo que pensáis. Pero por una vez, dejadme ser feliz con mis decisiones, o nada más equivocarme, pero no necesito vuestro permiso. 
Sólo quería venir, para decíroslo, porque no me parece correcto irme sin dejar rastro, no quería desaparecer, aunque han sido demasiadas las veces en las que he tenido la impresión de que era un fantasma en esta casa—Carolina, sintió que estaba a punto de llorar. Durante años se habían volcado en el hermano, y ella quería pensar que no habían dejado desatendida a Esmeralda, pero tal parecía ser, que lo que ella había sentido era que sí, que estaba olvidada—Quiero, y necesito varios cambios en mi vida. Sé que soy joven, y que el amor no se ve de la misma manera a los veinte, que a los treinta o a los cuarenta años, pero también sé que ha llegado una persona a mi vida, puede que para unos días, o para unos meses, pero en el mejor de los casos, será para siempre, y si ahora dejo escapar esta oportunidad, nunca sé si no tendré el privilegio de volver a estar a su lado—su padre hizo ademán de hablar, pero Esmeralda le interrumpió—Sé que dirás que he perdido el juicio, pero debo decir que nunca había sido tan consciente de mis decisiones. Puede que me equivoque, porqué no, pero no me preocupa nada de esto, lo único que quiero saber es que hay mucho por lo que luchar, y una de esas causas, está a mi lado. —Terminó de hablar y miró a Miguel; nunca Miguel había mirado a nadie con tanta admiración. 

Los padres querían decir algo, negarle cometer esa locura, Javier directamente, al escuchar las palabras de su hermana, había optado por irse hacia su habitación para evitar una pelea más. Bien mirado, si su hermana se iba, sería un estorbo menos, pensó él, que aún era incapaz de saber que tenía suerte de tener a Esmeralda en su vida. 

Al principio, Hugo se opuso rotundamente, su hija estaba diciendo un montón de estupideces, aquel chico le había lavado el cerebro, convirtiéndola en alguien que no era. 
Pero fue su madre, quien se dio cuenta de la verdad, y esa era que no podía impedirle sus deseos, porque lo que los ojos de su hija reflejaban, era un amor que ella nunca había tenido el placer de ver. 
Quizás, por falta de abrazos y palabras sinceras. Tal vez por aquella razón, su hija cada día se había distanciado un poco más de ellos, se había refugiado en silencios... Hasta que aquel día, Esmeralda había demostrado salir de su caparazón, había roto el silencio, y había vuelto a mirar la vida con una ilusión que casi creían perdida. 

Y gran parte de sus acciones, se las debía a él. 
Fue Carolina quien vio la importancia de aquel chico en la vida de ella y entendió que retrasar algo inevitable sería un error. 
Ella sí que sonrió cuando supo que su hija no les estaba diciendo un farol, sino algo que de verdad haría. 
Y supo que quizás aún estaba a tiempo de reparar sus errores, o si más no, de empezar una nueva vida, y tal vez aquello era lo que necesitase. 

N.A: Seguramente se habrán fijado de que al principio empecé a escribir esta historia como una historia corta, pero después, me di cuenta de que era imposible narrar todo esto en formato de mensajes, así que creo que más bien se ha convertido en una historia de romance que no en una historia corta. 
Espero que les esté gustando, y me encantaría que volvieran a comentar porque estos días veo que los comentarios han desaparecido un poco, ¿hay algo que no les está gustando? 

Número equivocadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora