Carmen, una de las compañeras de Marta, la más amiga, la confidente, tarda una media de dos horas en cambiarse y arreglarse. El jueves 21 de octubre, por ejemplo, se bañó con sales aromatizadas; se depiló las axilas, el entrecejo y todos los pelos de los lugares más recónditos de su anatomía que encontró que estaban de más; se peinó, se planchó, mejor dicho, su cabello rizado; se puso al acabar unos pantalones ajustados y una camisa estampada y salió al salón.
- ¿Qué os parece? ¿Demasiado hippie, quizá? - preguntó a las compañeras de piso.
- Oh, estás preciosa. - la admiró Marta.
Pero ella arrugó la nariz.
- Horrible, ¿verdad?, quieres decir eso.
Y se encerró de nuevo en la habitación sin hacer caso de los cumplidos que ella suponía piadosos; se lo quitó todo con rabia y lo tiró en la cesta de la ropa sucia; descolgó un montón de faldas, camisas, jerséis y pantalones y lo dispuso todo en fila encima de la cama; después, mientras lo miraba, se maquilló la cara, se perfiló el contorno de los ojos y se aplicó rimel a las pestañas; entonces notó que sudaba por todos los poros de su piel y fue a ducharse; pasó por el salón medio desnuda y con una toalla al hombro, y Julia y Marta, que ya estaban a punto hacía rato, la miraron asombradas.
- No me digáis nada, ¿vale?; huelo a vaca. - profirió - Acabo enseguida.
Cuando pocos minutos después salió de la ducha, mucho más relajada, Carmen se probó un vestido rojo corto, pero se lo quitó también, y después se puso y se quitó también un vaquero que trataba de combinar con unas deportivas, y un top elástico, y una falda; finalmente descubrió que se le había corrido el rimel y empezó a chillar y a refregarse la cara con las manos. Así, embadurnada como un espantapájaros y sentada en el suelo, la encontraron Julia y Marta, que llegaron a temer quién sabe qué desgracia.
- No hay derecho, hace tres horas que me estoy arreglando y sólo he conseguido parecerme a una mona.
Julia y Marta, acostumbradas a los episodios histéricos de Carmen, trataron de reprimir la risa.
- ¿Qué te ha pasado, guapa? - preguntó Julia, sentada en un lado de la cama.
- Soy Bette Davis antes de ir a la peluquería, ¿verdad?, Bette Davis en un mal día, quiero decir, con tres o cuatro daykiris en el cuerpo.
- ¿Pero qué dices? - Marta se sentó a su lado - Yo que pudiera lucir esos ricitos de bantú. - le dijo acariciándole el pelo - A mí me gustas mucho.
Carmen se apartó bromeando.
- ¿Te estás volviendo un poco rarita, Marta?
- Soy objetiva.
- Pero tú no eres un tío, es un matiz fastidioso, ¿no?
- Ellos se lo pierden.
- Tienes razón, que se la confiten. Me iré al cine a ver una película francesa. O me meteré a monja carmelita, ¿qué te parece? - Carmen se estaba poniendo borde - Para ti es muy fácil decir eso, Marta, a ti no te sobra ni un pliegue, tienes un culo perfecto. Ni media cartuchera, eres la chica 10, ¿te das cuenta, Julia?
- No me fijo en eso, reina.
- Claro, tú todo lo que no sea derecho constitucional...
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El infierno de Marta (Pasqual Alapont)
Teen FictionCuando aceptó salir con aquel chico, Marta no sabía que ponía un pie en el infierno, y que a partir de entonces sería tan doloroso penetrar en él como tratar de escapar de allí.
