Epílogo

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-Hasta mañana, doctor Hoover- se despedía la encargada de apartar las citas en el hospital pediátrico en el que laboraba como dermatólogo, vocación en la que finalmente me especialicé al culminar mis estudios básicos en medicina.

-Que tenga buena noche- asentí con la cabeza mientras caminaba a la salida.

El exterior era inundado por el viento gélido, aquel que me recordó el ambiente de hace siete años cuando vi a Reiner por última vez.

Desde aquel día me prometí no volver a pensar en el rubio, ya que cualquier atisbo de su imagen provocaría que corriera a su encuentro; sin embargo, era imposible no rememorar su rostro para éstas fechas.

Sería falacia señalar que aquel hombre no cumplió con su palabra de buscarme, porque sí lo hizo. Aún reflexiono sobre las noches en las que el administrador de la residencia estudiantil tocaba mi puerta, suplicando que atendiera al sujeto que se negaba a moverse de la recepción; ni qué decir de las llamadas de mi madre, relatándome la manera en la que rechazaba las constantes visitas del empresario.

Sin embargo, todo eso cesó al recibir un intercambio con destino a Helsinki, en donde logré constatarme como un estudiante ejemplar y bien adherido al núcleo investigativo, mediante el que me permitieron concluir mi proceso educativo con promesa del sostenimiento básico en la ciudad finlandesa.

Desaparecí de la vida de Reiner; cosa que él pareció entender puesto que su insistencia dio por terminada seis meses después de mi partida.

A pesar de que cumplí con las metas que me propuse a corto, mediano y largo plazo, la pérdida de mi padre se inmiscuyó en mi ser, al punto de incitarme a abandonar el camino que estaba labrando. Entonces fue mi madre el impulso que me ayudó a no abandonar, ella se convirtió en el pilar, en la motivación para nunca bajar la cabeza. Fue por esa mujer que despejé mi cerebro de cualquier duda que me hiciera titubear.

-Buenas noches, ¿doctor Hoover?- un hombre de avanzada edad se acercaba por mi costado izquierdo.

-Sí, ¿le conozco?

-Me llamo Henry Müller.

-¿A qué debo el honor?

-Mi hija tiene unas manchas raras en su cuerpo, me gustaría que charláramos al respecto.

-Señor Müller, me encantaría tratar el tema; por lo tanto, está en libertad de apartar la cita para que charlemos dentro de mi horario de trabajo.

-Pronto viajaremos; no creo que alcancemos a visitar su consultorio. Por favor, doctor. Por lo menos recomiende alguna crema.

Rasqué mi cabeza con inconformidad. Ansiaba lanzarme a mi cama, pero mi ética profesional no me permitía abandonar a la deriva la problemática del sujeto.

-¿Dónde prefiere que dialoguemos?- accedí.

-Hay una cafetería cerca. Sígame.

Agotado le seguí el paso al hombre, quien me dirigió a una cafetería que extrañamente no había visto. Tenía que ponerme a analizar mi entorno si no deseaba verme como extranjero en un sitio en el que vivo hace varios años.

El establecimiento se ubicaba a unas tres cuadras del hospital, y su apariencia no era fenomenal. Una simple cafetería de dos plantas e iluminada en su totalidad por los tenues rayos naranjas que soltaban sus lámparas.

En el interior, mesas de madera esquivábamos hasta parar al fondo del lugar, el cual contenía un pequeño balcón que miraba a un jardín sencillo pero llamativo.

-Siéntese, doctor; iré por un pastelito. ¿Se le antoja algo?

-No, gracias, estoy bien.

El hombre asintió para luego desaparecer en busca de su alimento.

It can't be (ReinerXBertholdt)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora