Turnos de letrina (parte 3)

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El ambiente, este mal ambiente, acabó por envenenar la relación entre las chicas, como no podía ser de otra forma. Más de una vez Julia y Carmen le pidieron a Marta que lo pusiera de patitas en la calle, por ellas y también por ella, estaban hartas de observar las humillaciones a las que la sometía, como en una ocasión en la que la increpó delante de ellas porque no era de su gusto el grado de cocción de un huevo pasado por agua y lo había estampado contra el suelo.

- Mira que eres imbécil, - había dicho Héctor - no sé de qué te sirve tanto estudiar si no sabes ni cocer un huevo.

- ¿Por qué no te cueces tú el huevo, animal, en lugar de estar todo el día rascándote los tuyos? - la había defendido Carmen.

- Tú no te metas donde no te llaman, foca, Marta es cosa mía.

Efectivamente, Héctor no la dejaba ni a sol ni a sombra. Por la forma en que la trataba, Marta era como una propiedad más, absolutamente sumisa, y no estaba dispuesto a compartirla con nadie.

- Él no te quiere, ¿no te das cuenta? - le aseguró un día Carmen.

- Está atravesando un mal momento, eso es todo, es muy sensible, tú no lo conoces.

- ¿Un mal momento? - saltó Julia - ¿Pero qué se ha pensado ese malcriado, dónde se piensa que vive, en la embajada de Londres? Es un gandul. Dime, ¿qué hace además de beber cervezas?

- Está preparando la tesis.

- ¿Sobre la influencia de la cerveza en la sociedad contemporánea? - preguntó Carmen en plan borde - me darán el cum laude, puedes estar segura. A estas alturas debe de ser ya uno de los mayores especialistas de Europa occidental.

Marta acostumbraba a callar en estas discusiones. ¿Qué podía decir, por otra parte, si se sentía entre la espada y la pared? Tenía también la versión de él, que se quejaba de que Carmen y Julia lo habían odiado desde el principio, de que no le habían dado ni la más mínima oportunidad, y de que de esta forma no podía trabajar, de que estaba deprimido y por eso se comportaba así.

Cuando se encerraban en la soledad de su habitación, Héctor se transformaba en una persona dulce, lloraba a menudo, se humillada, decía que no valía nada, que estaba desesperado, que si no fuera por ella se mataría, como si dentro de él convivieran los espíritus del doctor Jekill y de míster Hyde que él hacía aparecer y desaparecer a voluntad.

- Me gustaría tanto estar a solas contigo, Marta, entonces todo marcharía mejor. Contigo me entiendo perfectamente, todo es más fácil, me haces estar tan relajado. - le dijo un día.

- Pero son amigas mías, ten paciencia, son como hermanas para mí.

- Un poco más que hermanas, me parece.

- ¿Qué quieres decir?

- ¿No te das cuenta cómo te miran, Marta? Están celosas de nuestro rollo. ¿No ves como se encierran en su habitación? Y las risas, ¿no las oyes? ¿Sabes qué hacen allí, tantas horas encerradas?

- Eso es ridículo.

- Da igual, no es asunto mío. En cualquier caso es una etapa que has de superar, Marta, tienes miedo de hacerte mayor y lo entiendo, pero eso se ha de acabar algún día, tú lo sabes, no puedes jugar toda la vida a las muñecas, tienes que decidir, ¿no te parece?

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora