Seré como la anémona por ti (parte 6)

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- Se tiene que estar como una cabra. - argumentó Carmen, acercándose y apoyándose sobre la mesa.
El hecho de pensar en que el acto era de un perturbado la tranquilizaba, explicaba una acción despiadada que, de otro modo, no tendría ninguna explicación y resultaría demasiado inquietante.
- Lo peor de todo es que quien ha sido capaz de hacer eso seguro que no lo lleva escrito en la cara. - elucubró Héctor - Podría ser cualquiera, ¿no?
La pregunta fue dirigida directamente a Marta, que abrió la boca pero no atinó a contestar, sino que se le quedó mirando presa de una gran excitación, tenía los cinco sentidos puestos en la mano que se deslizaba por su espalda y que Héctor había colocado allí aprovechando el movimiento hacia delante de Carmen.
- Hasta incluso podría ser aquel. - todos miraron en la dirección que señalaba Braulio, hacia un camarero de una cincuentena de años que atendía la barra - Parece un tío simpático, ¿verdad?, ¿os habéis fijado con qué servilismo trata a la clientela...? No os dejéis engañar, en el fondo se esconde un ser inseguro, mezquino, frustado, que recela de todos, que vive jodido porque el hijo del dueño lo humilla.
Lo que describía Braulio parecía pausible; en aquel momento un chavalillo de unos veinte años le estaba pegando una bronca colosal al pobre hombre, y éste no se atrevía a devolverle la mirada y secaba platos con los ojos fijos en el vacío, como si algo le carcomiera por dentro; se diría que estaba a punto de llorar.
-¿Qué te juegas que, al llegar a casa, ata a la mujer a la pata de la cama y le arrea una paliza? - insistió Braulio - Tiene el perfil del maltratador.
- No quieras saber dónde me gustaría a mí atarte, Braulio, - ironizó Carmen - tienes el perfil de un ave carroñera.
Todos celebraron la gracia, hasta el mismo aludido, cuya nariz tenía efectivamente el perfil de un pico de buitre.

Se vieron alguna otra vez todos juntos, pero más a menudo los dos solos. De hecho, Héctor se convirtió desde aquel día en la sombra de Marta; la esperaba solícito a la salida de las clases o bien se la encontraba casualmente y la acompañaba a casa. La joven, casi sin darse cuenta, empezó a dejar de pensar en Marcelo, a pesar de que éste era uno de los temas recurrentes de sus conversaciones, pero había dejado se hacerle daño; se convirtieron en confidentes de sus respectivas malas historias, casi lo convirtieron en un hábito; les gustaba sentarse en una mesa y volcar su tristeza, complacerse en ella, con una melancolía que, paradójicamente, les hacía sentirse bien.
- No sabe lo que se ha perdido, ese imbécil, eres una tía fantástica; - gritó un día Héctor, y le cogió la mano con tanto vigor que Marta notó que le clavaba su anillo, un sello de plata que Héctor llevaba en el dedo meñique - yo no te dejaré nunca.
Estaban en una cafetería, y el había tomado algunas cervezas. Otra pareja que estaba cerca se giró. Marta sintió como si un resorte le activara el cerebro. La situación le parecía un poco ridícula; sintió palpitaciones y que la sangre se le subía instantáneamente a la cara.
- Eres muy bueno. - contestó en voz baja, halagada e inquieta al mismo tiempo.
- No, no soy bueno, me tendría que marchar ahora mismo y no volver más. Nadie es lo bastante bueno para ti. ¿Me entiendes? - había una parte de rabia en aquella pregunta que no buscaba la respuesta de la interlocutora.
Héctor se levantó e hizo ademán de marcharse, pero tropezó y un vaso vacío se volcó encima de la mesa y rodó sobre sí mismo con una lentitud casi irreal. A Marta le pareció que el mundo se detenía cuando él la rodeó con sus brazos y la besó; fue un beso extraño, los dos con los ojos abiertos, mirándose fijamente. Marta no podía apartar la vista de aquellos ojos azules que parecían hipnotizarla; de pronto sintió un escalofrío: había apatía en aquella mirada, una frialdad que contrastaba con la vehemencia de sus palabras, y pensó que aquello era la pasión, una especie de frenesí irracional; nunca había sentido eso, de hecho nadie la había querido de esta manera.

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora