«LXXI»

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El tiempo se había quedado estancado entre las lágrimas. Lágrimas de pena por parte de sus padres, y lágrimas de indiferencia por parte de ella. 
Tal vez era cruel, que Esmeralda, vestida de la cabeza a los pies de negro, se encontrase en el entierro de su hermano y sólo hubiera derramado unas lágrimas. 
Porque si bien era cierto que le quería, aún en aquellos momentos, no podía evitar pensar que Javier, nunca había actuado como a un hermano. 
Pensaba en quién había estado a su lado, y se estremecía sólo de pensar en el recuerdo. Su tío le había enseñado a leer mientras que sus padres se habían desentendido parcialmente de ella. 
En cambio, cuando ella era pequeña y estaba estudiando en la escuela, por las tardes, iba a la habitación de Javier para pedirle ayuda con los deberes de lectura pese a saberse la respuesta de él de memoria, que siempre era la misma: «¡Vete! Estoy ocupado estudiando, ¡niña tonta!» Así es, Esmeralda tenía ocho años cuando su hermano empezó a tener celos de ella, y empezó a llamarle "niña tonta". 
Nunca se imaginó que aquello le pudiese pasar. Que en el oasis de su vida, se viese forzada a volver a España por la funesta razón de que su hermano había sido atropellado y después de eso, sus horas habían estado contadas. 

Miguel permaneció todo el tiempo abrazando a Esmeralda, intentándola proteger de todos sus recuerdos, y cuando era necesario, secaba sus lágrimas. Pero lo que no sabía es que ella no lloraba de tristeza. Pues después de todos los momentos de indiferencia que le había brindado su hermano, ni aun después de sus últimas palabras, sentía nada más que algo que no fuese tristeza. 
No se preguntaba porqué se habían llevado a su hermano. No tenía necesidad de hacerse aquellas preguntas. Simplemente pensó que las cosas pasaban. En muchos casos la gente se lamentaba pensado, que se llevaban de la vida a las personas que menos lo merecían, pero en el caso de Javier, no había sido una persona ejemplar. 
Había hecho la vida imposible de su hermana. Nunca había ayudado a nadie. Siempre le había respondido a todo el mundo con hostilidad. Había tratado a las mujeres como simples objetos. Se había aprovechado de sus padres siendo el "niño de papá" que todo lo que pedía lo tenía. ¿Quería un nuevo videojuego? Nada más tenía que pedirlo. Pero en cambio, Esmeralda si quería una muñeca debía pagársela con los ahorros que cuando era pequeña le daban sus abuelos por navidad. 

Así de diferentes habían sido sus vidas. 
Esmeralda, rodeada de gente que lloraba por el alma de su hermano, se sentía enferma de tanta hipocresía. A veces escuchaba: ¡Tan buena persona que él había sido! Y a Esmeralda le daban las ganas de echarse a reír en medio de aquel caos, porque nada de aquello era verdad. 
Javier, aunque hubiese intentado redimir todo lo que había obrado mal a lo largo de su vida, estaba claro que no tenía una conciencia limpia. Y aunque Esmeralda se reprendió por ello, pensó que aunque fuese su hermano, y hubiesen habido momentos en los que estuvo a su lado, gran parte de su vida había sido un malnacido que al final de sus días se había arrepentido como un imbécil por todos sus actos, aún sabiendo que ya no los podría remediar. 

Miguel no se separó ni un segundo del lado de Esmeralda. Sabía cuántas emociones debía de sentir ella, porque hasta Miguel recordaba aquel enfrentamiento en medio del concierto, y pensaba que el hermano de ella había sido un monstruo, nadie merecerá nunca la muerte, pensaba él, pero sí que Javier habría tenido que ser de otra forma, pero ya era demasiado tarde para hacer algo. 

Cuando el entierro terminó, Esmeralda esperó pacientemente unas horas de más, mientras que veía conocidos de su hermano dándole sus más sinceros pesares por su pérdida. Una joven de cabellos rubios se acercó hacia Esmeralda, y se presentó como la "novia" de su hermano. 
Esmeralda al ver el rostro de la chica descompuesta, supo que aquello le afectaba más a ella que le quería, que a quien había sido su hermana durante todos aquellos años. 

Finalmente, toda aquella gente se fue de allí, Esmeralda se fue hacia la casa de sus padres, donde anunció que dormirían una noche, para a la mañana siguiente, irse con el primer vuelo hacia Venezuela. No quería permanecer allí más tiempo de lo necesario. 
Se sintió egoísta por sus actitudes, pero al mismo tiempo, tampoco sabía qué podía hacer en su casa por sus padres. 

—¿Por qué no nos quedamos unos días aquí?—sugirió Miguel que vio que  Esmeralda tenía muy claras últimamente sus decisiones. 

—Porque yo sé dónde está mi lugar. Sé que llorar está bien sólo por un tiempo, después, debes volverte a recomponer, seguir adelante, y ya está. Y en el fondo, ya no me miento más, porque sé que a quien de verdad quiero, es a ti, y los demás, solo son personas que han pasado por mi vida. Pero hay personas que debemos dejar ir, y otras que no. Y yo sé que no te puedo dejar ir si no quiero lamentarme como han hecho todas las personas arrepentidas por aquello que pudo ser y no fue. 

Número equivocadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora