Un faro en medio de la tempestad (parte 4)

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De repente sonó el timbre de la puerta, como una sacudida, fue como una señal de salida, como un despertador para Marta, que le recordó que su misión era por encima de todo sobrevivir. Palpó la mesa, desesperada, y solamente encontró un fajo de papeles que le lanzó a Héctor. Después se abalanzó sobre él y le clavó las uñas, sin dejar de gritar, cualquier frase de auxilio que le pasaba por la cabeza.

El timbre no dejaba de sonar, y alguien estaba dando golpes a la puerta, como si la quisiera echar abajo. Marta trató de llegar hasta ella a empujones y dando tumbos, y se encontró arrastrándose por el suelo, en una carrera desesperada.

De pronto sintió un golpe y una quemazón en el lado derecho; no sabía todavía que la navaja había penetrado en su espalda, seccionado tejidos y astillando el hueso, y que había afectado una parte del pulmón derecho, un pequeño número de alvéolos y vasos sanguíneos; notó una descompresión súbita. En sus ojos bailaba una especie de desconcierto, un porqué absoluto que exigía una respuesta.

A consecuencia del forcejeo, la hoja de la navaja se había partido contra el hueso y quedó encajada en su interior; de otra forma Héctor había descargado su furia contra ella una infinidad de veces. Marta sintió que alguien continuaba golpeando la puerta con todas sus fuerzas; trató de gritar pero no le salía la voz. En un intento desesperado alargó la mano y tiró una silla. Se sorprendió de disponer todavía de aquella fuerza que le venía de muy dentro, y se sorprendió de pensar en eso ahora que estaba a punto de morir. Enseguida notó que la cabeza se le elevaba involuntariamente, con una gran violencia (aunque ella lo percibió como si fuera a cámara lenta), para después estrellarse contra el suelo.

Sintió como si fuera una sacudida, pero no fue consciente de que se le rompía la nariz y que la sangre empezaba a manar de la ceja abierta; estaba exánime. De hecho, lo último que advirtió antes de perder totalmente el conocimiento era que alguien la arrastraba como si fuera el cadáver de un cordero.

Entretanto, los que estaban fuera oyeron todavía alguna carrera, alguna puerta que se abría y se cerraba con gran estrépito y un <<ya voy, estoy en la cocina>> que dejaba traslucir una cierta molestia.

Vicente Jordá no se había quedado tranquilo el día anterior, y había contactado con Braulio, que le dio la nueva dirección de las amigas. Habían estado hablando durante muchas horas en su casa y se habían conchabado para visitar a Marta cuando se hiciera de día, aunque tuvieran que sentir que allí sobraban. Pasar un poco de vergüenza les había parecido un precio escaso comparado con su amistad.

Al llegar al día siguiente, habían oído en el patio a unas vecinas indignadas que hablaban del escándalo de aquella noche. No se habían parado a preguntar de qué puerta se trataba, lo sabían de sobra, y habían subido corriendo. Un vecino estaba allí mismo con el móvil en la mano.

- Ya empiezan otra vez. He avisado a la policía. Están toda la noche igual. - les dijo.

Habían llamado al timbre y enseguida habían oído los gritos de auxilio. Carmen había tratado de abrir con su antigua llave, pero no había podido: alguien había cambiado la cerradura, de manera que habían descargado su impotencia contra la puerta, golpeándola con las manos, desesperadamente. Habían pasado los segundos y del interior les habían llegado ruidos de pelea y, a continuación, alguna carrera y un silencio enorme.

Por fin la puerta se abrió y vieron la figura de Héctor que les impedía el paso. Su aspecto era apacible, y se limpiaba las manos con un trapo de cocina.

- Eh, qué sorpresa, las hijas pródigas - sonrió -. ¿A qué viene tanto ruido? Estaba limpiando el pescado - aclaró -. Os invitaría a comer, pero...

- ¿Y Marta? - le interrumpió Vicente -, queremos hablar con ella.

- Está en casa de sus padres, se marchó ayer. - Enseguida se dirigió al vecino de una manera ostensible -. Tenía la tele encendida, espero no haberlo molestado.

Carmen miraba fijamente el trapo de cocina, estaba como hipnotizada, no podía apartar los ojos de aquellas manchas rojas sobre el trapo amarillo.

El infierno de Marta (Pasqual Alapont)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora