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Bertholdt

—¡Feliz cumpleaños, Bertholdt!— mi mamá me saludó con las mayores de sus energías apenas aparecí en el umbral del comedor.

Sí, el día en el que cumplía mis veinte años había llegado, y con ello, gran efusividad por parte de mis padres, quienes me observaban orgullosos mientras comía el desayuno especial que me habían preparado.

—¿Ya sabes qué harás hoy?— indagaron.

—¿No les comenté?

—¡Cierto!— afirmó mi papá para luego dirigirse a su mujer. — Vendrán sus amigos.

—Exacto— confirmé, —pero igual sólo somos seis en total; ocho si ustedes desean permanecer con nosotros.

—¿Podemos?

—¿Por qué no podrían?

—Hoy en día a los jóvenes les avergüenza compartir con sus progenitores. Temen que se burlen de ellos.

—Les puedo asegurar que ese no es mi caso. Quiero su compañía hasta que partan de éste mundo.

—Mi pequeño Berth es tan dulce— mi madre pellizcó una de mis mejillas. —Por cierto, ¿te sanaste del dolor de cintura?

Mi expresión cambió a una de pánico al recordar la preocupación de ellos cuando me vieron llegar cojeando hace unos días, para ser precisos, al regresar de mi viaje con Reiner.

Pensé inmediatamente en la cantidad de preguntas que me formularon aquella vez, creyendo que me había caído o algo así. Y a decir verdad, me refugié en esa excusa. Por obvias razones no llegaría diciendo que  estaba casi inválido por culpa de la pérdida de mi virginidad.

—Sí, ya no duele para nada— contesté rápido.

De manera milagrosa, mi celular empezó a sonar, anunciando la llamada de Marco. Agradecí al cielo por evitarme seguir en la incómoda charla con mis expectantes padres.

Descolgué el aparato.

—Hola— saludé.

—¡¡¡Bertholdt!!!

Casi brinqué ante la alegría que irradiaba mi amigo.

—Marco, por fin sé de ti.

—Llego en el mejor momento para que te acuerdes de mi existencia. Sé que me has extrañado. Por otro lado, ¡feliz cumpleaños! Te deseo lo mejor para éste día. Por favor, nunca cambies ni me cambies; no sabes cuánto te quiero, te adoro, te amo. Eres el mejor amigo que tengo. Mis buenas vibras para ti en ésta ocasión tan especial.

—Muchas gracias, pecoso. Y sí, te he echado de menos.

—¿Ah sí? ¿Entonces por qué no llamaste?

—Estuve pendiente de otras cosas. Lo siento, pero vale destacar que te tenía presente.

—No te creo esa excusa.

—Marco.

—Bromeo— estalló en risas, de paso contagiándome.

—Te espero hoy.

—Estoy claro. Tu casa, seis de la tarde, llevo a Jean.

—Perfecto.

—Recuerda a tus señores papás que no compren pastel. Yo lo llevaré.

—Ni se te ocurra alguna locura.

—Tranquilo. Soy consciente  de la situación.

—Está bien. Hablamos más tarde.

It can't be (ReinerXBertholdt)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora