Un faro en medio de la tempestad (parte 2)

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De pronto, Marta notó una sacudida muy fuerte en la espalda y su camisón se rompió de arriba a abajo. Era como si la hubieran abierto en canal en vivo. Instintivamente, dio un salto hacia adelante y resbaló; Héctor la había hecho resbalar, mejor dicho, y de un tirón le obligó a darse la vuelta. Se dio cuenta de que la mesa de caballetes se había caído, ella la había cogido de una pata y la había tirado: notó el golpe en la muñeca, como si le arrancaran el brazo, y después un gran estrépito junto a su cabeza. Hasta ahora la lucha había sido en silencio, solamente se oían los golpes acompañados de algún lamento ahogado. Y de pronto, Marta se puso a chillar, reencontró la voz de golpe, y ella misma se asustó de su grito; le pareció la de un cerdo en el matadero.

- ¡Eh, tío! ¡Tío, tío, tío, tío!

Jenny temblaba de pies a cabeza, había cogido a Héctor de la manga y lo estaba arrastrando hacia atrás.

- Pero ¿qué haces, ramera?

- Eh, tío, déjala, ¿vale? Móntatelo conmigo, ¿vale? Déjala, ¿eh, tío?

Héctor se echó a reír.

- ¿Pero qué te pasa con tanto tío? ¿Te has tragado un saco de altramuces o qué?

Después se fijó en Marta, la tenía a sus pies, una pierna aquí y la otra allá, con el camisón destrozado. Fue subiendo los dedos por encima de su pierna, imitando una persona que camina y el ruido de sus pasos. Marta sólo podía fijarse en sus ojos azules y apáticos, ni siquiera fue consciente de un gemido que se escapaba de su boca y que a Jenny le pareció un estertor.

Entonces, a la altura de las bragas, Héctor paró sus dedos en seco y lanzó un aullido, en voz baja, como si imitara el susto de un fantasma, de un niño haciendo de fantasma, mejor dicho, pero suficiente para que a las dos mujeres se les helara la sangre.

- Mírala, Vanesa, - Héctor había bajado la voz y hablaba ahora con la frialdad del que disecciona un cadáver - ¿a ti qué te parece? No pondría caliente ni a una mona, ¿no?

En ese momento sonó el teléfono y Jenny y Marta se sobresaltaron. Héctor se sentó al lado del aparato, hizo crujir los dedos y solamente entonces contestó, como un administrativo diligente.

- ¿Pero qué dice, las seis? Sí, sí, ya sé, estoy... - tapó el auricular con la mano e informó a las mujeres: <<es el vecino, está que trina, dice que no puede dormir>>. - Deben de ser los de arriba, - continuó - los chavales esos del tercero, creo que tenían una fiesta o no sé qué. - pausa - Yo también estoy harto, sí. Tendríamos que hacer algo sobre eso, tiene razón. - pausa - Ya lo creo, claro que sí.

Héctor hizo un gesto cínico y, con una media sonrisa, colgó el auricular.

- Me da la impresión de que no se lo ha creído. - dijo.

- Estás loco, tío, me marcho - replicó Jenny mientras se ponía en pie de un salto; su tono transmitía una gran repugnancia.

- Eh, calma, todavía no hemos acabado tú y yo, te tienes que ganar el sueldo. - Héctor le indicó el suelo y, enseguida, empezó a quitarse la ropa - Sí, eso debe de ser, debe de ser que estoy un poco loco. - en ese momento se fijó en Marta y le sonrió con fervor, se diría que con afecto y todo, pero vete a saber: ¿quién puede ponerse en la piel de un individuo de esta calaña? - Pobre Martita, no tengas miedo, guapa, - añadió - esto no tiene ninguna importancia, yo te quiero, ya lo sabes, nuestro amor es eterno. - con una voz que lo mismo podía significar que se estaba burlando de ella como que no.

Marta hizo ademán de marcharse y Héctor la retuvo con un gesto amenazador, simplemente una insinuación que la otra acató sin abrir la boca. Después se deshizo de las bragas de Jenny bruscamente y se estuvo exhibiendo ante las dos, diciendo obscenidades a diestro y siniestro.

- No dejes de mirar, Marta, a ver si eres capaz de aprender algo.

A continuación se dejó caer sobre la prostituta y empezó a proferir gritos y resoplidos excesivos, provocadoramente fingidos, con el contrapunto grotesco de los espasmos y el gimoteo de Marta. Bien mirado, parecía la parodia de una escena porno, de una horrorosa y maldita escena porno. Solamente Jenny permanecía en silencio, sus ojos expresaban una pena indefinida, leal, y cuando coincidieron con la mirada de Marta, ésta notó como si una ternura infinita la arropara. En medio de aquella tempestad, Marta creyó descubrir la luz de un faro potente.

Al acabar, sin decir ni media palabra, Jenny se vistió. No volvió a dirigirle la mirada a Marta, como si le diera vergüenza, y se fue deprisa, sin pensar en sus honorarios, o sin querer cobrarlos. Solamente deseaba llegar lo más pronto posible a su casa y darse una ducha.

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora