Capitulo 19

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Apenas salieron del instituto, lo primero que Lucifer hizo fue darle un beso rápido a Balthazar e irse con un «hasta luego» fugaz. Se subió al primer autobús que pasó y fue a la zapatería. Evidentemente, el ver a su hermano lo dejó muy mal. No querían ni imaginarse cómo sería su turno en el trabajo ahora. Esperaban que al menos pudiera atender bien para que su gerente no recibiera quejas que, en algún momento, iban a terminar en su despido.

Kali y Anna se despidieron de los chicos y se fueron por su lado, mientras hablaban entre ellas. Cuando se alejaron lo suficiente, Gabriel miró a Balthazar y preguntó:

- ¿Cómo está el golpe de tu brazo?

-Mejor, gracias. Pero aún sigo aplicándome un poco del maquillaje de mi madre-respondió, mientras comenzaban a caminar.

-Qué bueno que Lucifer no lo notó cuando estaban allá, en su cabaña privada-dijo Castiel, sin intenciones de incomodarlo.

-De verdad que sí. No me imagino cómo habría reaccionado-comentó Balthazar.

Cuando estaban por cruzar la calle, Balthazar recordó algo.

- ¡Maldición!-dijo casi en un grito.

- ¿Qué pasa?-preguntó Gabriel, sorprendido.

-Olvidé mi cuaderno en el aula-respondió-. Iré a buscarlo.

- ¿Quieres que te esperemos?-preguntó Castiel, acercándose un poco.

-De acuerdo. Vuelvo enseguida-dijo, antes de correr hasta el instituto.

Aún no habían cerrado. Dos conserjes siempre se quedaban un poco más para limpiar las aulas. Entró y fue hasta la suya, esperando que el cuaderno estuviera en su banco. Al llegar al aula, miró en la parte de la mesa que era donde todos podían sus libros y carpetas. Suspiró de alivio al ver que estaba ahí. Se quitó la mochila y lo guardó para no perderlo. No iba a estar muy tranquilo si alguien lo leía. Al darse la vuelta, se topó con un indeseable.

-Ah, eres tú-escupió, mirando con el ceño fruncido a Daniel.

- ¿No te bastó con ir a mi casa de campo, que ahora tienes que estar en el mismo lugar que yo?-dijo Daniel, buscando reclamarle hasta la menor tontería.

-Créeme, el último lugar donde quisiera estar es en el mismo que tú-respondió Balthazar, encogiéndose de hombros.

Pasó por al lado de Daniel sin mirarlo. Él castaño lo miró unos segundos antes de decir:

-Tu novio pasa por un momento difícil, ¿y tú no eres capaz de preguntarle alguna vez por su estado?-espetó.

- ¿Disculpa?

-Ya me oíste, extranjero. Lo vi ayer con su hermano, el de cabello negro y expresión fría-fue todo lo dijo, antes de pasar por al lado de Balthazar y hacer lo de siempre: golpear su hombro contra el suyo.

Balthazar quedó con la mirada en la nada un momento. ¿Tendría razón? Sabía que a Lucifer no le gustaba mucho hablar de su familia, pero él tampoco había insistido mucho para saber. Suspiró. Tal vez debía hablar con él cuando fuera a su casa.

Salió del instituto y apenas lo hizo, los Novak le preguntaron si Daniel le había hecho algo, porque lo habían visto salir. Dijo que no, y omitió las otras cosas que él le «reclamó.» Los tres comenzaron a caminar. Sus casas no quedaban lejos del instituto, así que no era necesario que tomaran el autobús. El rubio no dejaba de pensar en las palabras de Daniel. Creía que podía tener algo de razón, pero no sabía cómo hablar con Lucifer sobre eso sin llegar a incomodarlo o poner tensión en el ambiente. Miró a los hermanos y vio que ellos estaban muy tranquilos, a pesar de lo que había pasado horas antes. Ojala yo pudiera estar así, pensó. Además, recordó que debía estudiar para los exámenes, y eso lo ponía un poco más nervioso.

Cuando estuvieron a unas cuadras de la casa de Balthazar, los Novak se despidieron de él y cada uno se fue por su lado.

Lucifer no dejaba de moverse de un lado a otro, atendiendo a la gente, acomodando algunas cajas de zapatos que la gente optaba por no comprar y teniendo que cobrarle a la que sí llevaba cuando el cajero salía para ir al baño. Se estaba poniendo como aquel día en la cafetería. Lo peor para él fue haber creído que iba a poder estar en paz luego de la reunión, pero nunca creyó que su hermano iba a ir y decir todo lo que dijo. Maldición, y todavía me quedan tres horas aquí, pensó, pasándose una mano por la frente. Apenas eran las cinco y cerraban a las ocho. Necesitaba calmarse o podía terminar teniendo un colapso nervioso. Odiaba ponerse así en ambos trabajos y que sus compañeros lo miraran como si tuviera un problema. Cuando él los miraba de una forma algo intimidante, se giraban rápido para disimular.

Fue hasta la parte de atrás de la tienda, donde sólo podían entrar los trabajadores y el jefe, y salió a una especie de patio. Podía hacer algo de frío, pero para él era todo lo contrario. El sudor corría por su frente, mientras movía los ojos para todos lados, como si buscara desesperadamente algo. Por un momento, quiso convencerse de que estaba siendo exagerado.

Creí que tenía razón para estar así, y a la vez se sentía avergonzado por dejar que algo que sucedió tres años atrás lo pusiera de esa forma, y más por el hecho de que Michael era la causa. Según él, ni eso merecía. Tragó saliva casi con dificultad y volvió adentro caminando pesadamente, tratando de que sus piernas no flaquearan en ese momento y, sobre todo, de no dejar que los demás preguntaran por su estado. Ellos sabían que Lucifer no quería que le preguntaran algo, pero era bastante difícil no querer hacerlo al verlo casi con un ataque de ansiedad. Lucifer se quedó de pie frente al espejo que tenían para que la gente viera como le quedaban los zapatos que llevara, y de repente vio el rostro de su hermano. De pronto, sintió que sus músculos se tensaban de tal forma que le dolían y la cabeza le estaba dando vueltas. Trató de moverla para despejarse, pero se dio cuenta que, al hacerlo, sólo conseguía marearse más de lo que ya estaba. Quería despegar la mirada de ese espejo, porque él sabía que Michael no estaba ahí, pero la mente le estaba jugando una mala pasada. Se puso de costado al espejo, con la cabeza baja, y apretó los puños; la cabeza le estaba por estallar y su ceño estaba profundamente fruncido, cosa que captaba la atención de las personas. Apretó las manos con tanta fuerza que casi se llega a lastimar. Volvió a mirar el espejo y volvió a ver la figura de su hermano en él, por lo que, casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, se acercó rápidamente y lo golpeó con la mano cerrada, rompiendolo y lastimándose un poco los nudillos. Sus compañeros se sobresaltaron y se quedaron mudos ante la escena. El jefe llegó rápido, ya que el golpe se había escuchado hasta donde él estaba. Al ver a Lucifer con la mano en el espejo y que un poco se sangre caía, palideció.

Al haber escuchado las pisadas rápidas, Lucifer se dio cuenta de lo que había hecho, pero no se sintió capaz de moverse ni de quitar la mano del vidrio roto. ¿Qué hice?, pensó, mientras su expresión se descomponía completamente. Sintió que el tiempo se había detenido a su alrededor. Incluso su corazón parecía haberse detenido por un momento. La cabeza aún le dolía, pero para él era lo de menos. Sólo cuando su jefe habló, sintió que regresaba a la realidad.

- ¿Señor Shurley?-preguntó el hombre, sin obtener respuesta alguna-. ¿Qué diablos pasó?

A continuación, una marea de olas grises le pasó por encima, debilitando más sus piernas. Lucifer bajó el brazo y se desplomó, casi inconsciente, en el suelo, mientras escuchaba las voces desesperadas de sus compañeros y el jefe.

Quédate conmigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora