«LXXII»

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Eran las cinco de la mañana cuando Esmeralda y Miguel terminaban de hacer las maletas y los padres de ella, también estaban despiertos, pero no precisamente porque querían acompañar a su hija al aeropuerto, sino porque tras la pérdida de Javier, sentían que eran una familia que como la mayoría, estaban plagadas de secretos y de un mutismo para que no se supiera nada. 

Fue su padre, quien acompañó a su hija y a Miguel hacia el aeropuerto; en unas horas, saldría un avión en dirección a Venezuela, y aunque Esmeralda notó que su familia aún estaba más rota, de su boca no salió palabra alguna de confort. 

—Siento no haberte prestado toda la atención que tal vez necesitabas—habló Hugo mirando a su hija y sintiéndose miserable—, he perdido a un hijo; no permitas que también te pierda a ti, y sé que si subes al avión seguramente no te vuelva a ver en mucho tiempo—. Esmeralda miró hacia Miguel, lo único que le importaba era su futuro, la nueva identidad que había adquirido lejos de casa; nunca había tenido tan claro que la decisión ya estaba tomada. 

—Lo siento, papá, pero sin darte cuenta... me has perdido. Dejaste pasar la infancia de tu hija por querer incondicionalmente a un bastardo que no lo merecía. 
—¡Niña!—le gritó enfadado a la niña, que a su edad, ya era mujer mas para él, siempre continuaría siendo su niña, aquella que dormía abrazada a Boris, su osito de peluche desde los tres años, remendado y sin un ojo de botón—¡No te atrevas a decir eso de tu hermano y menos después de muerto! 
Esmeralda sabía el cargo de conciencia de sus palabras, pero en aquel momento, poco le importaba. 
—Las verdades duelen, ¿verdad?—dijo ella con frialdad—, pero es aún más doloroso seguir viviendo en la mentira.—A su lado, Miguel, le daba la mano incrédulo por todo lo que ella estaba diciendo. Él jamás le hubiese hablado de tal manera a sus padres. Pero comprendió que Esmeralda ya no era la misma chica frágil, de baja autoestima dependiente de las opiniones de los demás. Era una persona que había mostrado una gran determinación en los momentos más complicados, y aquello para él era de admirar. 
Un simple "adiós" por parte de ella zanjó la conversación. Ni un triste abrazo reparó las distancias forjadas entre ellos a base de los años. 
Subidos en el avión, Esmeralda miraba hacia el frente; Miguel no era capaz de imaginar todo lo que pasaba por la mente de la chica. 
—Cada vez me voy dando cuenta de que somos más parecidos de lo que creemos—dijo Miguel rompiendo el silencio, mientras observaba que en las butacas contiguas, algunas personas estaban durmiendo. 
—¿Por qué lo dices?—preguntó Esmeralda mirándole a los ojos después de días en los que apenas había hablado con Miguel. 
—Mi hermana también murió atropellada—susurró él y Esmeralda recordó conversaciones pasadas, cuando aún eran dos simples desconocidos. 
—Pues vaya, menuda es la suerte que tenemos...—dijo Esmeralda decaída—nos parecemos tanto que hasta compartimos las desgracias de nuestras vidas. 
—El amor, en realidad, trata de compartir hasta las tragedias—Miguel, colocó un mechón tras la oreja de Esmeralda.—Te quiero, amor. 
Esmeralda le miró unos instantes, después, rompió a llorar. 

—Hey, cariño, sé que no estás bien..., pero ¿puedo hacer algo por ti?—Esmeralda no respondía—¿Puedo al menos saber por qué lloras? No soy capaz de verte en este estado. 
—Mis padres me dejaron des de pequeña abandonada a mi suerte, mis amigas apenas han sido existentes, pocas veces he podido confiar en alguien de verdad... parece que esté predestinada a acabar sola por siempre. 
—No digas eso, Esmeralda, no estás sola...—pero Esmeralda apenas era capaz de escucharle. 
—Y ahora, después de todo, ¿quién me asegura que el amor estará por siempre conmigo? Quizás, como mi hermano, yo tampoco he sido alguien digna de ocupar el mismo espacio de personas tan especiales como tú. 
Miguel estuvo durante todo el vuelo hablándole, intentándole hacer ver, una vez más, cuánto le quería. 
Al llegar a casa, lo único que fue capaz de hacer Esmeralda fue tumbarse en la cama, cerró los ojos, quería dormir unas horas y por fin desconectar..., lo único que le retenía abandonarse al mundo de los sueños, era la persona que estaba a su lado. 

A los pocos días de llegar, Esmeralda volvió a estudiar, su vida no podía quedarse pausada. Miguel le aconsejó que se tomase un tiempo para recapacitar sobre todo lo que había pasado, pero lo único que Esmeralda necesitaba era terminar sus estudios. 
A medida que pasaba el tiempo, lejos de volverse más compleja, su convivencia se volvía aún más idílica, era lo único que iba de maravilla en sus vidas. Aquel era el resultado de cuando dos compañeros de vida, capaces de ser buenos amigos, demostraban que el cariño, a veces podía ir más allá de una simple amistad. 
Y mientras, el capítulo de los estudios de Esmeralda se iba cerrando para dar paso a nuevas e inciertas historias. 

Número equivocadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora