El riesgo de vivir (parte 4)

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Aquel día, 21 de octubre, las chicas llegaron al bar muy tarde, alrededor de las doce. En una mesa, Braulio las esperaba desde hacía más de una hora, en compañía de aquel desconocido que les quería presentar: Héctor, de complexión mediana, delgaducho, cara redonda y unos ojos de un azul cielo que contrastaba con su cabello castaño, liso y peinado con raya.
Los chicos les ofrecieron asiento, y Carmen, como siempre, se encargó de romper el hielo:
- Braulio, hijo, tienes la agilidad de un hipopótamo, me has pisado en el callo.
Se rieron y Héctor se presentó como un amigo de Braulio, el cual, sin prestarle atención, luchaba por meter sus larguísimas extremidades debajo de la mesa.
- Ésta es Julia: ve con cuidado, Héctor, los hombres no quieren salir con ella porque es una feminista radical y cinturón negro de tai-shujiro-kano no sé qué.
- Mira que llegas a ser imbécil, Carmen - protestó la aludida.
- no sé si darte la mano. - sonrió Héctor mientras se la estrechaba.
- Y ésta es Marta..., guapa pero como un trozo de hielo, no vale la pena acercarse a ella, créeme, - bromeó todavía Carmen - la típica estudiosa; rica, famosa, inaccesible... En cambio yo...
- Estoy impresionado. - la cortó Héctor cogiendo la mano de Marta.
- Mucho gusto. - respondió ella, concentrando la mirada en su iris azul.
- En cambio yo... - repitió Carmen.
- Me parece que ya nos conocíamos de antes, ¿verdad? - insistió Héctor ignorando el comentario fatuo de Carmen y sin dejar escapar a Marta, que sintió cómo le sudaba la mano y se encontró incómoda.
- No lo recuerdo.
- Eres de Torrente, ¿no?
Marta, ruborizada, confusa, retiró la mano y se esforzó en recordar.
- Sí..., bueno, del Vedat... pero no sé dónde...
- En el tren, y en el Club de Santa Apolonia. Tu padre tiene una fábrica de muebles en las afueras, ¿no? Yo también vivo por allí. O vivía, mejor dicho. Me había fijado muchas veces en ti.
- Perdona, pero no...
- Eso sí que es llegar y besar el santo. - ironizó Carmen - En cambio, nadie ha descubierto todavía lo que se esconde detrás de esta presencia mía tan sugestiva. Soy como un diamante en bruto. - se abalanzó sobre Braulio - Oh, como si lo viera: me tendré que juntar contigo. ¿Os imagináis de aquí a diez años, gorda como una foca y con dos o tres Braulitos en brazos? - Carmen hizo una mueca, como si se hubiera tragado un jarabe especialmente ácido - Me tendré que poner a régimen enseguida.
Como en todas las primeras reuniones, hablaron de muchas banalidades todavía mientras les servían las bebidas. En estas circunstancias, el parloteo de Carmen y los chistes de Braulio fueron de gran provecho, aunque solamente sirvieran para que por un momento Marta se olvidara de Marcelo. Héctor no le quitaba los ojos de encima, y ella que, sin saber muy bien por qué, se había sentido culpable de la asfixia existencial de su ex novio, se sintió de repente halagada.
Poco a poco, como era normal siendo todos estudiantes del último curso de Derecho, la conversación derivó hacia los estudios; hablaron de los profesores, de las asignaturas y de las escasas expectativas que se le ofrecerían cuando acabaran la carrera.

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora