Fue como si empezaran una nueva vida: año nuevo, vida nueva, se dijeron. El 4 de enero, pues, Héctor se trasladó al piso de las chicas. Marta se extrañó de que no llevara más que tres bolsas y una mochila, ningún objeto personal, excepto el cepillo de dientes y la máquina de afeitar. Toda su ropa junta apenas ocupó dos cajones y seis o siete perchas.
- Y los libros, los apuntes, ¿por qué no lo has traído todo? - preguntó ella.
Héctor sacó del fondo de la mochila una caja de disquetes de ordenador y la exhibió ante sus ojos.
- Aquí está la tesis, toda mi vida, me gusta viajar ligero de equipaje.
- ¿No tienes libros?
Héctor sacó entonces el manual de derecho internacional que ya le había visto alguna vez.
- El resto está en el departamento, no necesito más. - sonrió.
- Pero ¿no tienes algún dossier, ni carpetas..., fichas? - insistió Marta; estaba algo alucinada - ¿Ni bolis?
- No me agobies, tía, déjame respirar. - gritó Héctor - Acabo de llegar, ¿qué quieres? - cogió bruscamente un par de camisetas - ¿Vas a empezar con las historias de espías? ¿Quieres que me vaya?
Marta sintió cómo le asaltaba una especie de vértigo, de repente se le había puesto de manifiesto la otra cara de Héctor, y consideró que aquel traslado tal vez no había sido una buena idea; quería confesarle sus miedos, pero él reproche no llegó a salir de su garganta.
- ¿Por qué dices eso? - se sorprendió pronunciando en voz alta - Estoy un poco nerviosa. Quiero que te sientas como en casa, es solamente que me ha extrañado. Pensaba... pensaba que sería un traslado definitivo.
Héctor lanzó las piezas de ropa encima de la cama y, con el mismo movimiento impetuoso, trató de cogerla del hombro. Instintivamente, la chica se protegió la cara.
- Pero, ¿qué haces, Marta? ¿Crees que iba a pegarte? Dime, Martita, ¿crees que soy capaz de algo así? - musitó Héctor, y acabó el gesto, que no pretendía otra cosa que abrazarla - Estamos un poco nerviosos, sólo es eso, ¿verdad?
Lo único que Marta deseaba era no pensar, y quiso atribuir todas sus dudas al hecho de que era la primera vez que compartía techo con un chico, que aceptaba un compromiso cuyas ataduras estaban aún por definir.
Héctor, en cambio, desplegó una energía desbordante desde entonces; aseó el cuarto de baño y ordenó las pertenencias de las chicas que estaban dispersas un poco al buen tuntún; a tal efecto dividió la repisa del lavabo en cuatro secciones iguales que midió con un metro, <<para que nadie se queje>>, dijo. A continuación cogió unos papeles y quiso establecer horarios para todo: turnos de cocina, de fregar, de la ducha matinal, de limpieza, de la compra, del uso de la televisión, e incluso quiso calcular cuánto dinero tenían que poner a la semana.
- No tenemos por qué ser tan estrictos, - objetó Marta cuando él quiso establecer el orden para bajar la bolsa de la basura - nosotras lo hacemos entre todas. Nunca hemos discutido por eso.
- Así es como empiezan las susceptibilidades, no quiero que nadie piense que me aprovecho, cuanto más organizados estemos menos discutiremos, - dijo él con firmeza - así no se escapará nadie.
<<De qué>>, le pasó por la cabeza a Marta, pero en lugar de eso cedió:
- Como tú creas.
- No, como yo crea, no. - saltó el otro; estaban al lado de la ventana del comedor y Héctor la obligó a sentarse encima de sus piernas - Esto es cosa de los dos, los dos estábamos de acuerdo, ¿lo recuerdas? Escucha, - le puso la mano en la mejilla, el tono de voz era ahora muy afectuoso, como cuando se riñe a un niño - no quiero imponerte nada, pero se tienen que respetar unas normas si queremos que no sea un desastre. Tú y yo estamos acostumbrados a una manera de funcionar, no tenemos por qué aguantar los malos rollos de nadie, ¿verdad? Quiero que todo salga perfecto, que sobre todo estemos bien tú y yo.
- Yo también. - concedió la joven.
Entonces Héctor pasó la mano por el cristal de la ventana y la retiró llena de polvo.
- A alguien se le ha olvidado pasar el plumero últimamente, ¿no? - le pinchó - ¿Entiendes ahora lo que quería decir?
A renglón seguido hizo algo que impresionó a Marta por el carácter desinteresado que dejaba entrever: le entregó un sobre con el logotipo de la empresa FORD que contenía un fajo de billetes.
- De eso te encargas tú, considéralo un regalo del ejecumondongo. De ahora en adelante, lo que es mío es tuyo. - sonrió.
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El infierno de Marta (Pasqual Alapont)
Teen FictionCuando aceptó salir con aquel chico, Marta no sabía que ponía un pie en el infierno, y que a partir de entonces sería tan doloroso penetrar en él como tratar de escapar de allí.
