Héctor se mostró muy decepcionado cuando no lo encontró al salir.
- Qué pena, me gustaba el gachó ese; tendríamos que haberlo adoptado... Dime, ¿te gustaría eso?
Cogieron un taxi. Héctor apenas se aguantaba de pie, pero estuvo todo el viaje diciéndole obscenidades en voz alta, delante del taxista, que no quitaba ojo del retrovisor.
- Venga, cuéntame dónde te ponía la mano el mono éste. ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí?
Marta se dejaba hacer; se sorprendió de haberse quedado de repente seca; le parecía que eso se lo estaban haciendo a otra persona, por eso no luchaba, solamente tenía ganas de llegar a casa y tomarse un par de somníferos. Qué atractivo le pareció entonces poder dormir para siempre, acabar de una vez con aquella infamia continua.
Al llegar, Héctor se dejó caer encima de la cama y ella tuvo mucho tiempo para pensar. Tenía la caja de pastillas en la mano, pero no se tomó ninguna. La situación le pareció absurda. Estaba pensando en suicidarse y su sentido de la responsabilidad, mira por dónde, la enganchaba a la vida: de aquí a dos horas entraba a trabajar. O quizá era otra cosa, otro sentido de la responsabilidad mucho más elevado que no sospechaba que tenía y que empezaba a aferrarse a sus entrañas. A Marta le entraron arcadas.
Se puso a arreglar la casa, como hacía tantas veces para relajarse antes de dormir. Le bailaban en la cabeza las palabras de Vicente, la conversación con las amigas tiempo atrás, y algunos fragmentos de su vida con Héctor. Todo le pareció un desastre. Marta dudaba de todo, pero no sabía qué resolución tomar. Tenía miedo de dejarlo porque no sabía si podría vivir sin él, pero no veía ningún futuro a su relación, y eso la entristecía, sobre todo ahora que esperaba un hijo suyo. Se alegró de no habérselo dicho todavía, pero no sabía qué hacer, necesitaba tiempo para pensar. Sus padres tampoco sabían nada, ni de esto ni del resto de su vida; pensaban que su hija era feliz; ella misma se había preocupado escrupulosamente de mantener esta ficción que ahora se volvía en su contra. De repente le vino al pensamiento la niña lejana que había sido ella y deseó no haber crecido nunca.
Sin saber cómo, se encontró sentada ante el escritorio de Héctor y, maquinalmente, empezó a quitarle el polvo. Enseguida descubrió que las montañas de libros y de folios permanecían intactas, que no habían cambiado de sitio en muchos días. Se dio cuenta de golpe, como una revelación, pero no le produjo ninguna sorpresa, era como si siempre lo hubiera sabido.
Héctor le había comentado que estaba muy ilusionado con la tesis, que la cosa rulaba muy bien, que pronto la acabaría si continuaba con este ritmo, y ella había elegido creerlo, no sabía muy bien por qué. O tal vez es que no encontraba otra opción. Por el momento, Héctor solamente tenía una familia fantasma de la que no había visto nunca ni una fotografía, y eso era un bagaje muy escaso sobre el que edificar una relación seria.
Se fue con la sensación de no haber descansado nada, ya hablarían más tarde, pensó; últimamente se repetía muchas veces esta cantinela: que ya hablarían después. Pero no acababan de hablar nunca.
Se le estaba haciendo tarde para el trabajo y bajó corriendo al garaje para coger la moto. Si alguien la hubiera visto unos minutos después, sentada en el suelo y con el bolso tirado, llorando y riendo sin motivo aparente, habría deducido que estaba loca. Pero Marta no estaba loca, ni pensaba tampoco que alguien les había robado la moto. Inmediatamente adivinó de dónde había sacado Héctor tanto dinero de golpe. La había engañado, una vez más. <<¿Qué más podrá hacerme este desgraciado? >>, querían decir sus risas.
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El infierno de Marta (Pasqual Alapont)
Teen FictionCuando aceptó salir con aquel chico, Marta no sabía que ponía un pie en el infierno, y que a partir de entonces sería tan doloroso penetrar en él como tratar de escapar de allí.
