Capitulo 5

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El día miércoles, en el instituto, Balthazar había estado metido desde la mañana en la biblioteca, esperando que tocara la campara para el comienzo de las clases. Los demás no habían llegado todavía. Siempre lo hacían dos minutos antes de que la campana sonara, así que no debía descartar que llegarían hasta ese momento. De todas formas, esa era su menor preocupación. Los mensajes que había recibido el día anterior también. Simplemente trataría de ignorarlos e ignorar a Daniel, a quien no había visto desde que entró. Únicamente estuvo ahí, leyendo el primer libro que encontró. Prefería estar haciendo eso antes que estar como un tonto dando vueltas por el instituto esperando a los demás. No creía que lo fueran a encontrar ahí, pero al menos podía estar un poco tranquilo y alejado de todo, considerando que en ese momento, eran pocos los estudiantes que entraban en la biblioteca.

Algunos se estaban comenzando a ir a sus aulas, aun si la campana no había sonado. Él le restaba cierta importancia a eso. Se sobresaltaba con el mínimo ruido, casi cayendo se la silla al pensar que podía ser Daniel. No es que le tuviera miedo, pero tampoco quería que lo agarrara desprevenido y que le dijera o le hiciera cualquier cosa. Él nunca fue de dejarse pisotear, pero de ahí a tener que preocuparse porque lo regañaran o suspendieran, era un tema complicado. Esperaba, exasperado, encontrarlo en el aula, tan molesto como siempre, listo para soltarle uno de esos comentarios tan crudos que lo enojaban y que hasta le daban ganas de darle un puñetazo en la boca.

Dejó el libro en su lugar y en el mismo momento, la campana sonó finalmente. Salió de la biblioteca y se dirigió a su aula. Allí estaba el grupo. Al verlo, arquearon las cejas y Gabriel hasta suspiró de alivio. El rubio se sentó al lado de Lucifer. La profesora aún no había llegado.

— ¿Estás bien?—le preguntó, tomándole la mano por debajo de la mesa—. ¿Dónde estabas? Te buscamos por medio instituto.

—Estaba en la biblioteca. Como ustedes no llegaron, tenía que gastar mi tiempo en algo, ¿no?—respondió, dejando la cabeza en el hombro de Lucifer. A él le daba igual lo que otras podían decir sobre su relación.

Daniel no estaba y su alivio fue tan grande que los demás hasta pudieron sentirlo. Gabriel se levantó de su silla, dejando a su hermano solo, y se sentó en una que estaba en frente de la mesa de la parejita. Durante un minuto, Gabriel casi pudo leerle los pensamientos a Balthazar, dándose cuenta de que le estaba rogando que no le hablara a Lucifer sobre los mensajes de Daniel. Sí, a él se lo había contado porque sabía que era un buen confidente, pero deseaba con todas sus fuerzas que no le dijera a su novio, porque Balthazar sabía que éste iba a ser capaz de amenazarlo con un cuchillo en la garganta con tal de que lo dejara en paz.

Tuvo que contenerse para no bufar y decidió hablarles de otra cosa.

— ¿Ya se han puesto a estudiar para los exámenes?—preguntó, casualmente.

—No. Ni siquiera he abierto un libro—respondió Lucifer, tan tranquilo como siempre.

—Yo he estudiado un poco, pero lo dejé a medias y me puse a leer un libro más interesante—dijo Balthazar, encogiéndose de hombros.

—Sea como sea, no puedo esperar hasta el sábado—dijo Lucifer, haciendo crujir sus nudillos—. Es el único día libre que me dan esta semana, quiero aprovecharlo. Lo bueno es que los domingos no el café tampoco abre así que... libertad.

— ¿Qué hacemos ese día?—preguntó Castiel desde su lugar.

—Hagamos un viaje—propuso Gabriel.

— ¿Un viaje a dónde?—preguntó Anna.

—Hay un campo al que se puede llegar viajando en tren—respondió el más bajo del grupo—. Es un viaje de una hora y media.

—Yo lo veo bien—aceptó Kali—. ¿A qué hora del domingo nos volveríamos? Yo tengo que decirles a mis padres o no me dejarán.

—Podemos volver antes de que se haga muy de noche. Con que regresemos cerca de las ocho y media estará bien—arregló rápidamente Gabriel—. Mi mamá nos dijo a mí y a Castiel que podemos quedarnos en una cabaña de ahí, porque ella le puede pasar la paga por el banco a un amigo que trabaja ahí.

Lucifer se rió y dijo:

—Tu madre es genial.

—Anna, ¿tú puedes venir?—preguntó Castiel.

—No lo sé. Hablaré con mis padres hoy—respondió ella.

— ¿Y tú, Balthy?—le preguntó Gabriel.

—Se lo comentaré a mis padres, pero no creo que tengan problemas—respondió, levantando la cabeza.

—Genial. ¡Ya quiero que sea sábado!—exclamó Gabriel, emocionado, mientras volvía a su lugar.

La profesora entró al aula y comenzó con la clase de Geografía, mientras algunos aún seguían recargados en la mesa, durmiendo. Ella les pedía a sus compañeros de banco que los despertaran para que no se perdieran de nada. Con esa profesora, la clase casi siempre se basaba en que explicaba varias cosas, bromeaba un poco con los alumnos sobre los propios chistes de ellos, y daba un cuestionario de cinco preguntas. Tenían las respuestas en los libros, pero siempre les pedía que no las copiaran tal cual estaban, sino que trataran de analizar. De todas formas, no era nada muy complicado. Balthazar siempre salvaba a Lucifer y Gabriel, mientras que Castiel, Kali y Anna no tenían ningún problema por ese lado.

Cuando la profesora salió, Castiel fue con Balthazar y Lucifer.

—Oigan, ¿recuerdan el grupo que tenemos de la escuela?—preguntó.

—Sí. ¿Qué pasó con eso, Cassie?—preguntó Balthazar.

—Estaba revisando los mensajes del grupo que tenemos y encontré todos estos—respondió, mostrándoles su celular.

Lucifer lo tomó y ambos comenzaron a leer algunos. En la mayoría de mensajes, los criticaban bastante por sus personalidades. A Gabriel por su actitud y por sus bromas algo pesadas a veces. A Lucifer por el tema de que vivía solo y todo lo que tenía que trabajar para eso; algunos hasta hacían bromas preguntándose si es que sus padres se habían cansado de él y si lo habían echado de la casa. De Balthazar se burlaban de su acento, escribiendo algunas palabras con la R mayúscula para dejar claro que la estaban marcando. Y sobre Castiel... que era muy «puritano» para tener diecisiete años. Debido a que Dean y Sam no asistían a ese instituto, las personas no sabían que estaban en pareja con ellos.

Lucifer le devolvió el teléfono y se quedó con los labios un poco apretados, la cabeza erguida y los ojos entrecerrados. Estaba pensando en algo para evitar enojarse. No entendía por qué se metían con el grupo por cosas tan insignificantes para ellos.

—Tengo una idea—dijo en un susurro para que sólo ellos dos pudieran escucharlo.

Kali vio que se estaban susurrando, pero decidió dejarlos con sus cosas. Gabriel fue con ellas.

—Bueno, ¿ya me has perdonado por la vez que te dejé plantada?—preguntó, aunque fue más una exclamación.

— ¿Debería?—respondió Kali.

—Vamos, Kali, perdónalo esta vez. A lo mejor de verdad lo olvidó—dijo Anna, con su mano en el hombro de la morena.

—Ay, no lo defiendas. Sabes que no fue así—dijo Kali.

—Anda, por mí—pidió la pelirroja, con unos ojos adorables.

—Oh, tu debilidad, Kali. Yo que tú le hago caso—se burló Gabriel. Kali lo miró de manera un poco intimidante, pero luego bufó.

—Bien, pero no me vuelvas a dejar plantada—exclamó, seriamente.

Gabriel puso su típica sonrisa socarrona y volvió a su lugar, justo cuando Castiel también lo hizo. Debía contarle sobre los mensajes y la idea que Lucifer había tenido.

Quédate conmigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora