Seré como la anémona por ti (parte 7)

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Marta creía que tenía una deuda con Héctor y que podía ayudarlo. Tenía la teoría de que la relación con su padre, o la falta de relación, mejor dicho, lo había llevado a la desesperación. Héctor no solía hablar de él, lo llamaba «el ejecumierda» o «el ejecutivillo», irónicamente, con menosprecio, pero Marta intuía que la muerte de Sofía, su madre, los había conmocionado a los dos. En una ocasión Héctor le había dicho que su padre no soportaba su presencia, que le recordaba demasiado la ausencia de su esposa, y él había tenido que crecer solo, con la añoranza de un paraíso perdido. En cierta forma, era lo mismo que le había sucedido a ella, pensaba Marta, con la diferencia de que él había sido arrancado de la infancia de raíz. A su parecer, eso justificaba sus ataques de genio y sus salidas de tono, que la salpicaban incluso a ella; internamente, Marta soñaba con que un día lograría que padre e hijo se reconciliaran.
- Me gustaría conocer a tu familia. - le dijo en una ocasión.
- Tú eres mi única familia. - había contestado él.

Héctor vivía aterrorizado por no sentirse querido, por eso a veces se enfadaba por nada o sin ningún motivo aparente. Su padre apenas le enviaba dinero, ni él quería pedírselo, tenía demasiado orgullo, decía, pero sufría por eso, y Marta se daba cuenta. Había observado que le molestaba de una forma especial la actitud de los camareros, siempre pensaba que se mofaban de él porque era ella la que pagaba las consumiciones, y tenían que cambiar a menudo de bares; no soportaba cómo la miraban y a la mínima montaba la bronca. Pero tampoco le gustaba que ella le diera dinero antes de entrar, decía que hacía que se sintiera como un necio, que quería humillarlo. Poco después, en cambio, se veía como el ser más indigno de la creación y lloriqueaba en sus brazos como un niño. Marta se percataba de su necesidad de afecto casi salvaje, y lo consolaba con el orgullo de saberse su asidero seguro.
- No deberías quererme, tengo el corazón lleno de odio. - le dijo él un día.
Marta protestó risueña y Héctor insistió:
- Me recuerdas mucho a mi madre, siempre se ponía de mi lado, aunque no tuviera razón.
Y ella se lo tomó como un privilegio que la situaba a la altura de un amor mítico, una ofrenda inusitada.

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora