Era una cálida mañana de sábado, Esmeralda había sido la primera en despertarse en medio del silencio sepulcral de la habitación. A su lado, Miguel dormía profundamente, y Esmeralda sonreía mientras que sabía que nunca se cansaría de despertar a su lado, y de que lo último que viese al dormir fuese a la persona a quien más quería.
Su vida no podría ir mejor. Había ganado tantas batallas desde que había empezado una nueva vida... A veces se miraba en el espejo, y no se reconocía a sí misma. Veía a una chica viva, alegre, feliz..., ¿quién era la persona que le devolvía la sonrisa y no una lágrima solitaria? Era ella, era la versión de ella que siempre había sido. La Esmeralda capaz de sonreír, de amar, de ser feliz, de llorar de felicidad cuando fuese oportuno... era ELLA.
Quien siempre había sido. La persona que no se dejaba vencer por el miedo, que no se sentía atemorizada por lo que pudiese llegar, era simplemente una persona más fuerte a cada día que pasaba.
—Gracias por devolverme la vida que creía olvidada—susurró mientras le acariciaba la frente a Miguel con cuidado para que no despertase.
Aquellos eran días de alegría, de felicidad, y de un infinito amor que parecía ser imparable. En su mundo sólo existían ellos dos, sumado a una cantidad de besos y abrazos que todo lo valían. Esmeralda miraba hacia un año atrás, y se sorprendía de todo lo que había avanzado. Si le hubiesen adivinado el futuro, ella no hubiese dado crédito a que de la nada, todos sus sueños aparecerían y romperían con la monotonía de su triste vida, por aquel entonces.
Se sabía una persona más autónoma, más fuerte, que no dependía de nadie, que tomaba sus propias decisiones. Era un chica de veintiún años que lo único que quería era estudiar y después, poder encontrar un trabajo para no tener que depender tanto de los padres de él. Quería estar al lado de Miguel, apoyarle en todos sus sueños, porque aquello, era lo que Miguel había hecho con ella. Darle unas fuerzas incondicionales, principalmente cuando ella sentía que todo se esfumaba, y con ello, también la valentía.
Habían pasado un sinfín de noches en los que Miguel había ayudado a estudiar a Esmeralda, no se daba por vencido, y cuando ella se sentía decaída, Miguel siempre tenía bajo la manga algunas palabras idóneas con las cuales lograba sacarle alguna sonrisa.
Miguel era una de aquellas personas, que Esmeralda no había tenido la suerte de encontrarse... hasta aquel momento, y cuando por fin le había encontrado sabía algo: Quería estar con él siempre.
Sabía que a su lado siempre llegaban momentos diferentes, que Miguel era una caja de sorpresas, y la mayoría, eran buenas. Siempre tenía algún detalle con ella y cuando no, era ella quien intentaba tener algún detalle con él.
Era una relación sana, no habían indicios tóxicos entre ambas personas. Su amor era recíproco, y Esmeralda pensaba que no le importaría vivir toda una vida compartiendo aquellos momentos de felicidad. Se había acostumbrado a aquella tranquilidad de la que estaba impregnada su vida, ya le iba bien que por fin, su vida hubiese alcanzado otro rumbo.
De un tiempo aparte, ella se había visto como una chica perdida, con demasiadas preguntas sobre la vida, y ninguna respuesta. Pero con los días, ella había pasado a considerarse una persona con ansias de libertad, libertad que encontraba al lado de Miguel, alguien que la quería tal y como era, que no quería cambiar ni una coma de su personalidad, que simplemente besaba sus defectos y sus aciertos.
Eran dos jóvenes a las puertas de la vida, que tenían muchos años por vivir por delante, pero Esmeralda por primera vez, tenía muy claro qué era lo que quería.
Había organizado sus prioridades, y así mismo, se había convertido en alguien fuerte que estaba dispuesta a luchar contra sus adversidades.
Todo parecía en calma en su vida, pero no sabían que hasta en los océanos más tranquilos, las aguas a veces permanecen revueltas y tormentosas. Y durante aquella mañana de sábado ninguno de los dos imaginaba que la situación daría un giro repentino.
Esmeralda, como cada mañana, había querido ir a estudiar un poco, el próximo lunes tendría unos importantes exámenes y aunque ya tenía más confianza en sí misma por lo que respecta a los estudios, aún arrastraba tras de sí el talón de aquiles que le impedía estar al nivel de la mayoría de las personas con quienes compartía la clase. Así que su esfuerzo, había de ser el doble, pero al mismo tiempo, las recompensas, también tenía el doble de valor.
Al lado de la mesita de la cocina, había un té humeante que se servía cada mañana, y sus apuntes permanecían esparcidos sobre la mesa, todo parecía en calma, hasta que le llamaron al móvil.
Su primer pensamiento fue sobre quién podía ser. Pocas veces le llamaban. No era una persona muy solicitada, así que desde que ya no hablaba con Miguel por whatsapp apenas usaba los mensajes, y menos aún, esperaba ninguna llamada.
Cuando vio el nombre de su madre iluminado en la pantalla, una oleada de malos augurios le atacó.
—¿Q-qué pasa?—tartamudeó mientras descolgaba sin siquiera saludar a causa de los nervios que sentía. Al otro lado, escuchó una voz rota por las lágrimas. A su vez, Esmeralda notó que un nudo en el que cuello se formaba.
—¿Estás bien?—preguntó su madre. Esmeralda se sorprendió. Le dijo que estaba mejor que nunca, y su madre pareció alegrarse por ella. Pero Esmeralda sabía que el motivo de su llamada no era ese, ni mucho menos. Así que le preguntó directamente que qué era lo que quería. —Tu hermano...—empezó a decir y volvió a llorar. Esmeralda permaneció atenta a lo que su madre decía a través de los llantos pero no fue capaz de entenderla.
—Necesito que te tranquilices, ¿de acuerdo? No te entiendo—dijo Esmeralda preocupada por la reacción de su madre. Cuando notó que estaba más calmada le volvió a hablar:—Ahora, ¿me puedes decir que le ha pasado a Javier?
—Tu hermano... le han atropellado—dijo sollozando y Esmeralda parpadeó unos instantes sin procesar lo que le habían acabado de decir.
Tenía decenas de sentimientos encontrados. Pero en aquel momento, el sentimiento que le abrumó no fue otro que su lado más familiar, aquel altruista que ella aún guardaba en algún lugar de sí y que en aquel momento afloró.
—Sé que no puedo hacer mucho por ello, pero intentaré volver lo antes que pueda—dijo Esmeralda llevándose por impulsos y dio por finalizada la llamada.
Cuando levantó la vista de la pantalla del móvil, se encontró a Miguel mirándola extrañada y sin necesidad de decir nada, Miguel tomó asiento a su lado.
—Tómate el tiempo que necesites, ¿de acuerdo? Cuando puedas ya me lo dirás—se apresuró a decir cuando vio que Esmeralda estaba perpleja, y le miraba incapaz de decir nada.
Ella no se había dado cuenta, pero sus ojos hablaban por sí solos. No sabía en qué momento había llorado, pero las lágrimas ya empapaban las mejillas.
—Pese a todo lo que hizo... él no deja de ser mi hermano. No puedo guardarle rencor en mi corazón, porque ocupa un espacio innecesario. Así que a veces, es de sabios perdonar, amar a la gente sin importar el mal que hayan hecho, sino los buenos recuerdos presentes. Y yo..., no lo puedo negar. Jamás dejará de ser mi familia. —Esmeralda le contó lo que había pasado mientras que Miguel le escuchaba con atención—Tenemos que volver a España. Si no quieres, no te preocupes, ya me iré yo sola, pero necesito verle. Es urgente. —Finalizó Esmeralda.
—No te dejaré sola en estos momentos—Esmeralda sólo necesitaba aquellas palabras para derrumbarse como un castillo de arena.
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Número equivocado
RomanceSu historia comenzó con un simple mensaje: "Querida Amelia [...]", enviado al destinatario equivocado. Cuando Esmeralda lee el mensaje de Miguel, una persona desconocida para ella, entenderá cómo a veces, las personas que menos conocemos, pueden pas...
