Héctor se comportaba ahora muy bien con ella, estaba más relajado, quizá porque estaban solos y no tenían que dar cuentas a nadie. No tenía amigos, Marta ya se había dado cuenta de ello, y le costaba relacionarse con la gente que no le interesaba; no perdía ni un segundo en contemplaciones ni le gustaban, decía, los formulismos hipócritas. Marta atribuía este comportamiento asocial a su desastrosa vida familiar y a la muerte de su madre, un trauma que, al parecer, no había conseguido superar. Pero Héctor no hablaba de eso, solamente cuando ella hurgaba un poco.
- Mi madre actuaba en los mejores teatros del mundo, es uno de los mejores recuerdos que tengo de ella. - le confesó un día.
Marta se extrañó:
- Pero cómo, ¿no había dejado la carrera cuando conoció a tu padre?
- Sí, sí, claro, - vaciló él - me refería a... grabaciones, ya te dejaré alguna cinta de vídeo algún día.
Marta no insistía en estos casos. Era evidente que le intimidaba hablar del tema; su madre era de momento una cuestión tabú, y ella lo admitiría. Ya habría tiempo, pensaba, de afrontarlo. Por nada del mundo quería agobiarlo, que se sintiera ahogado. Tenía bastante con su amor, que el chico le mostraba con creces. En su opinión, Héctor tenía detalles muy tiernos.
Desde hacía unos días, por ejemplo, le había dado por decir que le gustaría tener una moto para llevarla aquí y allá.
- Pero, hombre... ¿Cómo, una moto? A mí me gusta lo que hacemos, ¿para qué quieres una moto? - se rió ella.
- Podríamos ir a Requena, al nacimiento del Turia, ¿qué sé yo?, conozco sitios fantásticos. - insistió él.
Pero enseguida adoptó un aire de amargura y una nube enturbió sus ojos.
- El ejecumierda no soltará la pasta, el cabronazo me tiene a pan y agua, así que nos podemos olvidar de la moto.
- No tienes que preocuparte por eso, tontorrón, me tienes a mí. - lo consoló ella.
- Sí, pero si tuviéramos la moto...
- ¡Y dale! - Marta le plantó cara abombando las piernas como si fuera en moto - Vamos a ver, ¿para qué quieres la moto, rey?
- Te podría llevar a casa de tus padres más a menudo.
- ¡Solucionado! Estuve el fin de semana pasado, y no quiero ir más a menudo, - le hizo carantoñas - sólo quiero besarte a ti más a menudo, ¿me entiendes?
Y se lanzó sobre él, pero Héctor, de buen humor, se la quitó de encima.
- No, de verdad, Marta, me fastidia no poder ofrecerte nada. - la otra le iba haciendo mohines: <<ay, pobrecito mío, que todavía le saldrá antojo de una moto>>. - No me gusta que lo tengas que pagar tú todo. No sé, - añadió enarcando las cejas, como de broma - me tendría que poner a trabajar, en serio, aunque nos veamos menos.
- Eso nunca, antes te compro yo la dichosa moto. - le amenazó.
Héctor siguió riendo:
- No seas burra, ¿tú sabes lo que vale una vespa? No tienes ni para empezar.
- ¿No? - lo desafió ella con un poco de ironía.
Y, harta de aquel asunto, selló sus labios con los de él, que se alegraban al recorrer aquel trozo de carne apetitosa y ardiente.
Marta dudaba que hubiera en el mundo una mujer tan feliz como ella. Sin saber muy bien por qué se ponía a veces a cantar sola en la habitación o a correr por la casa gritando cualquier tontería, con el consiguiente espanto de sus compañeras.
- ¿Dónde es el fuego, Marta, te encuentras bien?
- ¡Soy la reina de Saba, Cleopatra, Santa Teresa de Jesús, Juana de Arco, Edith Piaf, Simone de Beauvoir, la Monna Lisa! - decía pasando como una exhalación.
- Mejor pareces una cabra malaya. - ironizaba Carmen.
El cuerpo de Marta, su pensamiento, no podía albergar tanta alegría y tenía que proclamarlo al mundo de alguna forma.
Héctor la amaba como nadie la había amado, pensaba, con demasiado fervor quizá, porque no le gustaba que se relacionara con nadie, especialmente con hombres, y si alguna vez la veía intercambiando apuntes o tan sólo una sonrisa cordial (últimamente la esperaba a la misma puerta de la clase) se ponía muy pesado y quería saberlo todo de aquella persona.
Los celos formaban parte de su relación, Héctor no podía evitarlo, lo exculpaba Marta, y eso la inquietaba porque no quería hacerlo sufrir, pero especialmente porque no había motivos. Por eso, sin llegar a proponérselo pero como si el subconsciente activara una señal de alarma, acabó por esquivar a los compañeros de clase, algunos de los cuales llegaron a extrañarse mucho de este cambio. Como por arte de magia, la Marta que conocían, amable, simpática y llana, en poco más de un mes se había vuelto orgullosa, taciturna y distante.
Le hacía gracia, le fastidiaba, mejor dicho, que tuviera celos de Marcelo. Ella ni se acordaba ya de aquel novio existencial que había tenido y que sólo Dios debía saber por dónde andaba. Un día, de repente, en medio de un silencio, Héctor le espetó, molesto:
- Estás pensando en él, ¿a que si?
Marta, que no pensaba en nada concreto, divagaba simplemente, se sobresaltó. Pero él interpretó esta inquietud como si escondiera algo y la cogió por el cuello, como si la acariciara, con las manos firmes, pero bien se veía en sus ojos apáticos y fríos que también era otra cosa.
- Todavía piensas en él, ¿verdad?
- ¿En Marcelo? - se defendió ella - ¡No! ¿Qué dices?
- ¿Por qué lo niegas entonces con tanta vehemencia? ¿Por qué crees que hablaba de este idiota? - dijo él con una media sonrisa, y le manoseó los pechos con tal ímpetu que le hizo gritar.
- Me haces daño, Héctor. - suplicó ella.
Entonces él la miró muy serio, las manos todavía sobre sus pechos, como acariciándolos.
- Es mejor que no pienses, Marta, tengo celos incluso de tus pensamientos. - le amenazó sonriente, de una forma tan ambigua que a Marta le costaba entender si de verdad le importaba o si se estaba burlando de ella.
Por suerte aquello no había sucedido a menudo hasta ahora, reflexionaba Marta, aunque no sabía demasiado bien qué quería decir a menudo, y se preguntaba si aquello debía de ser normal en otras parejas.
En otra ocasión, poco después, Héctor la cogió de la muñeca y, medio en broma, medio en serio (no sabía por qué había empezado esta vez), le hizo un poco de daño; quería obligarla a confesar Dios sabe qué, pero después se disculpó y volvió a ser el mismo de antes.
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El infierno de Marta (Pasqual Alapont)
Ficção AdolescenteCuando aceptó salir con aquel chico, Marta no sabía que ponía un pie en el infierno, y que a partir de entonces sería tan doloroso penetrar en él como tratar de escapar de allí.
