Como un balandro a la deriva (parte 2)

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Durante una temporada, las cosas volvieron a funcionar bien. Marta se estaba acostumbrando a este ir y venir, vivía presa de una inquietud implacable, porque su felicidad no dependía de lo que hiciera sino del azar, como si vagara a merced de la rosa de los vientos, en su pequeño balandro estrujado.

Trataba de prever los deseos de él, sus cambios repentinos, y probó a adaptarse, igual que actuaría para corregir un viento adverso, anulándose, dándole la razón siempre en todo. En una palabra, Marta empezó a desaparecer como persona. En realidad era como si se le hubiera instalado un gusano dentro que la iba carcomiendo poco a poco. Pensaba que era feliz, y de hecho lo era, mucho: histéricamente feliz.

Poco después, Carmen y Julia se marcharon al pueblo durante las vacaciones de Navidad, y Héctor aprovechó la situación para instalarse en el piso, provisionalmente. Fue entonces cuando Marta le regaló la moto, una vespa de color verde, con los faros y el parachoques cromados. Era el 25 de diciembre, y la chica se gastó una parte considerable de sus ahorros. Héctor se dejó llevar hasta el parking con los ojos cerrados y a tientas; le gustaban mucho las sorpresas y no paró de bromear en todo el trayecto.

- A ver si me estrello contra un semáforo, estate atenta. 

- Voy a tirarte por un acantilado. - reía la otra, como si solamente así, de broma, su subconsciente se atreviera a dictarle lo que más le habría convenido.

- Marta, por favor, que no sé nadar, a ver si tenemos un disgusto.

Héctor se quedó con la boca abierta cuando por fin abrió los ojos; estaba más contento que unas castañuelas con su moto nueva. No se lo podía creer.

- Pero Marta..., Marta, tía... ¡Hostia, Marta, estás loca! - exclamó fuera de sí.

Había que verlo, feliz como un niño con un juguete, corriendo de acá para allá y haciendo derrapar por el garaje su brillante vespa de faros cromados.

- Ahora sí que sé que me quieres de verdad. - le dijo, y se lo agradeció con un beso febril, los dos en medio de una nube de humo.

Aquel mismo día, para estrenarla, fueron al Vedat a comer a casa de ella. Hacía días que había llamado la madre y los había invitado a una olla de Navidad reglamentaria, con albóndiga, morcilla y tocino, <<a ti y a tu chico, por supuesto>>, había dicho la mujer toda melosa. Su hija no estaba segura de si le gustaba toda esa murga del noviazgo oficial, pero fue Héctor quien se empeñó, le dijo que tenía ganas de conocer a su familia, que ya era hora, y eso la complació, la hacía sentirse más segura. Marcelo, por ejemplo, nunca había querido pasar de la puerta, lo asfixiaban esas cosas.


El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora