#50 Casa

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Ha primera hora de la mañana siguiente se habían levantado para tomar su vuelo de regreso a casa, menos de una semana la castaña se había puesto al corriente con todos los preparativos que habían hecho para su boda. Simplemente no podía creer que estuviera viviendo esto de nuevo, aunque tenia una gran sonrisa en su rostro, adentro en lo más profundo de su ser aún tenía miedo, aquel sentimiento de saber que otra vez todo se podría arruinar.

Y ahora estaba aquí de nuevo, apunto de casarse con la persona que amaba. La boda se realizaría en el jardín trasero de la gran casa -casi mansión- de los Schmidt. Todos los invitados estaban en sus respectivos asientos y al final del camino que se extendía frente a ella, estaba él. Con una sonrisa que le derretía el corazón, sintió sus piernas fallar, al fin se iba casar.

— ¿Estas lista hija? — pregunto su padre.

— Si ...

— ¿Nerviosa? — asintió — yo también lo estaba cuando me case con tu madre — le giño un ojo.

La marcha nupcial empezó a sonar, tanto padre como hija empezaron a caminar por aquella alfombra que los llevaba a su destino. Una vez que estuvo frente aquel rubio, su papá soltó su brazo y les brindo una cálida sonrisa.

— Hazla feliz — susurro antes de irse a sentar.

— Tengalo por seguro.

Y así comenzó la ceremonia donde unirían a dos personas que se aman. Que esperaron superaron mucho, o quizás no.

En aquella ceremonia estaban todos los que fueron testigos de aquel amor, sus mejores amigos, padres, viejas amistades y alguno que otro compañero.


(...)

La fiesta había sido un éxito, ya se estaba retirando los últimos invitados cuando los padres de los recién casados se acercaron.

— ¿Felices? — preguntó Cathy con una sonrisa al verlos.

— Mucho — respondió Amber.

— Les tenemos dos sorpresas — dijo Kent, sorprendiendo a todos, pero más a su hijo menor.

— ¿De qué se tratan? — curioso el rubio.

— Primero — rebuscó entre las bolsas de sus pantalones — tengan, es toda suya — le extendió las llaves a su hijo.

— ¿Qué es esto papá?.

— Las llaves de su nueva casa.

— Pero....

— Nada de ‘peros’ — se negó Kent — todo ya esta arreglado, además la casa es regalo de ambas familias — señalo a la pareja que estaba a su lado — y por la empresa de Londres no te preocupes, ya hiciste tu trabajo ahí.

— ¡Oh por dios! — exclamo Amber — son realmente los mejores — abrazo a sus padres y a su nuevo suegro.

— Ahora vayan a descansar — dijo Mike — la dirección ya se las debió de haber pasado James por mensaje.

— ¿Y mis hermanos? — preguntó Kendall al no verlos.

— Ya se han ido, estaban muy cansados.

— Bueno hija — Cathy volvió a abrazar a su hija — aún no te vas y ya siento que te extraño.

— Hay mamá...

— Bueno al menos ya no te vas a Londres.

— Pero si nos vemos en la oficina el lunes — se dirigió Kent a su hijo.

Y tras una pequeña despedida, los recién casados tomaron rumbo a su nueva casa. Que no estaba muy lejos de ahí, inclusive se podía decir que estaba en medio de las casas de sus padres.

(...)

Hermosa.

Esa fue la primera palabra que pensó Amber al ver la casa, esta contaba con dos pisos, una cochera y un pequeño jardín frontal.

— Si que se lucieron — admiró Kendall la fachada de la casa.

— Ni que lo digas.

Ambos bajaron del coche, a Amber ya le empezaba a incomodar el vestido, ella era más de ropa cómoda que de vestidos.

— ¿Puedes bajar las maletas? — preguntó Amber a su ahora ya nuevo esposo — necesito quitarme esto — señalo su vestido.

— Pero por eso no hay ningún problema.

— ¿Por qué.....? — la pregunta murió cuando no sintió sus pies en el suelo, Kendall la había cargado — ¡Kendall! — chillo la castaña, para después soltar una gran carcajada.

Con Amber aun en brazos camino hasta la entrada principal de la casa, le entregó las llaves a su esposa y esta abrió la puerta.

El interior de la casa era verdaderamente hermosa pero esta belleza paso a segundo plano cuando la pareja recién casada se miraron a los ojos.

Sus labios se encontraron y danzaron en una balada sincronizada. El pequeño beso tierno y dulce paso de ser eso a una más rápido y salvaje.

Las manos del rubio fueron directo al cuerpo de la chica y subió por las escaleras rumbo al segundo piso, entro en la primera recamara a mano derecha, abrió la puerta y deposito a la castaña en la cama con delicadeza.

Poco a poco las prendas fueron retiradas de los cuerpos. El silencio fue roto por los sonidos de placer que ambos cuerpos experimentaban. Aquella noche se entregaron en cuerpo y alma.


Misión || Kendall Schmidt Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora