Durante la última temporada Héctor apenas había querido salir, y de pronto un día parecía que la casa se le caía encima. Te pongas como te pongas, se le metió entre ceja y ceja salir a comer.
- Me duele la cabeza, - le dijo Marta - tengo un poco de migraña, no he dormido bien últimamente.
- Eso son tonterías, necesitas tomar el aire, olvidarte un poco de todo, hemos sufrido mucha tensión.
- Pero no tenemos un duro, es mejor que nos quedemos, todavía no me han pagado el sueldo. - alegó la chica.
En ese momento, Héctor, como si fuera un prestidigitador, sacó un fajo de billetes y los lanzó al aire sin parar de dar vueltas. Ante aquella lluvia de confeti, Marta se quedó atónita.
- Pero, ¿de dónde lo has sacado? ¿Has recibido dinero de tu padre?
- Fría, muy fría.
Por un momento pensó que había asaltado un banco.
- Héctor, por favor, ¿de dónde lo has sacado? - insistió.
- Venga, no pongas cara de beata, que no he hecho nada malo.
Marta se le plantó delante en jarras y con una mueca de incredulidad en la boca.
- De acuerdo, he vendido mi cuerpo a la ciencia, ¿te sientes mejor así? Primero me daban tres euros coma doce céntimos, pero me he desnudado y se han puesto a licitar como locas. He hecho una subasta entre las medicuchas del Clínico y se lo ha quedado la doctora Garrigues. No me preguntes para qué lo quiere porque no me quitaba ojo del paquete.
Era el Héctor de los mejores momentos, afable, despreocupado, y la hizo reír. Como siempre que le mostraba esta cara, Marta olvidó todos los tormentos del pasado, era como un náufrago que llega por fin a tierra: se sentía muy afortunada de estar con él.
Fueron a comer de tapas a Ca Bermell, en el barrio del Carmen. La primera botella, un vino tinto, desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Los dos tenían sed, una sed insólita; no bebían para aplacarla sino como si se acabara el mundo. En el último trago, Héctor pidió otra.
- Estoy un poquito piripi, - se rió Marta - creo que ya no quiero más.
- Tonterías, - replicó Héctor sirviéndole otra copa - vamos a cogernos una de campeonato.
- No, en serio, creo que me estoy mareando.
Marta no estuvo segura de haberlo oído hasta que vio que todo el mundo se giraba en las otras mesas y se percató de los ojos fríos de Héctor. Después, como si el cerebro le diera la información con un cierto retraso, se dio cuenta de que él había estrellado el vaso de vino contra la mesa y que la agarraba de la mano. No había servido de nada sacrificar a las amigas, pensó: la pesadilla volvía a empezar.
- ¿Quién te has creído que eres, cacho de mierda? Si yo digo que bebas, tú bebes, ¿entendido?
La frase, dicha en voz baja, no la había oído nadie más que ella, y le produjo el efecto de que la borrachera se le pasaba de golpe. Marta se disculpó, aunque, como tantas otras veces, no sabía muy bien qué había hecho; trató de hablarle, pero él estaba como ausente, no dejaba de beber y apenas la miraba, solamente de tanto en tanto pronunciaba frases inconexas, sin ton ni son, a las que ella intentaba responder lo mejor que podía.
- Lo ves, ya volvemos a las andadas. Lo corrompes todo. No mereces que pierda un minuto contigo. No buscas otra cosa que joderme, cerda asquerosa, me agobias. Todas las tías sois igual de putas.
- ¿Por qué dices eso, Héctor?, yo te quiero. - más que amor, sin embargo, había aprensión en su voz, y su desespero actuaba sobre Héctor como la gasolina sobre un fuego - ¿Qué más puedo hacer? ¡No sé qué hacer!
- Lo primero no hacer el ridículo, idiota, ¿no ves que te están mirando?
ESTÁS LEYENDO
El infierno de Marta (Pasqual Alapont)
Teen FictionCuando aceptó salir con aquel chico, Marta no sabía que ponía un pie en el infierno, y que a partir de entonces sería tan doloroso penetrar en él como tratar de escapar de allí.
