Gradualmente se fue despertando, fue consciente de que se despertaba, pero continuaba escuchando la risa chillona de Héctor y eso la confundió. De repente, en la penumbra (la persiana apenas dejaba pasar un poco de luz), oyó un murmullo, como si reclamaran silencio, y entonces alguien tropezó contra la mesita y se oyeron más risas. Marta encendió la luz.
Héctor apoyaba el brazo derecho en el cuello de una mujer; tenía el cuerpo arqueado hacia ese lado; de hecho todo él descansaba en la mujer; parecía una marioneta ajada. En la otra mano llevaba una botella con un culín de ginebra; en pocas palabras, estaba pletóricamente borracho. La mujer, quizá debido a la peluca o porque iba excesivamente maquillada, aparentaba una edad indefinida, y a pesar de la borrachera se comportaba con cierto pudor. El aspecto de Marta, la vulnerabilidad que emanaba, la habían impresionado; se sintió indigna, como si hubiera pisoteado el suelo de un santuario.
Marta, en su rincón, se refregó los ojos, no acababa de fiarse de la visión que le transmitían.
- Eh, mira qué regalo te he traído. - oyó.
El sopor no le inspiró sino una pregunta obvia que lamentó enseguida.
- Héctor, ¿eres tú?
El chico trastabilló y le habló a su acompañante desde la distancia, a gritos, como si llevara puestos unos auriculares.
- ¿Qué te he dicho, eh? ¿Es tal como te la había descrito o no?
A continuación, sin ninguna transición, su voz sonó extrañamente baja:
- Marta es un tía muy maja, Vanesa, seguro que te gustará... ¿Te llamas Vanesa?
- Jenny. - contestó la aludida.
- Eso es. - gesticuló desmesuradamente con la mano - Venga, ven, Marta, voy a presentarte a Vanesa, es una puta de primera, la he traído para que sea tu profesora particular, para que te enseñe cosas, ¿eh?
Marta no fue consciente de que apretaba los dientes hasta que notó un dolor intenso en la mandíbula; permaneció sentada, como si la hubieran clavado a la silla, sin perder de vista a Héctor, con la fascinación y el terror con que alguien contemplaría la cobra que está a punto de picarle.
- Bueno, quizá sea mejor que me vaya, - dijo Jenny - no me gustan los malos rollos de pareja.
Héctor se le puso delante y la detuvo.
- Eh, ¿a dónde vas? No te lo tomes tan a pecho. Es un poco desobediente, pero no le hagas caso, no tiene nada que ver contigo. - mientras decía eso se acercó a Marta, la cogió de los pelos y le habló en voz baja, como en un aparte - Pero, ¿quién te has pensado que eres para insultar a mis amigas? ¿Crees que eres mejor que ella?
- Déjame, por favor, yo no he dicho nada. - imploró Marta.
- ¿Ves, no te lo he dicho, Vanesa? <<¡Por favor!>>, ¿qué te ha parecido? Es una tía con clase. Tendrías que ver a la madre, ella también dice <<por favor>>, <<disculpa>> y <<no hacía falta que>> con la boca pequeña, y después con los ojos no para de insinuarse y de hacer el guarro. Me pregunto cuántos cuernos le habrá puesto al bueno de Esteban. Eh, ¿qué me contestas, Marta? ¿Tú qué crees, cuántos camareros del Club se debe de haber pasado por la entrepierna?
Después se dirigió a Jenny, como para hacerle una confidencia:
- Su padre tiene una pinta de sarasa que no se la acaba. ¿Sabes que se me insinuó un día? Bueno, no a las claras, es demasiado refinado él, pero eso se nota. Si hubiera querido me habría tirado a toda la familia, incluso al perro. Creo que me habría gustado más el perro. - gritó Héctor a pleno pulmón.
Tenía a Marta cogida todavía por el pelo, arrodillada en el suelo, con el cuello girado hacia atrás hasta no poder más, pero la chica sentía más la humillación que el dolor.
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El infierno de Marta (Pasqual Alapont)
Ficção AdolescenteCuando aceptó salir con aquel chico, Marta no sabía que ponía un pie en el infierno, y que a partir de entonces sería tan doloroso penetrar en él como tratar de escapar de allí.
