En cambio, Héctor se comportó con una naturalidad admirable desde el principio, sentado en la silla medio de lado, con una copa de jerez en la mano, hablando de trivialidades, como si hubiera estado interpretando esta escena toda la vida.
Después, la madre de Marta se encargó de llevar al invitado a la mesa, lo llevaba cogido del brazo, como se imaginaba que se hacía en las embajadas de alto copete.
- Todo muy casero, Héctor, nosotros somos muy caseros, he preparado una comida tradicional. - se excusó María entre risas y obviando el hecho de que el menú lo había preparado la criada.
Héctor le pasó un brazo por los hombros, de una forma que a María le resultó muy graciosa y al mismo tiempo desenvuelta; le quitó veinte años de encima, ni más ni menos; se sentía como si el príncipe de Asturias fuera su yerno.
- Te lo agradezco, María, me hacéis sentir como en casa.
Era la presentación oficial, y quedaron estupendamente; ayudaba a la ocasión el que los padres de Marta se habían hecho sus cálculos con lo poco que le habían sacado a su hija en algunas conversaciones y que tenían ganas de música y violas, como si dijéramos.
- Pero, ¿qué marcha lleváis vosotros? ¿Pensáis casaros y todo eso, no? - preguntó Esteban a Héctor en un aparte.
- Naturalmente. Pero primero tengo que acabar las oposiciones al cuerpo diplomático. Mi padre cree que puede facilitarme algún destino, tiene mucha mano gracias a sus contactos con los de asuntos exteriores. - explicó Héctor circunspecto; después bajó la voz, como para hacer una confidencia, con una cierta desgana - Corre el rumor de que lo quieren trasladar a Alemania, a Berlín. Y me quiere a su lado.
- ¿A Berlín? - se quedó atónito Esteban.
- Es sólo un rumor de momento, un secreto. La FORD quiere expandirse por los países del este de Europa.
- Está claro, estas cosas funcionan un poco así. - asintió su interlocutor con aire grave, aunque no tenía ni la más mínima idea de cómo funcionaban esas cosas, pero se quedó confortablemente convencido de que estaba ante un chico ejemplar.
Gracias a la moto, Héctor y Marta pudieron hacer algunas escapadas fuera de Valencia. Un día se acercaron al Saler y se metieron por un camino pedregoso que atravesaba la dehesa de norte a sur. Se hicieron algunas fotos.
- ¿Por qué no corres un poco por aquí? - sugirió el muchacho, y sacó un montón de instantáneas hasta que su compañera se dejó caer exhausta encima de la pinaza. Hacía frío, un frío de invierno cargado de la humedad del mar, y se tumbó sobre una manta de viaje al pie de un pino raquítico y con forma de campana que les pareció un iglú.
- Soy tan feliz que me podría morir ahora mismo. - confesó Marta.
Héctor sonrió y la arropó tiernamente con su abrigo, los dos juntos bajo la prenda.
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El infierno de Marta (Pasqual Alapont)
TeenfikceCuando aceptó salir con aquel chico, Marta no sabía que ponía un pie en el infierno, y que a partir de entonces sería tan doloroso penetrar en él como tratar de escapar de allí.
