Ya no soy tu perrito faldero (parte 2)

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Durante el café (Marta había pedido uno, quería espabilar se lo más rápido posible) se produjo un encuentro inesperado. Alguien puso la mano sobre su hombro con prevención y ella se sobresaltó más de la cuenta; tenía los nervios a flor de piel.

- Marta, no sabía si eras tú. Perdona, ¿te he asustado?

Era Vicente Jordá, un joven profesor que le había dado clase en tercero. De hecho, Vicente se había estrenado como pedagogo con su curso. Habían coincidido en alguna fiesta universitaria, y si no se podían llamar amigos, del mismo grupo, habían manifestado desde el principio una buena química. Vicente, a diferencia de otros profesores novatos, no mantenía barreras de camaradería con los alumnos; tampoco era un mujeriego que se aprovecha del cargo; era de esas pocas almas nobles que consigue expresarse sin subterfugios. Marta había estado enamorada de él platónicamente, o eso había pensado, como el resto de las chicas del curso más o menos.

- Vicente, cuánto tiempo. - la respuesta no tenía la misma cadencia que el sobresalto, sonaba a evasiva, como si quisieras subrayar cuán inoportuno era este encuentro.

Por encima de todo, Vicente Jordá no era idiota y se percató de la situación. Cualquiera con dos dedos de frente se habría dado cuenta de que allí había mar de fondo.

- He estado en Londres un par de años con una beca. He vuelto hace poco. - dijo deprisa; buscaba un momento oportuno para cortar la conversación sin ser descortés - Bueno... - dejó la frase suspendida en el aire y dando a entender que ya se marchaba - confío en que volvamos a vernos.

Enseguida, de forma extemporánea, Héctor se echó a reír y lo imitó con voz de marioneta.

- Confío en que volvamos a vernos.

- Perdonad, no os he presentado. - se disculpó Marta abrumada, con una ansiedad tal que se notaba a la legua que ella también quería acabar pronto - Vicente Jordá fue profesor mío - dijo, como si desde entonces hubieran pasado tres mil años, o eso le pareció al aludido - Héctor, mi novio. Él también ha vivido en Londres.

- Ah - exclamó Vicente, contento de haber encontrado un motivo inocente de qué hablar - ¿Dónde vivías tú?

- En Londres, ¿estás sordo? - repitió Héctor con estridencia, y volvió a reír, como si hubiera contado un chiste muy gracioso. Después alargó la mano, que el otro estrechó, y aprovechó para levantarse a trompicones - Gracias, rey, me voy al váter, Siéntate, Vicente, como en tu casa, pídete algo. Ahora vuelvo, y después nos iremos a casa los tres juntos. - colocó una mano sobre el pecho de Marta, como si se apoyara en él, y ésta puso cara de pánico - Te gustaría tocar estas tetitas, ¿eh? ¿Te traen buenos recuerdos?

Tambaleándose, Héctor subió la escalera que conducía al lavabo. Vicente esperó hasta que se perdió de vista, después se apoyó sobre la mesa y sostuvo la mejilla de Marta. Ésta es la palabra exacta, sostener, porque enseguida la chica notó que alguien la aguantaba, que la cara le pesaba una enormidad, que se le caía, y se mordió los labios porque no quería llorar.

- ¿Todo va bien? ¿Quieres que salgamos fuera, Marta? ¿Te acompaño?

Tenía ganas de decirle que no, que nada iba bien, que nunca iría bien, que aquella relación era imposible, que se sentía en una isla desierta y que no sabía cómo escapar de allí. Pero le pareció ridículo, hacía solamente un par de horas que se había creído la más afortunada del mundo.

- Es mejor que no, gracias. - se excusó, y dibujó una sonrisa afectada.

- ¿De verdad? - insistió Vicente.

- ¿Qué? Sí, sí, todo va bien, de verdad.

- A mí no me lo parece, no creo que esto sea normal, Marta.

Él la miró fijamente y ella forzó otra sonrisa.

- Ay, por favor, no seas plasta. Hemos bebido más de la cuenta, eso es todo. Venga, no me agobies, ¿por qué no te esfumas?, no quieras hacerme de padre tú ahora.

Marta tenía unas ganas terribles de lanzarse en los brazos de aquel buen hombre, pero tenía miedo de que el otro volviera y se pensara vaya usted a saber qué.

- De acuerdo, - dijo Vicente - me he equivocado, perdona.

Y después de una pausa que no acababa nunca y durante la cual ella evitó su mirada, con una cierta vergüenza, Vicente se despidió.

- Que tengas suerte. - dijo.

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora