Un faro en medio de la tempestad (parte 5)

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De pronto metió la cabeza y gritó el nombre de Marta.

- Ya te lo he dicho, no está en casa, volverá mañana. Le diré que habéis venido. Perdonadme, ahora no os puedo atender.

Inmediatamente, Héctor intentó cerrar la puerta, pero Vicente se lo impidió y, aprovechando el forcejeo, Carmen se coló dentro. Héctor trató de impedirle el paso, pero frenar su ímpetu era como enfrentarse con un alud.

Una vez en el interior, las chicas se fueron corriendo a las habitaciones mientras Vicente entretenía a Héctor.

- ¿Cómo te has hecho eso? - le preguntó; se refería a unos arañazos en la mejilla.

- ¿Qué? - la mirada de Héctor seguía con cierto desasosiego las evoluciones de Carmen y Julia por el interior del piso -. Tengo una... - de repente miró fijamente a Vicente y sonrió, tal vez porque le resultaba gracioso el tópico que le bailaba en la cabeza o porque le excitaba soltar una mentira increíble -: me he cortado afeitándome - dijo.

- ¿Te afeitas con una hoz? - replicó el otro, cínico.

- Sí, algo así.

Las chicas volvieron con la desolación dibujada en la cara.

- No está - anunció Julia.

- Ya os lo he dicho - contestó Héctor y, ampulosamente, descolgó el auricular -. ¿Queréis hablar con ella?

Carmen hizo ademán de cogerlo y el otro, de improviso, lo estrelló contra el soporte.

- Ya está bien, no tengo por qué aguantarlo, iros a hacer puñetas.

Marta trataba de identificar aquel olor penetrante que la había espabilado como si hubiera olido amoniaco, un poco enrarecido. Le impedía respirar bien, y a pesar de todo le resultaba agradable: le recordaba el tiempo furtivo de la infancia.

Revivió un primer amor de los siete años, de contornos imprecisos ya olvidados, un tal Arturo, o Federico tal vez. En cambio, en medio de aquella oscuridad, contempló como si fuera el primer día la pulsera de plástico que aquel niño le había regalado, de color marfil. Se vio a ella misma subiendo una escalera en compañía del niño, reconoció la escalera de la escuela, los dos cogidos de la mano, o no cogidos de la mano, ahora no se acordaba muy bien, sino uno detrás de otro, pasando al lado de la estatua de una mujer, un medio busto, que daba un miedo horrible, y que si le aplicabas la luz de una cerilla parecía que te seguía con la mirada. Y después percibió el mismo olor de antes, como de naftalina o de humedad, y escuchó las voces de unos niños, de aquel niño y de aquella niña que cuchicheaban furtivamente en el armario de los instrumentos musicales.

Recordó a Arturo, éste era el nombre, le había dicho que allí no los encontraría nadie; se habían escondido en aquel cuarto oscuro para sentirse uno cerca del otro (él le acababa de regalar la pulsera de color amarillo); después alguien los había encerrado, o la puerta se había atascado, vete a saber. Recordó que había pasado mucha angustia porque pensaba que se iba a morir, y le venía a la mente la voz de Arturo diciéndole que tenía que golpear fuerte la puerta.

Trató de levantar un brazo para llamar con fuerza, pero la cabeza le daba vueltas, y abandonó la idea; la cara y el costado le dolían horriblemente y le arrancaron un quejido; no podía respirar bien y menos todavía gritar. Además, tenía tantas ganas de dormir...

Fue el vecino quien oyó el gemido, algo que todavía no sabía que era un venido y que le hizo volver la cabeza, como quien maquinalmente reacciona al oír crujir un mueble en el silencio de la noche. Pero para Carmen aquello no pasó desapercibido, siguió la dirección de su mirada y de esta forma reparó en el armario de la entrada y corrió hacia él.

Al verla, Marta la confundió con la profesora que los había rescatado de su cautiverio años atrás, por eso puso cara de espanto, porque pensó que iban a reñirle. Buscó una disculpa, pero no le salían las palabras y se puso nerviosa. Aquel rostro, que confundió con el de la estatua, le decía que se tranquilizarla, que todo se había acabado. ¿Qué era ese todo que se había acabado?, se preguntó. No lo sabía, pero le gustó el tono aterciopelado de aquella voz que la arropaba. Entonces perdió el conocimiento.

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora